22/02/2016, 00:55
(Última modificación: 22/02/2016, 00:58 por Aotsuki Ayame.)
Lo peor fue tener que admitir que su tío tenía razón. El entrenamiento del Mizu Fūsen no Jutsu no iba a ser cosa de un día... ni siquiera de una semana.
Era posible que su fracaso se viera a su actual incapacidad para concentrarse, tal y como ya le ocurría durante sus entrenamientos con Zetsuo y Kōri, Ayame perdía el norte cada dos por tres cuando su mente se empeñaba en volar más allá de las nubes, al otro lado del bosque... También era posible que aquellos fracasos tuviesen que ver con la carga de noticias que estaba recibiendo últimamente: Karoi, aquel hermano de su madre del que nunca había tenido noticia alguna y ni siquiera sabía de su existencia, había resultado ser la misma persona que Umiuma. Y por si no fueran ya suficientes las dificultades que encontraba a la hora de dominar la técnica, tenía que realizar los entrenamientos siempre a escondidas, para evitar la ira y la desconfianza que sentía su padre hacia su tío y hacia los Hōzuki. Por esa razón, Ayame acudía en cualquiera de sus ratos libres a aquel mismo lago donde Karoi la había citado para entrenar en secreto. En realidad podría haberlo hecho en cualquier otra laguna más cercana, las corrientes de agua eran abundantes en aquellos dojos, pero su principal intención era reencontrarse con su tío para poder preguntarle acerca de su máscara y de su identidad como Umiuma, pero el hombre había desaparecido desde el primer día en el que la dejó sola y no había vuelto a saber de él ni a recibir más instrucciones.
Y así pasaron los días de manera inexorable... Y a los días les sucedían los continuos fracasos, una y otra vez.
El torneo estaba prácticamente a la vuelta de la esquina. Y en más de una vez Ayame se estiró de los pelos, lloró y pataleó de pura rabia.
Las burbujas se negaban a levantarse a su orden. El agua se limitaba a burbujear y agitarse de manera nerviosa ante la inducción de su chakra. En alguna ocasión, el agua se alzaba en forma de churros amorfos que no tardaban en desaparecer y desplomarse de nuevo... Lo más lejos que llegó fue a crear una burbuja del tamaño de una canica. Y ni siquiera estaba del todo segura que hubiese sido un logro suyo o fruto de las continuas salpicaduras que formaba con cada intento.
—Es imposible... —sollozaba, una y otra vez. ¿En qué momento le había pedido a Karoi que le enseñara una técnica de alto nivel? ¿Por qué no habían empezado por lo básico más allá de la Técnica de la Hidratación? Ayame estaba segura de que la estaba sometiendo a algún tipo de prueba, pero a cada día que pasaba, más y más segura estaba de que aquello era demasiado para ella.
Hasta el día justo antes del torneo.
Aquella mañana se levantó con una energía inusitada. Algo dentro de ella le decía que iba a ser un buen día, e incluso el cielo despejado le transmitía, prácticamente por primera vez, una energía positiva que no creía que fuera posible sentir a aquellas alturas.
«Tengo que conseguirlo... O si no caeré en la primera ronda y entonces decepcionaré a papá al haber roto su apuesta. Además... es posible que me enfrente a Daruu-san.»
Con aquellos pensamientos en mente, Ayame volvió a colocarse en la misma posición de siempre. Cerró los ojos para poder concentrarse con mayor facilidad y respiró hondo. Moldeó el chakra de manera similar a cuando utilizaba su técnica de la hidratación, pero en aquella ocasión lo hizo fluir por debajo de sus piernas, inundando el agua que quedaba bajo sus pies. La sintió borbotar, la sintió parte de ella, como una pierna más que debiera alzar para asestar una patada. Y entonces levantó los brazos...
Y cuando abrió los ojos, estuvo a punto de tirar por la borda todo el esfuerzo de la semana. Con un gemido ahogado, Ayame se mordió el labio inferior para contenerse y no echarse a llorar allí mismo. Y es que, frente a sus mismos ojos, una burbuja del tamaño de una pelota se mantenía estática en el aire, como si esperara su orden.
Un sonido a su espalda la alarmó. Se giró a tiempo de ver cómo un proyectil se dirigía hacia ella a toda velocidad, y en un acto reflejo Ayame movió el brazo de manera que su propia burbuja se lanzó contra su atacante. Las dos técnicas chocaron en el aire y estallaron mutuamente en una nube de gotitas de agua.
—¡Bravo, bravo, pequeñaja! —Karoi aplaudía, sentado sobre una roca que sobresalía de las aguas del estanque.
—Tío Karoi... —balbuceó Ayame, inundada de felicidad. Y sólo fue consciente de que se le había escapado aquella forma de llamarle cuando vio que el rostro del hombre se tensaba súbitamente en un gesto de sorpresa.
Le había dejado sin palabras durante algunos segundos, hasta que recuperó el control de la situación.
—Vamos, vamos, parece que le vas cogiendo el truquillo, ¿sí? Ya era hora, comenzaba a preocuparme que no lo consiguieras jamás. Has conseguido asustarme, pequeñaja —le guiñó el ojo, pero Ayame dejó caer la mirada, avergonzada y desalentada.
—Sí, pero el torneo está a punto de comenzar... No lograré terminar de dominar la técnica para la primera ronda.
El silencio que se produjo a continuación acompañó al viento que les meció a ambos. Karoi se había puesto súbitamente serio, algo a lo que no estaba acostumbrada a ver en él.
—En ese caso, gana la primera ronda.
—¿Qué?
—Gana la primera ronda, Ayame, y te enseñaré a realizar el Mizu Fūsen no Jutsu sin ayuda de agua externa. Y no sólo eso: te enseñaré la fuerza que reside en el clan.
—Y... ¿Y si no lo hago?
—Dejaré de entrenarte.
Aquellas tres simples palabras calaron en ella como un zarpazo de garras gélidas. Parecía que en el torneo se estaba jugando muchas cosas, quizás demasiadas. La apuesta de su padre, su aprobación, la aprobación de los demás... y ahora su instrucción como Hōzuki. Sin embargo, eran esas pequeñas pero importantes cosas las que la animaban a seguir adelante, las que mantenían su motivación para disputar una serie de combates en los que no había encontrado otro aliciente más que ese.
—Está bien... —aceptó, aunque no estaba del todo convencida. Fue entonces cuando recordó algo más importante todavía—: Tío Karoi... ¿Tú eres Umiuma?
Aquella fue la segunda sorpresa para Karoi en un mismo día, y Ayame no pudo evitar preguntarse si algún día conseguiría romper ese récord. Karoi entrecerró ligeramente los ojos; y entonces, con una ligera sonrisa en los labios, ladeó la cabeza.
—Ya lo sabes, pequeñaja —afirmó, y el corazón de Ayame se olvidó de latir durante un instante—. Pero no debes llamarme por ese nombre nunca más.
—¿Por qué?
—Porque es peligroso para los dos.
Karoi se despidió con un gesto con la mano y se dejó caer sobre las aguas del lago antes de que pudiera hacer nada por evitarlo. Su cuerpo desapareció con las ondas, y Ayame volvió a quedarse de nuevo sola.
Era posible que su fracaso se viera a su actual incapacidad para concentrarse, tal y como ya le ocurría durante sus entrenamientos con Zetsuo y Kōri, Ayame perdía el norte cada dos por tres cuando su mente se empeñaba en volar más allá de las nubes, al otro lado del bosque... También era posible que aquellos fracasos tuviesen que ver con la carga de noticias que estaba recibiendo últimamente: Karoi, aquel hermano de su madre del que nunca había tenido noticia alguna y ni siquiera sabía de su existencia, había resultado ser la misma persona que Umiuma. Y por si no fueran ya suficientes las dificultades que encontraba a la hora de dominar la técnica, tenía que realizar los entrenamientos siempre a escondidas, para evitar la ira y la desconfianza que sentía su padre hacia su tío y hacia los Hōzuki. Por esa razón, Ayame acudía en cualquiera de sus ratos libres a aquel mismo lago donde Karoi la había citado para entrenar en secreto. En realidad podría haberlo hecho en cualquier otra laguna más cercana, las corrientes de agua eran abundantes en aquellos dojos, pero su principal intención era reencontrarse con su tío para poder preguntarle acerca de su máscara y de su identidad como Umiuma, pero el hombre había desaparecido desde el primer día en el que la dejó sola y no había vuelto a saber de él ni a recibir más instrucciones.
Y así pasaron los días de manera inexorable... Y a los días les sucedían los continuos fracasos, una y otra vez.
El torneo estaba prácticamente a la vuelta de la esquina. Y en más de una vez Ayame se estiró de los pelos, lloró y pataleó de pura rabia.
Las burbujas se negaban a levantarse a su orden. El agua se limitaba a burbujear y agitarse de manera nerviosa ante la inducción de su chakra. En alguna ocasión, el agua se alzaba en forma de churros amorfos que no tardaban en desaparecer y desplomarse de nuevo... Lo más lejos que llegó fue a crear una burbuja del tamaño de una canica. Y ni siquiera estaba del todo segura que hubiese sido un logro suyo o fruto de las continuas salpicaduras que formaba con cada intento.
—Es imposible... —sollozaba, una y otra vez. ¿En qué momento le había pedido a Karoi que le enseñara una técnica de alto nivel? ¿Por qué no habían empezado por lo básico más allá de la Técnica de la Hidratación? Ayame estaba segura de que la estaba sometiendo a algún tipo de prueba, pero a cada día que pasaba, más y más segura estaba de que aquello era demasiado para ella.
Hasta el día justo antes del torneo.
Aquella mañana se levantó con una energía inusitada. Algo dentro de ella le decía que iba a ser un buen día, e incluso el cielo despejado le transmitía, prácticamente por primera vez, una energía positiva que no creía que fuera posible sentir a aquellas alturas.
«Tengo que conseguirlo... O si no caeré en la primera ronda y entonces decepcionaré a papá al haber roto su apuesta. Además... es posible que me enfrente a Daruu-san.»
Con aquellos pensamientos en mente, Ayame volvió a colocarse en la misma posición de siempre. Cerró los ojos para poder concentrarse con mayor facilidad y respiró hondo. Moldeó el chakra de manera similar a cuando utilizaba su técnica de la hidratación, pero en aquella ocasión lo hizo fluir por debajo de sus piernas, inundando el agua que quedaba bajo sus pies. La sintió borbotar, la sintió parte de ella, como una pierna más que debiera alzar para asestar una patada. Y entonces levantó los brazos...
Y cuando abrió los ojos, estuvo a punto de tirar por la borda todo el esfuerzo de la semana. Con un gemido ahogado, Ayame se mordió el labio inferior para contenerse y no echarse a llorar allí mismo. Y es que, frente a sus mismos ojos, una burbuja del tamaño de una pelota se mantenía estática en el aire, como si esperara su orden.
Un sonido a su espalda la alarmó. Se giró a tiempo de ver cómo un proyectil se dirigía hacia ella a toda velocidad, y en un acto reflejo Ayame movió el brazo de manera que su propia burbuja se lanzó contra su atacante. Las dos técnicas chocaron en el aire y estallaron mutuamente en una nube de gotitas de agua.
—¡Bravo, bravo, pequeñaja! —Karoi aplaudía, sentado sobre una roca que sobresalía de las aguas del estanque.
—Tío Karoi... —balbuceó Ayame, inundada de felicidad. Y sólo fue consciente de que se le había escapado aquella forma de llamarle cuando vio que el rostro del hombre se tensaba súbitamente en un gesto de sorpresa.
Le había dejado sin palabras durante algunos segundos, hasta que recuperó el control de la situación.
—Vamos, vamos, parece que le vas cogiendo el truquillo, ¿sí? Ya era hora, comenzaba a preocuparme que no lo consiguieras jamás. Has conseguido asustarme, pequeñaja —le guiñó el ojo, pero Ayame dejó caer la mirada, avergonzada y desalentada.
—Sí, pero el torneo está a punto de comenzar... No lograré terminar de dominar la técnica para la primera ronda.
El silencio que se produjo a continuación acompañó al viento que les meció a ambos. Karoi se había puesto súbitamente serio, algo a lo que no estaba acostumbrada a ver en él.
—En ese caso, gana la primera ronda.
—¿Qué?
—Gana la primera ronda, Ayame, y te enseñaré a realizar el Mizu Fūsen no Jutsu sin ayuda de agua externa. Y no sólo eso: te enseñaré la fuerza que reside en el clan.
—Y... ¿Y si no lo hago?
—Dejaré de entrenarte.
Aquellas tres simples palabras calaron en ella como un zarpazo de garras gélidas. Parecía que en el torneo se estaba jugando muchas cosas, quizás demasiadas. La apuesta de su padre, su aprobación, la aprobación de los demás... y ahora su instrucción como Hōzuki. Sin embargo, eran esas pequeñas pero importantes cosas las que la animaban a seguir adelante, las que mantenían su motivación para disputar una serie de combates en los que no había encontrado otro aliciente más que ese.
—Está bien... —aceptó, aunque no estaba del todo convencida. Fue entonces cuando recordó algo más importante todavía—: Tío Karoi... ¿Tú eres Umiuma?
Aquella fue la segunda sorpresa para Karoi en un mismo día, y Ayame no pudo evitar preguntarse si algún día conseguiría romper ese récord. Karoi entrecerró ligeramente los ojos; y entonces, con una ligera sonrisa en los labios, ladeó la cabeza.
—Ya lo sabes, pequeñaja —afirmó, y el corazón de Ayame se olvidó de latir durante un instante—. Pero no debes llamarme por ese nombre nunca más.
—¿Por qué?
—Porque es peligroso para los dos.
Karoi se despidió con un gesto con la mano y se dejó caer sobre las aguas del lago antes de que pudiera hacer nada por evitarlo. Su cuerpo desapareció con las ondas, y Ayame volvió a quedarse de nuevo sola.

![[Imagen: kQqd7V9.png]](https://i.imgur.com/kQqd7V9.png)