16/04/2016, 16:51
Jin arqueó una ceja cuando el chico de Amegakure le contó que aquel noble desquiciado había intentado ganarse su confianza con algún tipo de truquito embaucador. El mercenario exhaló un suspiro de tristeza y resignación.
—Has hecho bien, muchacho. Satoru-sama cree que los dioses le han señalado con el don de la Clarividencia... Su frágil mente no es capaz de distinguir entre la realidad y esas fantasías. Por eso es importante que lo encontremos.
Los jóvenes gennin habían aceptado, de modo que, ya de forma más calmada —dentro de lo calmado que se podía estar cuando un mercenario enorme con un chakra todavía más enorme te vigilaba— Jin les explicó por dónde debían empezar a buscar.
—Satoru-sama intentará escapar de la ciudad, no me cabe la menor duda. Lo peor es que, haciendo uso de su condición, los guardias de Noka-dono no podrán impedirle que salga o entre a su antojo...
Anzu no lo entendió al principio, ajena como era a todo lo que tenía que ver con la nobleza y demás asuntos que nunca le habían interesado. Momentos después se dio cuenta de que Satoru era, posiblemente, una figura respetada en la jerarquía nobiliaria de Hi no Kuni, aunque fuese un tarado mental, y ningún guardia raso en su sano juicio se atrevería jamás a hacerle enfadar. Putos niños ricos... Esto complica mucho las cosas.
—Por eso mismo —Jin seguía hablando—, debemos asegurarnos de que lo cazamos justo cuando salga. Si le perdemos la pista y consigue internarse en el bosque, será como buscar una aguja en un pajar. O peor, podría convencer o comprar a algún transeúte para que le ayude a huir.
La Yotsuki asentía, tratando de poner toda su atención en las palabras del mercenario. Todavía se sentía fatigada, y le dolían el pecho y la cabeza. Tanto así que se apoyó en el enorme contenedor metálico que Daruu había hecho ascender con ayuda de su pilar de madera, y que Jin había volcado sin ningún esfuerzo. La basura seguía esparcida por el tejado, y empezaba a apestar bastante. Qué extraño... El puñetazo que me ha pegado este gorila con su chakra me ha dejado tan K.O. que ni siquiera me había fijado en el olor de la basura. Y era verdad. Ahora lamentaba haberlo hecho, porque aquel hedor la hacía arrugar la nariz.
Agachó la cabeza, aturdida entre el mal olor y la conmoción... Y lo vió. Una tapa metálica y redonda estaba encajada en el pavimento del callejón, allí abajo; nadie se había fijado, ni siquiera Jin.
—Las alcantarillas.
El mercenario, que estaba hablando en ese momento, se detuvo.
—¿Cómo dices?
—Las alcantarillas —repitió la Yotsuki, con la cabeza embotada—. Ese maldito ha escapado delante de nuestras narices por las alcantarillas.
Acompañó su teoría de un dedo acusador, que señalaba hacia abajo, hacia la tapa circular de hierro negro que daba acceso al sistema de alcantarillado de los Dojos. Sin pensárselo dos veces, Jin saltó tejado abajo, levantó la pesada tapa con una mano y se dejó caer por el hueco.
La kunoichi miró a su compañero de profesión. Podríamos largarnos de aquí ahora mismo... Luego recordó aquella mano invisible que había estado a punto de estrangularla... Y siguió al mercenario hacia la oscuridad del subsuelo.
—Has hecho bien, muchacho. Satoru-sama cree que los dioses le han señalado con el don de la Clarividencia... Su frágil mente no es capaz de distinguir entre la realidad y esas fantasías. Por eso es importante que lo encontremos.
Los jóvenes gennin habían aceptado, de modo que, ya de forma más calmada —dentro de lo calmado que se podía estar cuando un mercenario enorme con un chakra todavía más enorme te vigilaba— Jin les explicó por dónde debían empezar a buscar.
—Satoru-sama intentará escapar de la ciudad, no me cabe la menor duda. Lo peor es que, haciendo uso de su condición, los guardias de Noka-dono no podrán impedirle que salga o entre a su antojo...
Anzu no lo entendió al principio, ajena como era a todo lo que tenía que ver con la nobleza y demás asuntos que nunca le habían interesado. Momentos después se dio cuenta de que Satoru era, posiblemente, una figura respetada en la jerarquía nobiliaria de Hi no Kuni, aunque fuese un tarado mental, y ningún guardia raso en su sano juicio se atrevería jamás a hacerle enfadar. Putos niños ricos... Esto complica mucho las cosas.
—Por eso mismo —Jin seguía hablando—, debemos asegurarnos de que lo cazamos justo cuando salga. Si le perdemos la pista y consigue internarse en el bosque, será como buscar una aguja en un pajar. O peor, podría convencer o comprar a algún transeúte para que le ayude a huir.
La Yotsuki asentía, tratando de poner toda su atención en las palabras del mercenario. Todavía se sentía fatigada, y le dolían el pecho y la cabeza. Tanto así que se apoyó en el enorme contenedor metálico que Daruu había hecho ascender con ayuda de su pilar de madera, y que Jin había volcado sin ningún esfuerzo. La basura seguía esparcida por el tejado, y empezaba a apestar bastante. Qué extraño... El puñetazo que me ha pegado este gorila con su chakra me ha dejado tan K.O. que ni siquiera me había fijado en el olor de la basura. Y era verdad. Ahora lamentaba haberlo hecho, porque aquel hedor la hacía arrugar la nariz.
Agachó la cabeza, aturdida entre el mal olor y la conmoción... Y lo vió. Una tapa metálica y redonda estaba encajada en el pavimento del callejón, allí abajo; nadie se había fijado, ni siquiera Jin.
—Las alcantarillas.
El mercenario, que estaba hablando en ese momento, se detuvo.
—¿Cómo dices?
—Las alcantarillas —repitió la Yotsuki, con la cabeza embotada—. Ese maldito ha escapado delante de nuestras narices por las alcantarillas.
Acompañó su teoría de un dedo acusador, que señalaba hacia abajo, hacia la tapa circular de hierro negro que daba acceso al sistema de alcantarillado de los Dojos. Sin pensárselo dos veces, Jin saltó tejado abajo, levantó la pesada tapa con una mano y se dejó caer por el hueco.
La kunoichi miró a su compañero de profesión. Podríamos largarnos de aquí ahora mismo... Luego recordó aquella mano invisible que había estado a punto de estrangularla... Y siguió al mercenario hacia la oscuridad del subsuelo.