29/08/2016, 23:36
—Ha crecido desde la última vez que la viste, ¿verdad? —La voz de Datsue volvió a resonar a su espalda y Ayame no pudo evitar pegar un brinco.
Tan sumida estaba en sus propios pensamientos que no había escuchado los pasos del de Takigakure tras de ella, siguiéndola a la salida de la posada. Y, sin embargo, fueron sus palabras lo que llamó su atención.
—Ah... este caballo... —balbuceó, mirando de manera alternativa a la yegua y al Uchiha. Incluso se le había pasado momentáneamente la rabieta. ¡Con razón le había parecido familiar! Pero hacía tanto tiempo de aquella loca aventura en el Puente Tenchi... ¿Cuánto exactamente? Por lo menos año y medio. Pero con todo lo ocurrido en el Torneo de los Dojos, el pasado parecía haberse estirado de manera incomprensible.
—Sí… la última vez. Lo cierto es que te debo una desde aquel día. Bueno, y por lo del Torneo también. No quiero ni imaginarme lo que es tener un monstruo viviendo en tu interior. Debe ser horrible… —continuó, y Ayame torció el gesto ante sus palabras—. Me salvaste de una buena.
—Yo...
—Lo que quiero decir es que… —Datsue se rascó la nuca—. Bueno, sé que no se me dan muy bien estas cosas, pero… Que te debo una, vaya. Y que puedes reclamar esa deuda cuando quieras. Ahora, en un año o cuando sea… Pídeme lo que quieras, y juro por lo que más quiero que lo haré. Hablo en serio.
—No me debes nada. No soy ninguna heroína —consiguió decir, con un largo y tendido suspiro. Aún intercambió el peso de una pierna a otra, con una mano agarrándose el kimono a la altura del pecho—. Lo cierto es que la lié buena al tratar de parar a la Uzukage... Lo único que conseguí fue que casi nos mataran a todos...
Y realmente habría sido así, si no hubiera sido por el milagro del Sabio de los Seis Caminos. Y aún así aquel fatídico día murió gente. Muchísima gente. Todos los civiles que Hagoromo no había podido revivir por no seguir la senda del Ninshuu... Y Ayame no había podido evitar repetirse, una y otra vez, desde el momento en el que había vuelto a la vida, que aquella catástrofe había sido por su culpa. Otra vez.
—Además... —añadió, sacudiendo la cabeza para apartar aquellos dolorosos pensamientos de su mente—. Lo siento, pero ni siquiera lo hice sólo por ti. Ellos no son monstruos...
Y con aquellas últimas cuatro palabras volvió a dirigirle la mirada. Una mirada directa a sus orbes negros. Estaba preparada para ver la alarma, la incredulidad o incluso la burla en ellos.
Tan sumida estaba en sus propios pensamientos que no había escuchado los pasos del de Takigakure tras de ella, siguiéndola a la salida de la posada. Y, sin embargo, fueron sus palabras lo que llamó su atención.
—Ah... este caballo... —balbuceó, mirando de manera alternativa a la yegua y al Uchiha. Incluso se le había pasado momentáneamente la rabieta. ¡Con razón le había parecido familiar! Pero hacía tanto tiempo de aquella loca aventura en el Puente Tenchi... ¿Cuánto exactamente? Por lo menos año y medio. Pero con todo lo ocurrido en el Torneo de los Dojos, el pasado parecía haberse estirado de manera incomprensible.
—Sí… la última vez. Lo cierto es que te debo una desde aquel día. Bueno, y por lo del Torneo también. No quiero ni imaginarme lo que es tener un monstruo viviendo en tu interior. Debe ser horrible… —continuó, y Ayame torció el gesto ante sus palabras—. Me salvaste de una buena.
—Yo...
—Lo que quiero decir es que… —Datsue se rascó la nuca—. Bueno, sé que no se me dan muy bien estas cosas, pero… Que te debo una, vaya. Y que puedes reclamar esa deuda cuando quieras. Ahora, en un año o cuando sea… Pídeme lo que quieras, y juro por lo que más quiero que lo haré. Hablo en serio.
—No me debes nada. No soy ninguna heroína —consiguió decir, con un largo y tendido suspiro. Aún intercambió el peso de una pierna a otra, con una mano agarrándose el kimono a la altura del pecho—. Lo cierto es que la lié buena al tratar de parar a la Uzukage... Lo único que conseguí fue que casi nos mataran a todos...
Y realmente habría sido así, si no hubiera sido por el milagro del Sabio de los Seis Caminos. Y aún así aquel fatídico día murió gente. Muchísima gente. Todos los civiles que Hagoromo no había podido revivir por no seguir la senda del Ninshuu... Y Ayame no había podido evitar repetirse, una y otra vez, desde el momento en el que había vuelto a la vida, que aquella catástrofe había sido por su culpa. Otra vez.
—Además... —añadió, sacudiendo la cabeza para apartar aquellos dolorosos pensamientos de su mente—. Lo siento, pero ni siquiera lo hice sólo por ti. Ellos no son monstruos...
Y con aquellas últimas cuatro palabras volvió a dirigirle la mirada. Una mirada directa a sus orbes negros. Estaba preparada para ver la alarma, la incredulidad o incluso la burla en ellos.