9/05/2017, 17:06
(Última modificación: 9/05/2017, 17:09 por Uchiha Akame.)
Con avidez, Akame devoraba los fideos que quedaban en su cuenco de cerámica ayudándose de unos largos palillos de madera que utilizaba con destreza en su mano derecha. El Sol brillaba con fuerza en el cielo azul y despejado, típico de aquella región, cargando el ambiente de un calor veraniego realmente molesto. Por fortuna, el puesto de ramen al que había acudido para almorzar desplegaba a su alrededor un par de metros de toldo de tela —roja, cómo no— que ofrecía la fresca cobertura de su sombra a los clientes. Aunque, a aquellas horas del mediodía, había tanta gente alrededor de la caseta de madera que algunos no llegaban a coger un sitio bajo el toldo y tenían que comerse su ramen más caliente de lo deseable.
El Uchiha echó la cabeza hacia atrás, volcando el cuenco sobre sus labios para sorber todo el líquido. Luego lo dejó con cuidado sobre la barra y depositó los palillos, perfectamente alineados, sobre el mismo. Se removió en su asiento —un taburete de madera tan alto que los pies no le llegaban al suelo—, incómodo, y buscó con la mirada a sus compañeros de misión. La enorme plaza central de Yamiria estaba abarrotada a aquellas horas de la mañana, repleta de puestos ambulantes, viandantes de toda edad y clase social y vendedores que anunciaban a viva voz su mercancía. Al gennin le llamó la atención un grupo de personas que caminaban compactos, como una formación militar. En el centro se distinguía a una mujer alta, de melena castaña y sedosa, vestida con un kimono increíblemente bello. «Una noble, claro». A su alrededor, una cohorte de sirvientes se aseguraba de satisfacer con presteza todos sus caprichos y deseos, y apartaba a otros ciudadanos menos afortunados para que ninguno molestase a su señora durante el paseo.
No era otra cosa que una misión lo que había llevado a Uchiha Akame, aquel día de Flama, hasta Yamiria. «Bueno, aunque sea de Rango D, al menos nos han asignado una fuera de la Aldea», pensó con cierto resquemor. La verdad era que había estado entrenando más duro que nunca desde que volviese de Arashi no Kuni, y se consideraba a sí mismo —en un alarde de prepotencia— como sobradamente preparado para tomar un encargo de mayor importancia. No iba a ser pronto, desde luego. Los exámenes de ascenso a chuunin ya habían sido anunciados, y se necesitaban cumplir ciertos requisitos para, siquiera, ser admitido como participante.
—Qué molestia... —masculló Akame mientras se levantaba del taburete, dejando algunas monedas sobre la barra de la caseta de ramen.
Empezó a andar a paso tranquilo, mirando a un lado y a otro en busca de los otros ninjas de Uzushio que debían acompañarle. A Sakamoto Noemi ya la conocía; había sido pareja de su difunto amigo —Uchiha Haskoz—. La kunoichi le provocaba una mezcla de tristeza, desgarro y empatía —porque sabía que ella debía estar tan afectada como él—.
Akame vestía aquella mañana camiseta negra de manga corta y cuello alto, con el símbolo del clan Uchiha dibujado en la espalda, y pantalones pesqueros de corte militar. Éstos iban sujetos a su cintura por un cinturón de cuero, del que pendían tres objetos; primero, su portaobjetos ninja, al lado derecho de la cadera. Luego, su preciada espada —el Lamento de Hazama—, colgada a su espalda. Y, finalmente, el pequeño pergamino de misión que le había sido entregado dos días antes. Calzaba sandalias ninja de color negro, y llevaba vendas en los tobillos, rodillas y muñecas, resultado de sus entrenamientos.
El Uchiha echó la cabeza hacia atrás, volcando el cuenco sobre sus labios para sorber todo el líquido. Luego lo dejó con cuidado sobre la barra y depositó los palillos, perfectamente alineados, sobre el mismo. Se removió en su asiento —un taburete de madera tan alto que los pies no le llegaban al suelo—, incómodo, y buscó con la mirada a sus compañeros de misión. La enorme plaza central de Yamiria estaba abarrotada a aquellas horas de la mañana, repleta de puestos ambulantes, viandantes de toda edad y clase social y vendedores que anunciaban a viva voz su mercancía. Al gennin le llamó la atención un grupo de personas que caminaban compactos, como una formación militar. En el centro se distinguía a una mujer alta, de melena castaña y sedosa, vestida con un kimono increíblemente bello. «Una noble, claro». A su alrededor, una cohorte de sirvientes se aseguraba de satisfacer con presteza todos sus caprichos y deseos, y apartaba a otros ciudadanos menos afortunados para que ninguno molestase a su señora durante el paseo.
No era otra cosa que una misión lo que había llevado a Uchiha Akame, aquel día de Flama, hasta Yamiria. «Bueno, aunque sea de Rango D, al menos nos han asignado una fuera de la Aldea», pensó con cierto resquemor. La verdad era que había estado entrenando más duro que nunca desde que volviese de Arashi no Kuni, y se consideraba a sí mismo —en un alarde de prepotencia— como sobradamente preparado para tomar un encargo de mayor importancia. No iba a ser pronto, desde luego. Los exámenes de ascenso a chuunin ya habían sido anunciados, y se necesitaban cumplir ciertos requisitos para, siquiera, ser admitido como participante.
—Qué molestia... —masculló Akame mientras se levantaba del taburete, dejando algunas monedas sobre la barra de la caseta de ramen.
Empezó a andar a paso tranquilo, mirando a un lado y a otro en busca de los otros ninjas de Uzushio que debían acompañarle. A Sakamoto Noemi ya la conocía; había sido pareja de su difunto amigo —Uchiha Haskoz—. La kunoichi le provocaba una mezcla de tristeza, desgarro y empatía —porque sabía que ella debía estar tan afectada como él—.
Akame vestía aquella mañana camiseta negra de manga corta y cuello alto, con el símbolo del clan Uchiha dibujado en la espalda, y pantalones pesqueros de corte militar. Éstos iban sujetos a su cintura por un cinturón de cuero, del que pendían tres objetos; primero, su portaobjetos ninja, al lado derecho de la cadera. Luego, su preciada espada —el Lamento de Hazama—, colgada a su espalda. Y, finalmente, el pequeño pergamino de misión que le había sido entregado dos días antes. Calzaba sandalias ninja de color negro, y llevaba vendas en los tobillos, rodillas y muñecas, resultado de sus entrenamientos.