22/05/2017, 23:48
(Última modificación: 29/07/2017, 02:13 por Amedama Daruu.)
Daruu subió al piso superior y se acercó a la puerta de la habitación. Puso la mano en el picaporte, lo accionó, y... Claro. La puerta estaba cerrada. Exhaló con rabia y levantó el puño, a punto de golpear la madera, pero en el último momento se contuvo. Tomó aire, y lo dejó escapar lentamente por la boca.
«Jeh. ¿En qué estabas pensando? Kori-sensei tiene la llave.»
Se retiró a la pared de enfrente y se sentó, abatido.
«Si tan sólo tuviera un motivo para que mi voz sonase como la de ella cuando dijo aquello...»
«Quiero que mi padre me reconozca, que vea mi valía.»
Lo más seguro es que hubiese sido de forma inconsciente, pero Ayame tenía los puños cerrados de pura rabia. Los ojos de avellana, bonitos, dulces, chisporroteaban con una energía difícil de descifrar, pero que parecían gritar "lo haré" con todas sus fuerzas.
Daruu se miró la palma de la mano.
«Yo no tengo nada por lo que decir "lo haré" de esa forma. Y...»
¿Qué ella aquello que sentía? ¿Aquella cosa que le quemaba por dentro?
Tras lo que había parecido una eternidad, sus compañeros aparecieron por el hueco de la escalera. Daruu ni siquiera les dirigió la mirada: estaba demasiado avergonzado, y la situación lo hacía aún peor. Por suerte, ellos tampoco le dijeron nada, y se limitaron a abrir la puerta. Daruu se levantó y pasó frente a Kori. Aguardó a que Ayame saliera del baño y se cambió. Se fue directo a su cama.
Suspiró.
—Buenas noches —dijo Ayame.
—Buenas noches —respondió Kori-sensei.
«¿Duerme... con la bandana puesta?»
Daruu se giró, dándoles la espalda, y encogiéndose todo lo que pudo, tapándose hasta casi la frente. Aquella noche, no quería saber nada de nadie.
El olor del café recién hecho le despertó. Había cenado muy poco, y aunque el café no iba a proporcionarle la saciedad que necesitaba, sí que contribuyó a que le rugieran las tripas como a un león hambriento. «Ugh». Se levantó, restregándose los ojos. Ayame todavía estaba dormida, pero Kori estaba al fondo, despierto, sentado en una mesita al lado de una pequeña cocina en la que no había reparado antes.
Había un pequeño hornillo y una cafetera. Kori se había hecho café, pero si por sí sólo su nombre y su particular temperatura corporal no fuera suficiente para considerar al personaje una parodia, lo estaba bebiendo con hielo, en una copa ancha.
Daruu se dirigió a otra silla, la retiró, y se sentó frente a él.
—¿Te importa? —dijo, aunque ya daba igual.
Se tejió un tenso silencio que duró demasiado.
—Lo siento... Por mi actitud de ayer. Al ver cómo habló Ayame de su padre... sentí que si no tenía algo por lo que luchar, me quedaría atrás. —Se miró la palma de la mano y cerró el puño con fuerza—. Entonces sentí algo que no había sentido nunca. Sentí que no quería perder. Ante nadie. Que quería ser bueno. Que quería ser mejor.
Clavó sus ojos, blancos como la nieve, buscando el escarchado azul de Kori.
—Ayúdame, Kori-sensei. Ayúdame a ser fuerte. Y perdóname. Perdóname... por todo. Incluso... —Apartó la mirada, avergonzado—. ...no, por nada.
«Jeh. ¿En qué estabas pensando? Kori-sensei tiene la llave.»
Se retiró a la pared de enfrente y se sentó, abatido.
«Si tan sólo tuviera un motivo para que mi voz sonase como la de ella cuando dijo aquello...»
«Quiero que mi padre me reconozca, que vea mi valía.»
Lo más seguro es que hubiese sido de forma inconsciente, pero Ayame tenía los puños cerrados de pura rabia. Los ojos de avellana, bonitos, dulces, chisporroteaban con una energía difícil de descifrar, pero que parecían gritar "lo haré" con todas sus fuerzas.
Daruu se miró la palma de la mano.
«Yo no tengo nada por lo que decir "lo haré" de esa forma. Y...»
¿Qué ella aquello que sentía? ¿Aquella cosa que le quemaba por dentro?
···
Tras lo que había parecido una eternidad, sus compañeros aparecieron por el hueco de la escalera. Daruu ni siquiera les dirigió la mirada: estaba demasiado avergonzado, y la situación lo hacía aún peor. Por suerte, ellos tampoco le dijeron nada, y se limitaron a abrir la puerta. Daruu se levantó y pasó frente a Kori. Aguardó a que Ayame saliera del baño y se cambió. Se fue directo a su cama.
Suspiró.
—Buenas noches —dijo Ayame.
—Buenas noches —respondió Kori-sensei.
«¿Duerme... con la bandana puesta?»
Daruu se giró, dándoles la espalda, y encogiéndose todo lo que pudo, tapándose hasta casi la frente. Aquella noche, no quería saber nada de nadie.
···
El olor del café recién hecho le despertó. Había cenado muy poco, y aunque el café no iba a proporcionarle la saciedad que necesitaba, sí que contribuyó a que le rugieran las tripas como a un león hambriento. «Ugh». Se levantó, restregándose los ojos. Ayame todavía estaba dormida, pero Kori estaba al fondo, despierto, sentado en una mesita al lado de una pequeña cocina en la que no había reparado antes.
Había un pequeño hornillo y una cafetera. Kori se había hecho café, pero si por sí sólo su nombre y su particular temperatura corporal no fuera suficiente para considerar al personaje una parodia, lo estaba bebiendo con hielo, en una copa ancha.
Daruu se dirigió a otra silla, la retiró, y se sentó frente a él.
—¿Te importa? —dijo, aunque ya daba igual.
Se tejió un tenso silencio que duró demasiado.
—Lo siento... Por mi actitud de ayer. Al ver cómo habló Ayame de su padre... sentí que si no tenía algo por lo que luchar, me quedaría atrás. —Se miró la palma de la mano y cerró el puño con fuerza—. Entonces sentí algo que no había sentido nunca. Sentí que no quería perder. Ante nadie. Que quería ser bueno. Que quería ser mejor.
Clavó sus ojos, blancos como la nieve, buscando el escarchado azul de Kori.
—Ayúdame, Kori-sensei. Ayúdame a ser fuerte. Y perdóname. Perdóname... por todo. Incluso... —Apartó la mirada, avergonzado—. ...no, por nada.