30/08/2017, 11:11
La espera se hizo eterna. No sólo el recepcionista parecía tener un día vago y somnífero, sino que los propios clientes no mejoraban la situación. Se tiraría por lo menos diez minutos con cada uno de ellos, entre problemas diversos y otras quejas sin sentido. Afortunadamente, Nabi y Eri se tenían para no aburrirse en demasía. Y pasaron el tiempo charlando entre ellos sobre diferentes temas banales.
Y después de al menos una hora, la cola avanzó hasta que les llegó el turno. Aunque, por detrás de ellos, ya se había formado una nueva cola que llegaba prácticamente hasta la puerta.
Al otro lado de un mostrador cargado de papeles, sobres y varios paquetes, el recepcionista no tardó en alzar sus ojos, oscuros y con marcadas ojeras, hacia ellos.
—Buenos días, bienvenidos a Correos, la mensajería que da alegría a la villa —les recibió el hombre, con una voz tan monótona y lenta que casi podría dormir a cualquiera que le escuchara—. ¿En qué puedo ayudarles, señores?
Y después de al menos una hora, la cola avanzó hasta que les llegó el turno. Aunque, por detrás de ellos, ya se había formado una nueva cola que llegaba prácticamente hasta la puerta.
Al otro lado de un mostrador cargado de papeles, sobres y varios paquetes, el recepcionista no tardó en alzar sus ojos, oscuros y con marcadas ojeras, hacia ellos.
—Buenos días, bienvenidos a Correos, la mensajería que da alegría a la villa —les recibió el hombre, con una voz tan monótona y lenta que casi podría dormir a cualquiera que le escuchara—. ¿En qué puedo ayudarles, señores?