25/08/2017, 15:42
El Uchiha no pudo evitar que una ligerísima, casi imperceptible, sonrisa se formara en la curva de sus labios. Que un shinobi tan poderoso e importante como Zoku les halagase de aquella forma —aunque fuese de pasada— era un elogio difícilmente resistible. Sin embargo, aquel amago de sonrisa se disipó a la velocidad de la luz en cuanto Zoku aseguró que no tendría reparos en matarles como a perros y dejar sus cadáveres en alguna zanja profund si se atrevían a contrariarle. El Uchiha notó como se le hacía un nudo en el estómago y luego le subía por la garganta.
«Da igual lo que este tipo diga... En realidad... No te...»
—... néis alternativa alguna.
Aquel hombre de melena roja como la sangre completó sus pensamientos. Era cierto; no tenían elección. Incluso sin usar el Sharingan para ver el chakra del Uzumaki, Akame sabía que no tenían ni la más mínima posibilidad contra él. La cuestión era... ¿Realmente tenían que enfrentársele? La siguiente revelación del jounin contestó a esa pregunta con la eficacia de una daga en el corazón.
«Uzumaki Gouna está... ¿Muerta?» El Uchiha se había quedado blanco y su boca ya abierta de por sí se ensanchó más todavía, hasta el punto de que parecía que la mandíbula se le iba a desencajar. Lo que llegó a continuación no hizo más que acrecentar esa sensación de estupefacción; era un plan perfecto, trazado por el Uzumaki para quitarse de en medio a Gouna y, además, hacer parecer que alguna de las otras Grandes Aldeas había sido la culpable. «Por todos los demonios de Yomi, es perfecto. Este hombre... Lleva planeando esto mucho tiempo. Eso, o es rematadamente inteligente. O ambas».
Conforme Zoku hablaba, Akame notaba cómo el nudo que se le había afincado en la garganta se iba deshaciendo. Podía respirar, y se sorprendió a sí mismo por encontrarse sinceramente excitado, pero tranquilo a la vez. Rumió las palabras del futuro Uzukage como una vaca haría con unas briznas de pasto. Pensó en Uzushiogakure, en sus preciosos cerezos en flor, en sus gentes amables y abiertas, en todos sus compañeros ninja. Pensó en sus instructores, en Hana la Amargada, en la difunta Shiona... También en Tengu, y en cómo les había dado la espalda durante el Torneo de los Dojos. En la mirada amielada y amenazadora de su antigua maestra Kunie. Cabizbajo, todas aquellas vivencias pasaron frente a sus ojos en apenas un instante.
Entonces aflojó los puños y alzó la mirada. Y la clavó en los ojos grises de aquel hombre. Quiso hablar, pero las palabras simplemente no le salían.
«Nunca más permitiré que Uzushiogakure sufra. Nunca más. Nunca más, nunca más... Porque... Porque...»
—¡Uzushiogakure no Sato es mi hogar! —gritó de repente, explotando. Apretó los puños con más fuerza que nunca y luego inclinó la cabeza—. Mi lealtad siempre estará con la Aldea. A sus órdenes, Uzumaki Zoku-dono.
«Da igual lo que este tipo diga... En realidad... No te...»
—... néis alternativa alguna.
Aquel hombre de melena roja como la sangre completó sus pensamientos. Era cierto; no tenían elección. Incluso sin usar el Sharingan para ver el chakra del Uzumaki, Akame sabía que no tenían ni la más mínima posibilidad contra él. La cuestión era... ¿Realmente tenían que enfrentársele? La siguiente revelación del jounin contestó a esa pregunta con la eficacia de una daga en el corazón.
«Uzumaki Gouna está... ¿Muerta?» El Uchiha se había quedado blanco y su boca ya abierta de por sí se ensanchó más todavía, hasta el punto de que parecía que la mandíbula se le iba a desencajar. Lo que llegó a continuación no hizo más que acrecentar esa sensación de estupefacción; era un plan perfecto, trazado por el Uzumaki para quitarse de en medio a Gouna y, además, hacer parecer que alguna de las otras Grandes Aldeas había sido la culpable. «Por todos los demonios de Yomi, es perfecto. Este hombre... Lleva planeando esto mucho tiempo. Eso, o es rematadamente inteligente. O ambas».
Conforme Zoku hablaba, Akame notaba cómo el nudo que se le había afincado en la garganta se iba deshaciendo. Podía respirar, y se sorprendió a sí mismo por encontrarse sinceramente excitado, pero tranquilo a la vez. Rumió las palabras del futuro Uzukage como una vaca haría con unas briznas de pasto. Pensó en Uzushiogakure, en sus preciosos cerezos en flor, en sus gentes amables y abiertas, en todos sus compañeros ninja. Pensó en sus instructores, en Hana la Amargada, en la difunta Shiona... También en Tengu, y en cómo les había dado la espalda durante el Torneo de los Dojos. En la mirada amielada y amenazadora de su antigua maestra Kunie. Cabizbajo, todas aquellas vivencias pasaron frente a sus ojos en apenas un instante.
Entonces aflojó los puños y alzó la mirada. Y la clavó en los ojos grises de aquel hombre. Quiso hablar, pero las palabras simplemente no le salían.
«Nunca más permitiré que Uzushiogakure sufra. Nunca más. Nunca más, nunca más... Porque... Porque...»
—¡Uzushiogakure no Sato es mi hogar! —gritó de repente, explotando. Apretó los puños con más fuerza que nunca y luego inclinó la cabeza—. Mi lealtad siempre estará con la Aldea. A sus órdenes, Uzumaki Zoku-dono.