28/01/2018, 04:08
Kōtetsu se supo en posición perfecta para recibir el ataque del guerrero nativo; pero por suerte, Keisuke se encontraba allí apoyándolo: rápidamente acorto las distancias y arrojo dos shurikens hacia su oponente; estos se encontraron con una lanza recién formada, cuyo roce basto para reducirlos a mero oxido congelado. Continúo su ofensiva con una bomba de humo, que poco afecto el tan desarrollado sentido térmico del enemigo, que le percibió en todo momento; y sin embargo, aquello no le permitió ver la enorme ola que se le acercaba hasta que la tuvo encima. El Seltkalt toco la masa de agua con la punta de su delgada y rudimentaria lanza, y esta se congelo al instante, formando un medio domo de hielo.
Para aquel momento, el Hakagurē ya había cargado de nuevo su técnica. Volvió a liberar la tempestad de almas en pena que prometían arrasar con su enemigo; pero el mismo decidió no defenderse en esta ocasión, sino hacerle frente: alzo la mano y exclamo algo ininteligible; de la misma escapo una ráfaga de aire presurizado tan frio y feroz como la muerte. La ventisca blanca y la nube gris chocaron en medio de una cacofonía atormentante. La tierra se sacudió por el enfrentamiento, y la nieve recién alzada entorpecía la vista.
Antes de siquiera poder reaccionar, el pálido ser dio unas cuantas zancadas y se colocó justo al frente del peliblanco. Este alcanzo a levantar su espada, pero recibió un rodillazo en su estómago, tan fuerte que le hizo retroceder varios metros.
Sintió una extraña combinación de frio, dolor y ardor. Se incorporó mientras su oponente se mantenía quieto, luciendo imponente y confiado. Se tocó el abdomen y comprendió que aquel golpe había sido tan frio que había quemado un poco de su piel…, y casi que también el musculo y la sangre que yacían debajo. Todo aquello con un solo golpe, del cual aún no se recuperaba.
—¡Es tu oportunidad, Keisuke-san! —grito, mientras juntaba sus manos en un sello.
De pronto un sonido desgarrador, como el de la más brutal de las tormentas aullantes, lleno el espacio alrededor del guerrero nativo. El genin de Uzushio había dejado tras de sí una certera y oportuna bomba de sonido. El enemigo no tuvo más opción que cubrirse los oídos en un intento de resistir una ofensiva que no se esperaba y que jamás había experimentado.
Para aquel momento, el Hakagurē ya había cargado de nuevo su técnica. Volvió a liberar la tempestad de almas en pena que prometían arrasar con su enemigo; pero el mismo decidió no defenderse en esta ocasión, sino hacerle frente: alzo la mano y exclamo algo ininteligible; de la misma escapo una ráfaga de aire presurizado tan frio y feroz como la muerte. La ventisca blanca y la nube gris chocaron en medio de una cacofonía atormentante. La tierra se sacudió por el enfrentamiento, y la nieve recién alzada entorpecía la vista.
Antes de siquiera poder reaccionar, el pálido ser dio unas cuantas zancadas y se colocó justo al frente del peliblanco. Este alcanzo a levantar su espada, pero recibió un rodillazo en su estómago, tan fuerte que le hizo retroceder varios metros.
Sintió una extraña combinación de frio, dolor y ardor. Se incorporó mientras su oponente se mantenía quieto, luciendo imponente y confiado. Se tocó el abdomen y comprendió que aquel golpe había sido tan frio que había quemado un poco de su piel…, y casi que también el musculo y la sangre que yacían debajo. Todo aquello con un solo golpe, del cual aún no se recuperaba.
—¡Es tu oportunidad, Keisuke-san! —grito, mientras juntaba sus manos en un sello.
De pronto un sonido desgarrador, como el de la más brutal de las tormentas aullantes, lleno el espacio alrededor del guerrero nativo. El genin de Uzushio había dejado tras de sí una certera y oportuna bomba de sonido. El enemigo no tuvo más opción que cubrirse los oídos en un intento de resistir una ofensiva que no se esperaba y que jamás había experimentado.
![[Imagen: aab687219fe81b12d60db220de0dd17c.gif]](https://i.pinimg.com/originals/aa/b6/87/aab687219fe81b12d60db220de0dd17c.gif)