14/05/2017, 14:04
— ¡Oh! Entonces te llamaré Nabi-kun a partir de ahora. — Respondió a su petición con una amplia sonrisa adornando su sonrosado rostro, que había adquirido aquel color tras las palabras del rubio. ¡Era la primera vez que alguien le pedía aquello! Y, sinceramente, eso significaba dar un gran paso en la relación que mantenían.
Era como si en su mente hubiese salido un mensaje diciendo Logro desbloqueado: de conocidos a amistad.
Una vez en la academia, Nabi volvió a ofrecerla ir delante, y ella se adelantó con el rostro en alto para abrir las puertas y entrar en el lugar. Estaba tal y como lo recordaban: las mismas paredes pintadas del mismo color, las pintadas de los más gamberros desgastadas por el tiempo, la pequeña recepción en aquel momento vacía y el suave murmullo de las personas ocupando sus clases. A Eri le llegó una oleada de nostalgia al estar allí, pero cerró ambas manos en puños y tomó aire para luego soltarlo tranquilamente.
Unos pasos acelerados se escucharon por un pasillo, y pronto un hombre alto, de cabello azabache y piel oscura hizo acto de aparición. Llevaba una bandana atada a su brazo derecho, una camiseta negra de mangas cortas y pantalones largos, con el bajo oculto en las botas shinobi.
— Ah, ¡hola! ¿No deberíais estar en clase? — Su voz era tan grave que retumbó por unos momentos en los oídos de la joven kunoichi. El hombre, sin embargo, no dio tiempo a los jóvenes a responder, porque antes de que lo hiciesen notó el pergamino sobresaliente del portaobjetos de la kunoichi del grupo. — ¿Sois los del encargo? — Preguntó.
Eri sacó el pergamino y se lo tendió al hombre que lo recibió con alegría, luego se lo devolvió y prosiguió:
— Bien, perfecto, yo soy Daichi, necesito vuestros nombres y una vez los registre os llevaré al lugar donde empezaréis con el trabajo. — Alegó acercándose a la recepción.
Era como si en su mente hubiese salido un mensaje diciendo Logro desbloqueado: de conocidos a amistad.
Una vez en la academia, Nabi volvió a ofrecerla ir delante, y ella se adelantó con el rostro en alto para abrir las puertas y entrar en el lugar. Estaba tal y como lo recordaban: las mismas paredes pintadas del mismo color, las pintadas de los más gamberros desgastadas por el tiempo, la pequeña recepción en aquel momento vacía y el suave murmullo de las personas ocupando sus clases. A Eri le llegó una oleada de nostalgia al estar allí, pero cerró ambas manos en puños y tomó aire para luego soltarlo tranquilamente.
Unos pasos acelerados se escucharon por un pasillo, y pronto un hombre alto, de cabello azabache y piel oscura hizo acto de aparición. Llevaba una bandana atada a su brazo derecho, una camiseta negra de mangas cortas y pantalones largos, con el bajo oculto en las botas shinobi.
— Ah, ¡hola! ¿No deberíais estar en clase? — Su voz era tan grave que retumbó por unos momentos en los oídos de la joven kunoichi. El hombre, sin embargo, no dio tiempo a los jóvenes a responder, porque antes de que lo hiciesen notó el pergamino sobresaliente del portaobjetos de la kunoichi del grupo. — ¿Sois los del encargo? — Preguntó.
Eri sacó el pergamino y se lo tendió al hombre que lo recibió con alegría, luego se lo devolvió y prosiguió:
— Bien, perfecto, yo soy Daichi, necesito vuestros nombres y una vez los registre os llevaré al lugar donde empezaréis con el trabajo. — Alegó acercándose a la recepción.
![[Imagen: ksQJqx9.png]](https://i.imgur.com/ksQJqx9.png)