17/05/2017, 22:23
— Cuéntame acerca de lo segundo ¿Los Grandes Juegos de Uzushiogakure? ¿Es alguna clase de prueba de nivel para los ninja que hacéis por ahí?
Sonreí ante la elección del muchacho.
— Tienes buen ojo, Juro-kun. Sin duda una historia memorable.
Entramos en lo que parecía un pequeño parque más abandonado que Kusagakure si les atacara un bijuu. Llamarlo parque a lo mejor era un poco exagerado ya que se trataba de un cuadrado lleno de arena para que jugasen los niños y un par de bancos para que se sentaran los padres o tutores legales de los muchachos. O sus abuelos. O sus tios. O sus pederastas, no, casi que esos mejor no.
— Vamos a sentarnos que igual esto va para largo.
Le señalé el banco que menos pinta de caerse a cachos en cualqueir momento tenía y me dirigí hacia él. Sin embargo, una aparición repentina hizo que mi culo no llegase a hacer contacto con las barras de madera que componian tan magnifico asiento.
— ¡El heladero ha llegado a la ciudad! ¡Helados fresquitos para el duro veranito joder que solaco que pega!
Un hombre empujaba un carro mágico del que emanaba un aura de frivolidad impresionante, como si se autocongelase a sí mismo. Aquel cantante cantaba todo lo que hablaba, incluidas las partes que no rimaban.
— ¡Señor! ¿Tiene un helado de esos que tienen dos palos y se parten y entonces son dos helados?
— ¡Otra cosa no tengo, pues es lo que más vendo! ¡Aquí tienes jovenzuelo, espero que no te pesquen con anzuelo!
Le pagué lo que valía el helado, cantidad que no recuerdo de forma totalmente valida porque así es más fácil rolear sin pensar en el dinero. Lo desenvolví y lo partí, pasandole la mitad a mi invitado en una ciudad que no era mía. Me senté en el banco y empecé la historia tras darle un lametón al helado.
— Era una bonita mañana de primavera, o tal vez era una tarde, ni idea, la cuestión es que nos reunimos una pequeña muchedumbre y los mejores Genins de nuestra generación en el enorme jardín de cerezos que tenemos en la hermosa Uzushiogakure, que en primavera florecen y cambian toda la estetica de la villa a una mucha más gloriosa. Algún día con algún jutsu conseguiremos que esa belleza sea eterna.
Tras un breve sorteo para hacer dos equipos, en mi equipo estaban la más hermosa de las Kunoichis y de toda mujer que haya visto, oido o siquiera imaginado, Eri-hime. Pero no solo es jodidamente preciosa, sino que además es inteligente, cariñosa, amable, gentil, espabilada, hábil, ágil, diestra, atractiva, una gran oradora y la mejor madre que mis hijos vayan a poder pedir. Ah, y tambien estaba Senju Riko, que es un calientabragas con menos fuerza que un pedo de un gato amenio.
Hice una breve pausa para relamer el helado que empezaba a derretirse a una velocidad digna del verano que estaban viviendo.
Sonreí ante la elección del muchacho.
— Tienes buen ojo, Juro-kun. Sin duda una historia memorable.
Entramos en lo que parecía un pequeño parque más abandonado que Kusagakure si les atacara un bijuu. Llamarlo parque a lo mejor era un poco exagerado ya que se trataba de un cuadrado lleno de arena para que jugasen los niños y un par de bancos para que se sentaran los padres o tutores legales de los muchachos. O sus abuelos. O sus tios. O sus pederastas, no, casi que esos mejor no.
— Vamos a sentarnos que igual esto va para largo.
Le señalé el banco que menos pinta de caerse a cachos en cualqueir momento tenía y me dirigí hacia él. Sin embargo, una aparición repentina hizo que mi culo no llegase a hacer contacto con las barras de madera que componian tan magnifico asiento.
— ¡El heladero ha llegado a la ciudad! ¡Helados fresquitos para el duro veranito joder que solaco que pega!
Un hombre empujaba un carro mágico del que emanaba un aura de frivolidad impresionante, como si se autocongelase a sí mismo. Aquel cantante cantaba todo lo que hablaba, incluidas las partes que no rimaban.
— ¡Señor! ¿Tiene un helado de esos que tienen dos palos y se parten y entonces son dos helados?
— ¡Otra cosa no tengo, pues es lo que más vendo! ¡Aquí tienes jovenzuelo, espero que no te pesquen con anzuelo!
Le pagué lo que valía el helado, cantidad que no recuerdo de forma totalmente valida porque así es más fácil rolear sin pensar en el dinero. Lo desenvolví y lo partí, pasandole la mitad a mi invitado en una ciudad que no era mía. Me senté en el banco y empecé la historia tras darle un lametón al helado.
— Era una bonita mañana de primavera, o tal vez era una tarde, ni idea, la cuestión es que nos reunimos una pequeña muchedumbre y los mejores Genins de nuestra generación en el enorme jardín de cerezos que tenemos en la hermosa Uzushiogakure, que en primavera florecen y cambian toda la estetica de la villa a una mucha más gloriosa. Algún día con algún jutsu conseguiremos que esa belleza sea eterna.
Tras un breve sorteo para hacer dos equipos, en mi equipo estaban la más hermosa de las Kunoichis y de toda mujer que haya visto, oido o siquiera imaginado, Eri-hime. Pero no solo es jodidamente preciosa, sino que además es inteligente, cariñosa, amable, gentil, espabilada, hábil, ágil, diestra, atractiva, una gran oradora y la mejor madre que mis hijos vayan a poder pedir. Ah, y tambien estaba Senju Riko, que es un calientabragas con menos fuerza que un pedo de un gato amenio.
Hice una breve pausa para relamer el helado que empezaba a derretirse a una velocidad digna del verano que estaban viviendo.
—Nabi—
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