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Estamos en Cargando..., Cargando... del año Cargando....
Situación actual: Tres meses después del examen de chuunin del año 218, la situación internacional sigue en tensión. El País de la Espiral y el de la Tormenta mantienen una fría relación, y el País del Bosque actúa con precaución con ambos. Los Señores Feudales ya han asumido que la situación no va a volver a la que algunos ya llaman Era de la Paz de Shiona, al considerar a la líder uzujin la responsable de la longeva estabilidad que reinó durante muchos años. Algunos intereses intersectan, otros divergen. La nueva era de los ninjas ha llegado.
Emesis
#1
Once de la mañana.

Un calor abrasador producto de la intransigente mirada del astro rey azotaba las calles de Tanzaku Gai. La habitual marea de transeuntes que deambulaba por una ciudad de ese tamaño y características no había disminuido, pero todos buscaban el abrazo de la sombra tanto o más que el de una mujer ligera de ropa o la emoción del juego.

La joven Karma se había tomado la molestia de viajar hasta allí en busca de libros. Aunque habían librerías de sobra en Uzugakure y Yamiria, le resultaba emocionante buscar establecimientos que nunca había pisado con la esperanza de encontrar tomos inusuales o ediciones valiosas. «Han sido cuatro días de viaje... espero dar con algo que merezca la pena». Quizás encontraría algo interesante o quizás volvería a la villa con las manos vacías.

Era una apuesta, una no muy distinta a las que se llevaban a cabo en los casinos de la ciudad.

Vestía con su usual indumentaria, todo su equipamiento —incluso el protector—, y una mochila de viaje de tono azulado. Estaba parada en mitad de una de las calles principales, bien ancha, con puestos de comida y baratijas a ambos lados. También habían edificios de apartamentos, bares, tabernas, casas de dudosa reputación y antros de juego a los extremos.

Karma sostenía un pergamino desenrollado con ambas manos. Era un mapa de la ciudad. Quería llegar a una librería llamada "La Página de Plata", pero le estaba costando ubicarse.

Hmm... ¿igual giré mal aquí? —consideró.
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#2
Para sorpresa de todos los miembros de la familia, que no eran mas que Akane y Etsu, un día realmente inesperado había llegado. El abuelo, el señor Konotetsu, se había acordado que recientemente había sido el cumpleaños de su nieto, y no solo eso, si no que había optado hasta por hacerle lo que calificó como un regalo digno. No era algo normal, para nada lo era. Su abuelo era de los que solía recordarle que estaba viviendo bajo su techo, llevaba su apellido, y era alumno de su dojo... siempre le recriminaba que era él quien le debía hacer miles de regalo para sentenciar esa deuda.

Era estricto, recto, y temible. Nunca se había dejado ver tan... cariñoso, por llamarlo de alguna manera. Pero no era de extrañar que ésta acción tuviese una repercusión, o que tuviese una intención oculta. De Inuzuka Konotetsu, todo podía esperarse.

Sin un claro porqué, salvo el pretexto del regalo, la familia se encaminó en carroza tirada por caballos hacia el país del fuego. El abuelo, que no carecía de dinero, vestía sus mejores galas, y llevaba a diez hombres de su dojo como escolta. Etsu jamás comprendería el porqué de eso, pues su abuelo era el mejor combatiente de taijutsu al menos del país... ¿para qué quería escolta?


[...]


A la mañana siguiente, habían llegado al destino. El sol brillaba en el gran e infinito celeste, abrasando todo bajo su reinado. Indulgente, no parecía querer que ser vivo alguno muriese de frío. Las ligeras brisas del camino habían cesado, y el calor era no solo horrible, era agobiante.

Bufff... vaya calor, macho —se quejó el rastas.

Su fiel compañero, Akane, sentenció lo mismo. Su intenso pelaje no hacía mas que acrecentar la sensación térmica, no era un can hecho para éste tipo de climas. Ambos miraron al abuelo, y éste seguía con las mismas. Apenas había cambiado su posición en todo el viaje, y mucho menos hablado. De nuevo, Etsu y Akane se miraron, y terminaron por asomar por la ventanilla.

«Vaya ciudad mas rara...»

En un primer vistazo pudo observar maravillas urbanas y sociales casi indescriptibles, tales como un anciano robando a un niño, o un tendero apaleando a un grupo de chicos que al parecer le habían robado. Perplejo, Etsu volvió la mirada hacia dentro, y no pudo evitarlo.

Abuelo... ¿por qué en éste sitio? ¿dónde estamos? —no pudo evitar preguntar.

Pero su pregunta no halló respuesta, su abuelo simplemente golpeó un par de veces el madero a su espalda, y el carruaje se detuvo. Sin mas, bajó del carruaje, acompañado de su inmensa bestia, y comenzó a andar. Etsu miró de nuevo a Akane, y terminó por encogerse de hombros.

Akane fue el primero, agobiado ante tan tremenda calor. Sin demora, bajó del carro, y comenzó a dar ligeros pasos dando unas leves y a penas marcadas vueltas sobre sí mismo. Buscó con la mirada a Etsu, y éste hizo una mueca, la idea no le parecía la mejor...

Akane insistió, y Etsu terminó por bajar del carro también —en serio, como el abuelo regrese y nosotros andemos por ahí de parranda, nos corta los huevos... lo sabes, ¿verdad? pero aunque lo sabía, no pensaba quedarse en esa sartén de madera.

El sol golpeaba con fuerza, y siendo que estaban en plena calle, se hizo mas evidente. Sin embargo, Akane tenía razón, al menos fuera se podía respirar. Sin mas, el rastas y su can comenzaron a andar por la callejuela en que se encontraban, hasta que dieron a topar con una de las calles que parecía ser de las ramas principales. Una cantidad ingente de personas la transitaban, aunque pocas eran las valientes de ir por mitad de la misma, donde la sombra escaseaba. Aprovechando eso, el par comenzó a investigar un poco la zona.

«¿Donde coño estamos...?»
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#3
Karma seguía a lo suyo, estudiando el mapa. De tanto en tanto se aproximaba a algún viandante que pasaba cerca de ella y le preguntaba por la librería. La gente iba con demasiada prisa —o simplemente no tenía ni idea— como para ayudarla. Algunos la ignoraban olímpicamente, a lo que ella bufaba.

Finalmente alguien supo responderle. Era un hombre con ojos de zorro y una dentadura sobresaliente —porque tenía los dientes grandes y salidos hacia fuera—, de semblante distraído. Pensó a lo largo de unos momentos y entonces le dijo:

Ah sí, ¡allí venden muy buenas revistas porno! Jajajajaja —Karma torció el gesto—. Tienes que seguir para abajo y tomar la tercera salida a la derecha, luego una izquierda y saldrás a otra vía principal. La llamamos La Vena. Deberías de estar cerca de La Página si me haces caso. Si no das con ella pregunta por la zona, la encontrarás rápido. En general, si te pierdes, ¡pregunta por La Vena!

Muchas gracias —la uzujin le dedicó una reverencia.

¡No hay de qué! Hay que ser un buen samaritano, jajajaja.

Lo que Karma no supo era que, cuando el tipo se marchó, se aseguró de girar bien la cabeza para mirarle el trasero con impunidad, a lo que lanzó un silbido por lo bajini.

Todavía con el mapa en las manos, la kunoichi se dispuso a seguir las indicaciones que le acababan de otorgar. Se pegó al lado izquierdo de la calle, buscando un poco de sombra, ahora que podía acelerar el ritmo. No tardó en pasar por debajo de un humilde edificio de apartamentos...

¡CRASH!

Todo ocurrió en poco más de un par de segundos. Un estruendo infernal. Un golpe seco, traicionero, y un enorme peso sobre su dolorido cuerpo. El mundo le dio vueltas.

Una mujer gritó, señalando a lo que Karma tenía encima. Muchos echaron a correr en todas direcciones, queriendo abandonar la zona lo antes posible. La kunoichi percibió otro clamor, esta vez perteneciente a un hombre ronco hasta decir basta:

¡LA GUARDIA! ¡QUE ALGUIEN LLAME A LA GUARDIA!

La médica apretó los dientes. Estaba tendida de lado, con la mirada —y todo el cuerpo— contra el pavimento. A su izquierda sentía el endemoniado lastre del objeto culpable de su caída. Aún no alcanzaba a comprender ni lo que había ocurrido ni lo que estaba pasando en ese momento. ¿Por qué tanto alboroto? ¿Era por ella?

Movió el rostro hacia su izquierda, hacia los cielos. Se topó con una faz distinta a la propia, una inconfundiblemente masculina. Estaba muy cerca de ella, tendida sobre su hombro, como si fuese su amante. Solo que la expresión de este Casanova se había quedado congelada en una perturbante mueca de dolor, carente de cualquier tipo de reacción consciente. Sintió algo húmedo y caliente extendiéndose a lo largo de su cadera y espalda.

«Sus ojos... es casi como si...».

Entonces, por fin, algo hizo clic en el hemisterio de su cerebro que se ocupaba del razonamiento.

Era un cadáver. Se le había caído encima un cadáver, y ahora la tenía presa bajo su peso.

Empezó a gritar como no lo había hecho desde que era niña. Pataleó y se retorció, pero era demasiado débil como para quitárselo de encima. Quiso arrastarse lejos de allí, fuera de esa pesadilla, pero no pudo. El fiambre pertenecía a un hombre de respetable embergadura, más alto y mucho más ancho que la Kojima. Así que sus cuerdas vocales continuaron dando de sí. Los gritos se acabaron transformando en gemidos tan entrecortados como desesperados.

Todos aquellos que hasta entonces habían estado cerca del epicentro del suceso no se habían molestado en intentar ayudarla. Habían huído; algunos presa del pánico, otros preocupados por su pellejo. Alguno que otro estaba intentando dar con un miembro de la guardia al que pedir auxilio.

La vía quedó casi desierta. Sus dos únicos ocupantes: las figuras desparramadas en el suelo.
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#4
Conforme el chico de rastas y su compañero casi siberiano avanzaron por la calle, pudieron vislumbrar que la ciudad aquella era un tanto peculiar. Al inicio de la calle habían tiendas que sutilmente incitaban a la lectura adulta, así como alguna casa de carteles rojos bien raros. En el transcurso de la misma, una ingente cantidad de puestos improvisados incitaban a comprar joyería de dudosa procedencia, así como un sinfín de abalorios y ropa de mujer. Sin duda, sabían como atraer a los clientes, por los ojos. Todos los puestos, por improvisados y en mal estado que estuviesen, anunciaban claros descuentos, en carteles titánicos.

«¿Qué diantres buscará el abuelo en una ciudad como ésta... ?»

La respuesta no llegaría de manera fácil, nunca lo hacía. Tenía que esperar a ver qué planeaba su abuelo, o bien intentar sonsacarle algo. Ésto último casi nunca era factible, el abuelo era un hombre de pocas palabras. Tan solo hacía repetirse una y otra vez, cuánto le costaría éste supuesto regalo que iba a darle. Nada en ésta vida es gratis, eso era algo que tenía bien aprendido el Inuzuka.

Mientras caminaba sumido en sus pensamientos, un estruendoso golpe lo interrumpió, haciendo que cesase su avance. No solo a él, todos los presentes dejaron sus quehaceres para desviar su mirada hacia el culpable de tal acción, de tal sonido. Al hacerlo, todos quedaron horririzados, al menos por unos escasos segundos en que el silencio se hizo rey de todo.

El reinado del silencio sin embargo no duró mucho. Tras éste efímero rey, uno nuevo se impuso y tomó la corona; en ésta ocasión fue el pánico. Éste nuevo heredero coronado se hizo rey de todo, o de la gran mayoría. La gente comenzó a correr, gritar, chocarse, gritar, empujarse, gritar, gritar, y gritar mas... ya fuese buscando ayuda, o apelando a la seguridad de la ciudad, las voces se alzaron tanto que solo hacían que el pánico cundiese mas.

Coño... —el chico incluso retrocedió un paso, impactado de la escena. Sin embargo, entre tanto grito, escuchó los gritos de una chica que casi ahogaba en desesperación. Sus orbes no dieron fe de lo sucedido hasta que los hincó en el cadáver. Bajo éste, una chica, presa del pánico y la desesperación, buscaba zafarse del peso muerto —nunca mejor dicho— que la tenía presa.

No, el chico ni lo pensó dos veces. Salió corriendo, disparado como una flecha, directo hacia donde realmente necesitaban ayuda. Con un rudo empujón, y con la ayuda de Akane para ello, entre ambos movieron súbitamente el cuerpo del hombre, liberando a la chica.

¿Estás bien? ¿estás herida o algo? —en ese momento, le importó un pimiento de los verdes esos chungos que se usan para cocinar que la chica tuviese una banda de metal que la identificaba como kunoichi. Una persona en apuros lo es independientemente de su rango y condición. Si alguien pide ayuda, lo mínimo es intentar socorrerla.
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#5
Gracias a los esfuerzos conjuntos de Etsu y su can, el cadáver rodó y cayó frente a ellos y Karma, boca arriba. Estaba semi desnudo, tan solo llevaba unos calzones que cubrían sus vergüenzas. Era un poco pálido, bien gordo, y medía alrededor del metro ochenta. Su cara, ancha y con una pronunciada papada, era acorde con el resto de su anatomía. Tenía la nariz, los labios y las orejas pequeñas, pero sus mejillas eran generosas, al igual que sus verdosos ojos, ahora algo vidriosos. Estaba casi calvo, tan solo le quedaba un poco de pelo en el lado posterior del cráneo, de tono castaño. Lucía una barba incipiente de un día o dos como mucho, del mismo color.

Pero lo más vistoso del muerto era su estómago: lo habían eviscerado con saña. Varias secciones de su intestino delgado y grueso sobresalían entre las comisuras del grotesco boquete como si fuesen longanizas recién preparadas.

Por su parte, Karma tenía toda la cadera, trasero y buena parte de la espalda manchadas de sangre. Su mochila tampoco se había librado. El origen de la susodicha era obvio.

En cuanto sintió que le habían quitado ese peso de encima, la joven se arrastró hacia delante como una culebra. Apenas avanzó un palmo antes de detenerse. Se descolgó el petate, que aterrizó a ras de suelo, y se incorporó a toda prisa, apoyándose con las manos sobre el duro pavimento de la calle, mirando de reojo el cadáver como si fuese un monstruo.

Tardó en darse cuenta de que había alguien más allí y que le había lanzado una pregunta.

Yo... ¿qué...? —miró a Etsu. Estaba llorando—. ¿Qué cojones ha pasado...?

No era el primer cadáver que veía. Había visto el de su padre, y el de muchos otros que habían donado su cuerpo a la ciencia para auspiciar los estudios de ninjas médico como ella. Sin embargo, aquello era distinto. En lugar del penetrante olor a antiséptico que dominaba la morgue de la escuela de medicina y acababa permeando a los difuntos, este olía a... bueno, a muerto.

Además, que a uno se le cayera encima un fiambre salido de la nada no era una experiencia sencilla de encajar, se mirase como se mirase.

Se le removió el estómago. Tuvo que contener una arcada, producida tanto por el mareo que sentía como por la dantesca visión del ensartado.

Creo que... estoy bien. Algunas magulladuras, nada más —sirvió un diagnóstico puramente especulativo, en base al dolor generalizado que sentía.

Karma recuperó algo de recato en su semblante. Los impulsos le devolvieron la batuta a las decisiones conscientes, poco a poco. Se enjugó las lágrimas con el antebrazo, todavía resollante.

Entonces miró el edificio de apartamentos. Había un ventanal doble con el cristal partido perteneciente al que debía ser la vivienda de la primera planta. De allí había provenido su nuevo amigo.
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#6
La chica, aún en visible shock por lo sufrido, no pudo si no balbucear apenas, preguntando qué había sucedido. No era algo de extrañar, entre el golpe que se había llevado, el susto y la impresión de verse a un desconocido encima. No, sin duda no era para menos. Sin embargo, llegó a centrarse al cabo de un leve instante. Al final —mas vale tarde que nunca— la chica contestó a la pregunta del rastas. Al parecer se encontraba bien, tan solo tenía magulladuras.

Fue en ese preciso momento que el chico buscó con la mirada al hombre que se había lanzado contra la chica. Quizás quería echarle un sermón, por una mala práctica de lo que debía hacerse en intimidad, o simplemente por abalanzarse sobre una chica sin derecho alguno... sus orbes quedaron abiertos como platos al darse cuenta de que el hombre ni había reaccionado al empujón. Sus entrañas decoraban el suelo, así como un enorme surco de sangre.

Antes de hablar, o siquiera pensar el chico desvió la mirada hacia sus rodillas. Evidentemente, también estaban manchadas de sangre. La chica también, no era menos. Todo lo estaba, la sangre se había vuelto casi como la espuma en una fiesta universitaria.

«Os-»tras... —pensó en voz alta.

No había sido cosa suya, estaba casi seguro de que no había actuado con tanto ímpetu. Miró a su compañero, que al igual que éste estaba un tanto impactado por la situación, aunque no de sobremanera. Por suerte o por desgracia, éste contestó que ya estaba así cuando llegaron. Casi parecía una excusa sacada de unos dibujos animados, pero era así...

La chica, aparentemente un poco mas calmada, enjugó sus lágrimas y buscó con la mirada el ventanal del que parecía haber salido su nuevo y muerto amigo. Etsu quedó señalando al fiambre, sin saber muy bien qué decir, qué excusar.

Está... está... —muerto, así era, aunque las palabras sobraban.
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#7
... bien muerto —la chica finalizó la afirmación de Etsu, remarcando lo obvio.

Pudieron percibir un jaleo al final de la calle, a la espalda de los tres presentes que todavía conservaban el regalo de la vida. Se aproximaban varias personas, todas al trote. El metal que componía sus armaduras tintineaba al son de la carrera, produciendo la melodía tan característica de las maru dō de acero.

¡QUIETO!

Era una formación lateral de cinco individuos, todos en fila, separados metro y medio entre sí. Casi cubrían la calle de extremo a extremo. Quedaron a unos tres metros de los jóvenes.

Empuñaban nagitanas —alzadas y apuntando a los dos ninjas y el perro— y todos llevaban una katana al cinto, además de la ya mencionada armadura. Era la Guardia Feudal.

Había hablado el del centro, de aspecto más adulto y curtido que sus compañeros.

¡Al suelo! ¡Y que el chucho no haga nada! —se dirigió, en todo momento, a Etsu.
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#8
Y como en el caso de Akane, la chica completó sus palabras. Las palabras que realmente Etsu no quería pronunciar, puesto que no era otra cosa. Era un maldito cadáver, acababa de empujar a un puto fiambre. Pocas cosas tan poquisimamente satisfactorias podrían existir en ésta vida como algo así. Casi le daban ganas de vomitar con tanta sangre y vísceras. Casi, si no fuese porque tenía un estómago realmente fuerte, de seguro lo habría hecho.

Los clinquineos de unas armaduras se hicieron cada vez mas audibles. La guardia sin duda habría escuchado el gran embrollo que allí se había formado, mas aún con un cadáver de por medio. No era algo que pudiesen obviar. Casi al instante, un equipo de 5 miembros de la guardia alzaron las espadas, y casi parecían arrestar a los culpables. Etsu miró por un instante hacia un lado, buscando a los posibles malhechores.

No pudo evitar caer en cuenta de que había un grave error cuando escuchó al que parecía ser el jefe de la patrulla incluir al chucho para que se quedasen quietos y se tirasen al suelo. Con los ojos abiertos, y las manos alzadas demostrando su inocencia —al menos eso pretendía— no pudo si no observar atónito al jefe de la guardia.

¿P-pero qué? somos inocentes, lo juro... estaba así cuando llegamos. «Bien hecho tío, ahora sí que se van a pensar que nos estamos burlando de él o algo...»

»El tipo ha caído sobre la chica, y solamente lo hemos empujado... y... y... —miró hacia el fiambre —y... está.. muerto.

¿Qué mas podía decir? dijese lo que dijese, era tontería. Era obvio que no habían sido ellos, pero... ¿cómo demostrarlo?

No podían hacer mucho mas que obedecer. Aunque no quería hacerlo, terminó por hacer lo que el guardia decía. En realidad, tampoco podían inculparles un crimen que no habían cometido sin prueba alguna que los inculpasen, ¿no?
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#9
Los guardias los observaban con desconfianza, sus ojos dando calculados saltos entre Etsu, Akane, Karma y el cadáver. Sobretodo el cadáver.

Hidetaka-dono, los hitai-ate... los dos son ninjas... —remarcó uno de los hombres uniformados, el que estaba a la derecha del primero que habló.

Me he dado cuenta —respondió con seriedad, sin sonar sarcástico, independientemente de que su comentario podía ser tomado como tal—. Uzushiogakure y Kusagakure... ¡Esto es Tankazu Gai! ¿No teníais mejor lugar para pelearos y acabar matando a uno de nuestros ciudadanos en el proceso, chavales?

¡No! —intervino Karma, extendiendo un brazo y la palma de este en línea recta, haciendo un gesto suplicante, que rogaba que contuviesen sus precipitadas conclusiones—. ¡Este chico dice la verdad! ¡El cadáver se me ha caído encima, ha venido de ahí!

La genin señaló la ventana rota del edificio de apartamentos. El guardia central —que era capitán— dirigió una mirada inquisitiva allí a donde el índice de la fémina acusaba. Torció el gesto y quedó pensativo durante unos segundos.

Esto es lo que vamos a hacer: mis soldados os van a custodiar mientras yo compruebo ese apartamento, a ver por qué está la ventana rota. No quiero que mováis ni un pelo, ¿entendido? Y por supuesto, nada de usar uno de vuestros truquitos ninja.

Karma asintió. Esperaba que Etsu hiciera lo mismo.

Mientras el llamado Hidetaka tendía su naginata a uno de sus hombres y trotaba en dirección al edificio, los otros cuatro rodearon al trío, todavía muy serios, armas en ristre, a apenas un metro de los jóvenes. Uno de ellos rozó al obeso fiambre con el bastón de su lanza y resopló.

Pobre diablo, lo han jodido a mala hostia.

Ni la uzujin ni el kusajin o su can podrían verlo, pero Hidetaka se introdujo en la escalera del bloque de apartamentos y subió hasta el primer piso. Habían sendas puertas a ambos lados del rellano. La que le interesaba al militar era la izquierda. Haciendo gala de su impecable forma física, la echó a abajo al segundo placaje.

Lo que el capitán encontró dentro le produjo una mueca de asco así como una punzada de horror en la espalda. Era un hombre de mundo, era un soldado. Había sido herido, había matado y había visto a sus compañeros morir. Pero lo que había en el interior de aquella habitación era más malvado que una simple herida recibida en el campo de batalla, por muy grotesca que fuese.

¡Que Izanagi nos proteja...!

El rostro de Hidetaka se asomó entre los cristales rajados del ventanal. Se podía apreciar una ligera palidez en su faz, aunque desde la distancia hasta la calle ya tenía uno que ser muy perceptivo para percatarse de ello.

¡Dejad a los ninjas! ¡Mitsunari, súbelos aquí y trae el cadáver! ¡El resto, cerrad el perímetro y montad guardia! ¡Alejad a cualquiera que se acerque, y si véis a alguien sospechoso, apresadlo sin dudar! —el capitán lanzó las órdenes a viva voz, con autoridad y eficiencia.

Los soldados respondieron con un vivaz "¡Sí, señor!" y se pusieron manos a la obra. Mitsunari era el mismo que había mencionado los protectores con los emblemas de las villas.

Ya habéis escuchado al capitán. ¡En marcha!

Karma se levantó, pero fue dar un paso al frente y casi perder el equilibrio. El tobillo derecho le ardía como mil demonios, y le costaba una barbaridad mantenerlo recto a la hora de caminar.

Joder, me lo he debido de torcer al caer... —suspiró, molesta, más por lo impráctico de la lesión que por el dolor.

Maldita sea... ¡tú! —señaló a Etsu—. Ayuda a tu amiguita a subir. Tener que cargar con el gordo este yo solo... maldita sea...

La kunoichi quedó a la espera de que el kusajin le ofreciese algún tipo de apoyo para caminar, si es que estaba dispuesto a hacerlo. Mientras todo esto acontecía, Mitsunari agarró al muerto de las muñecas y, resollando como quien carga con ciencuenta kilos de arroz sin un carro, tiró de él, acercándolo lenta pero inexorablemente a la puerta de entrada a los apartamentos.

Lo siento...
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#10
Uno de los miembros de la guardia destacó el detalle, apenas ineludible, de las bandanas de sendos genin. Éste lo dijo como exculpación, como un motivo por el cuál no debían dudar de ellos. Sin embargo, el que parecía ser el líder de ese escuadrón, zanjó que ya se había dado cuenta, además de que sentenció lo sucedido como una trifulca entre ambos shinobis y con consecuencia de una victima civil. Etsu quedó atónito ante tal comentario, era un líder de escuadrón... ¿cómo podía hacer semejantes juicios sin prueba alguna?

La chica no tardó en intervenir, recalcó que lo que Etsu decía era cierto, además de que señaló el lugar del que al parecer procedía el cadáver. Todos buscaron con brusquedad el sitio señalado, encontrando allí una cristalera totalmente hecha añicos. Sin demora alguna, el hombre impuso una serie de condiciones para darles una oportunidad de mostrar su inocencia a los genin. Obviamente, no querían ningún tipo de jutsu evasivo ni leches, estaba claro que el hombre ya se había tenido que topar con algún renegado o similar.

Etsu alzó las manos, mostrando que claramente no tenía intención de hacer nada en contra de lo propuesto.

Casi al instante, tras una señal del hombre, éste y uno de los guardia salieron a toda mecha directos a explorar el objetivo. Tras un rato, el hombre asomó por la ventana, blasfemando a saber qué. Rápidamente, instó en que dejasen a los shinobis, pero rápidamente los requirió arriba —los genin, y al cadáver— mientras que al resto del personal los mandó a mantener un perímetro, así como arrestar a cualquier tipo sospechoso.

«Diantres... ¿qué está pasando aquí? ¿cómo me meto en éstos líos siempre?»

Seguramente, Akane pensaba lo mismo.

El soldado reseñado para encargarse de arrastrar el cadáver y llevar a los shinobis, alentó a que cumpliesen la orden del capitán. Etsu y Akane se dispusieron a ello, pero rápidamente tuvieron que llevar los ojos a la chica. La kunoichi se veía afectada por el golpe, concretamente su tobillo. Sin miramientos, el soldado inquirió que el Inuzuka ayudase a su amiga mientras que él arrastraba desde las muñecas al muerto. De los jalones, casi parecía dispuesto a partirse por la mitad el fiambre.

Etsu dejó caer un suspiro —está bien, está bien... —respondió, pero no era a la chica, y ni mucho menos al soldado. Tras realizar un sello, su can tomó una apariencia idéntica a la del rastas, salvo que tenía unos colmillos un poco mas marcados, y algunos detalles que casi lo hacían ver asalvajado.

»Yo la ayudo a ella, y tu al soldado.

Con las cosas claras, Etsu buscó ayudar a Karma, mientras que su clon tomaría las piernas del fiambre y ayudaría al hombre a arrastrar al muerto hacia donde se encontraba el capitán.
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#11
El perro se transformó frente a la médica y el soldado, que dejaron entrever su sorpresa casi al unísono. Para Karma no habría sido tan extraño si hubiera sido una técnica de clonación como el Bunshin no Jutsu o el Kage Bunshin no Jutsu, pero en esa instancia el transformado era Akane, haciendo gala de un perfil casi idéntico al de su dueño. La joven no sabía nada sobre las técnicas Inuzuka y sus entresijos.

¡Cojones! ¡Mira que los ninjas sois raros! —afirmó de sopetón. Había parado de arrastrar el cuerpo para ser testigo del "espectáculo"—. Bueno, ¡a caballo regalado no le mires el dentado, eh! Agarra de las piernas.

Y continuó transportando al muerto, esta vez con ayuda.

Karma se apoyó sobre Etsu, pero no tardó en sentirse incómoda. El contacto físico con otros seres humanos nunca había sido de su agrado; la única excepción se da durante una pelea, donde la adrenalina lo acalla todo. Y aún así, la genin acostumbra a mantener las distancias durante los enfrentamientos como parte de sus estrategias habituales. Si esto es un impulso nacido de su naturaleza esquiva o una auténtica decisión racional, la pelivioleta nunca lo ha tenido claro.

Pero la genin tragó y junto al joven de las rastas subieron hasta el primer piso antes que Mitsunari, Akane y el fiambre, a pesar de que Karma cojeó a lo largo de todo el camino. Allí estaba Hidetaka, en el centro de la habitación, con los brazos cruzados; se le podía ver desde el rellano. Y en el interior...

El habitáculo apestaba. Olía a sangre, ese aroma a hierro que se pega a todo. Pero había otro "aroma" en el ambiente, algo más repugnante que el líquido vital.

Era un apartamento de forma cuadrada y reducidas dimensiones, no más de cinco metros de alto y cinco metros de ancho; debía de ser barato. El suelo era de tatami verde oscuro, viejo y desgastado. Las paredes de cemento gris.

A la izquierda el ventanal roto; bajo este un escritorio de madera y una silla a juego. Junto al ya mencionado, un caballete de pintura sin lienzo y varios botes de tinta, grandes, a sus pies. Eran de distintas tonalidades: negro, azul, amarillo, blanco...

Al frente había un armario empotrado de puertas correderas fabricadas en papel de arroz a la vieja usanza, a su derecha una humilde puerta de madera. En la parte inferior izquierda había una cocina compuesta por una nevera, unos fogones y una encimera con dos cajones; todo ello destartalado.

A la derecha, contra la pared, un robusto mueble de cajones que gozaba de cinco de ellos, rectangulares. Cuatro de los cinco —a excepción del más inferior— habían sido arrancados y desperdigados por toda la habitación, al igual que su contenido: herramientas de artista, tales como pinceles, cinceles, martillos, paletas de madera, brochas gordas, plumas, papel, etcétera. Parecía que había material de sobra para un escritor, un escultor y un pintor.

También se podían observar manchas de sangre diseminadas de forma caótica: por el suelo, por las paredes...

Y sobre el mueble de cajones, pintado en la pared, enorme...




Un kanji: "vida". Rojo como la sangre, como un mal presagio. Lo habían dibujado con trazos confiados y rectos.

Hidetaka lo estaba mirando, sus brazos cruzados.

Esto no es Shinogi-To, pero ocurren cosas, como en cualquier ciudad... a veces alguien asesina a alguien, especialmente por dinero. ¿Pero esto? —señaló a algo que reposaba encima del mueble de cajones—. Esto es nuevo, y no me gusta nada.

Eran tripas, intestinos; probablemente los del cadáver. Estaban apiladas, como si fuesen una ofrenda para el kanji. No estaban todas, porque al gordo aún le quedaban algunas colgando sobre el estómago, pero sí la mayoría.
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#12
Pese al comentario del guardia, Etsu y Akane siguieron con su pensamiento, y ayudaron a ambos tanto como pudieron. Karma y Etsu fueron avanzando algo mas veloces, dentro de lo que cabe —tampoco eran un formula uno—, llegando justo antes que el otro par y el fiambre. La escena se convirtió drásticamente en una mala película de serie B llena de zombies y vampiros, de esas películas que se pone uno para quedarse dormido de lo malas que son...

La falta de personal secundario dejó tan solo un escenario lleno de sangre en una habitación medianamente ordenada. Quitando el hecho del altar de sacrificios, y los cajones con todo el material de dibujo, escultura y demases dotes artísticas por los suelos. Por último, un gran detalle escenográfico, una letra claramente escrita con sangre.

Etsu tragó salivo, sin saber muy bien qué decir o qué hacer. En ese mismo instante pensó porqué diantres no se había quedado en el maldito carruaje...

Contras... —no supo decir mas.

El capitán aseguro que éste tipo de cosas jamás las había visto. Para el Inuzuka y su can, el asunto era exactamente igual. Por suerte o por desgracia, tenían ambos un estómago bien fuerte. Casi se podía afirmar que en ese preciso momento, era mas bien una suerte que una desgracia.
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#13
Tan pronto el repulsivo olor que inundaba la habitación asaltó las fosas nasales de Karma, la muchacha se llevó la diestra a la cara, tapándose boca y nariz. Nunca había olido algo así. Una vez más tuvo que reprimir una arcada, por mucho que fuese una Iryō-Nin; la situación no era del agrado de su almuerzo tampoco, visto lo mucho que quería escapar de ella.

¿Qué ha pasado aquí...? —murmuró según escaneaba el lugar, su voz amortiguada por la palma de su mano.

El capitán suspiró.

Eso es lo que vamos a tener que averiguar, no podemos tener a un perturbado como este rondando por las calles —afirmó con hastío—. En cuanto a vosotros... bueno, cada vez resulta más difícil creer que hayáis tenido algo que ver, a no ser que sea un excelente montaje para cubriros las espaldas. Siendo ninjas, no lo descarto del todo... no es nada personal.

»Mis hombres van a hacer unas pesquisas. Nos aseguraremos completamente de que no tenéis nada que ver, entonces os dejaremos ir. Mientras tanto me temo que váis a tener que esperar aquí conmigo. Es desagradable, lo sé y lo siento. Os aconsejo que os quedéis cerca de la ventana, ahí no huele tanto.

Entraron por la puerta Akane y Mitsunari, llevando consigo al muerto. El soldado iba a la cabeza, y en cuanto percibió la fetidez del habitáculo así como el dantesco espectáculo marcado en él, soltó el cuerpo casi como si hubiera visto un fantasma.

¡Por todos los putos platos de Bansho! ¡¿Que carajo ha pasado aquí?!

¡Soldado, compórtese! ¡El cadáver al centro de la sala!

¡Sí, Hidetaka-dono! ¡Mis más sinceras disculpas! —exclamó y agarró al fallecido a toda prisa, cargando con él en solitario hasta depositarlo donde le había dicho su capitán.

Ahora Akane podía volver con su amo y Mitsunari había finalizado aquella tarea, tan sucia y agotadora.

Mitsunari-kun —le llamó Hidetaka, que se aproximó a él.

Habló con este durante unos instantes, en voz baja. Acto seguido, el subordinado asintió y se marchó de la sala a paso ligero, bajando las escaleras de vuelta a la calle, no sin antes lanzar una última mirada —plagada de asco— al apartamento.

Poneos cómodos, jóvenes. Mis hombres no tardarán.

Karma se separó de Etsu y se aproximó a la ventana, tomando el consejo del capitán. La brisa que entraba hacía el trago más llevadero, desde luego.

Era un buen momento para echarle un vistazo a ese tobillo y tratar de remediar el daño sufrido. La joven se sentó en la silla de escritorio, se quitó la sandalia y comprobó el estado de la extremidad afectada: observó con atención su piel, tocó en un par de lugares, para finalmente acudir a su kit. Se la veía algo distraída, observando el kanji y las tripas bajo este de tanto en tanto, mostrando una expresión que rondaba entre la fascinación y el temor.
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#14
Karma no fue menos, tampoco supo qué decir al ver el horripilante escenario que tenían ante ellos. Quizás si ésta lo expresó un poco mejor, pero tuvo que llevarse rápidamente la mano hacia la boca y nariz en pos de detener una arcada. Por suerte para Etsu, la chica no dejó escapar nada por la boca, menos aún por la nariz. Logró contener satisfactoriamente lo que fuese que hubiese comido dentro, aunque estaba mas que predispuesta a soltar prenda.

El capitán expresó entonces que iban a averiguar precisamente eso, el qué había pasado allí. Ellos hasta ese entonces eran presos —no en el sentido estricto de la palabra—, hasta esclarecer los hechos no iban a ir a ningún lado. El hombre no tardó en reafirmar que no estaba dispuesto a confiar en unos ninjas. Éste hombre sin lugar a dudas había tenido alguna experiencia realmente mala con shinobis.

Pero bueno, menos da una piedra.

Por el momento no eran principales sospechosos del crimen, y pese a que tenían que permanecer en la habitación, al menos no estaban esposados o bajo un estricto interrogatorio. Etsu dejó caer un leve suspiro, aún no entendía cómo diantres siempre le pasaba igual, siempre se metía en jaleos sin buscarlos.

Cuando Akane y el ayudante del capitán llegaron, pasó exactamente lo mismo que con Karma y Etsu. Ambos quedaron bastante impactados de la escena, y no pudieron evitar la pregunta. El capitán corrigió a su soldado, y éste rápidamente se recompuso, en pos de obedecer la orden. El par de soldados compartieron varias palabras, bastantes para ser precisos. Entre tanto, los tres genin acudieron sin demora hacia la ventana. Era la única manera de poder respirar algo de aire que estuviese poco cargado...

Aun así, el aire estaba cargado de un funesto olor casi vomitivo.

No tío, no sé que leches ha pasado, pero desde luego en vaya jaleo nos hemos metido... —contestó a Akane, tan pancho como si hablase con otra persona.

Evidentemente, para Etsu eso era lo normal. Tras las palabras entre soldados, el de menor rango salió corriendo de la habitación, tanto como su armadura le permitía. El capitán sugirió que se pusiesen cómodos, quizás con algo de ironía dado dónde estaban. Por otro lado, parecía que no fuese muy bueno con eso de las bromas o las ironías. Quizás hablaba en serio...

Etsu no pudo evitar otro suspiro, y terminó dejándose recaer sobre el marco de la ventana. No estaba del todo cómodo, pero allí era algo un tanto difícil.
~ No muerdas lo que no piensas comerte ~
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#15
La muchacha tomó un frasco de su kit y se aplicó una buena ración de ungüento blanquecino por la zona afectada. Acto seguido la vendó y calzó la sandalia de vuelta. Guardó el primer frasco para sacar otro, lleno hasta las trancas de unas esferas, más pequeñas que canicas, de color amarronado. Se tomó una de estas. Era un simple analgésico, algo que ayudaría a enmascarar el dolor.

Tendría que bastar por el momento. Se levantó.

Karma lo guardó todo y puso su kit médico en orden. No se le pasó por alto que el Inuzuka parecía haber hablado solo, ¿o es que se dirigía a ella? Insegura, guardó silencio, mirándolo por el rabillo del ojo con una pequeña chispa de desconfianza. «Al menos no tiene nada que ver con esto. Espero», pensó, sus ojos fijos sobre el kanji y el gesto torcido.

"Vida". ¿Qué quería decir? ¿Era una ironía? ¿Una negra mofa en referencia a la atrocidad cometida en ese lugar? ¿O escondía un significado más profundo?

Los minutos se arrastraron como babosas.

Cinco.

Diez.

Quince.

Veinte.

Treinta.

Finalmente Mitsunari volvió a aparecer en el apartamento, cruzando el umbral a zancada limpia. Su respiración estaba agitada. Raudo como el viento se plantó frente a su superior y le confió algo en voz baja. Hidetaka asintió con energía.

Muy bien, ve a patrullar con los otros —Mitsunari le reverenció y desapareció como había venido.

El capitán se aproximó a los tres ninjas, los brazos cruzados y la mirada seria.

Mis hombres han hablado con varios testigos que aseguran haber estado en la zona en el momento del accidente. Señorita —se dirigió a Karma—, han confirmado que el cadáver se te cayó encima y nadie te vio entrar ni salir de este edificio antes del incidente. Respecto a ti, muchacho —miró a Etsu y al otro Etsu, es decir, a Akane. La transformación del can no engendraba sorpresa en el hombre—, algunos de los que huían recuerdan haberte visto. Eres... fácil de reconocer, y el perro también llama la atención. Parece ser que estabas lejos de la zona cuando ocurrió todo.

»Ninguno de los dos tenéis cortadas de acero, precisamente... pero no hay ningún indicio de que tengáis algo que ver con este asunto más que estar en el lugar equivocado en el momento equivocado.

Eso es un eufenismo... —remarcó Karma, que lo había sufrido todo de primera mano—. No te di las gracias por ayudarme antes... —dijo, oteando a Etsu, tan recatada como avergonzada. Le dedicó una rígida reverencia al genin—. Muchas gracias.

No quería recordar ese momento de pesadilla en el que había comprendido que tenía un cadáver encima, mas le resultó imposible.

En definitiva —continuó Hidetaka—. Sois libres. Nosotros tenemos un loco del que ocuparnos...

La fémina tomó aire. ¿Había reflexionado bien sobre lo que estaba a punto de decir? ¿Estaba completamente segura de que era buena idea? No, por supuesto que no.

Pero se dejó llevar por lo que tenía en el pecho.

Disculpe... —le dijo al militar—. Podría... ¿podría participar en la investigación? Soy una ninja médica. Podría practicarle una autopsia al cadáver, entre otras cosas.

Su tono era sumiso, como de costumbre, pero sus ojos brillaban. La curiosidad del "cómo", "cuándo" y "por qué" de ese asesinato la consumían. Además, el responsable había lanzado a su víctima sobre ella.

Intencionado o no... deseaba hacerle pagar.
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