11/05/2018, 14:32
Ya poco tiempo después de su encontronazo callejero con esa rara mujer, y luego de pasar por su hogar, Karamaru sin nada que hacer, curioso, y con ganas de cumplir su deber decidió emprender viaje hacia el punto establecido cerca de la ciudad fantasma. El camino hacia allí se podía seguir en cualquier mapa, y por si faltaba más gran parte del camino todavía estaba marcado por la gente y animales que lo tomaban.
«Al menos es un viaje relativamente corto»
Medio día hasta llegar a las cercanías de donde se necesitaba la ayuda yendo a un paso tranquilo. Ya las últimas huellas en la tierra iban desapareciendo a medida que se acercaba a la ciudad, pero la punta de los edificios que estaban en pie a pesar de su situación servían como faro.
—Debe de ser allí, seguro.— señalo literalmente la colina más alta que podía ver, y una pequeña luz con una línea de humo claro parecía ser la confirmación. Ya desde la distancia era claro como una arboleda cubría desde la base hasta casi la cima de la colina, dejando un pequeño claro en su punto máximo que actuaba de un lugar ideal para acampes y hermosas vistas.
Cauteloso de la situación, Karamaru se internó en los árboles y camino con cuidado hasta llegar a una de las últimas líneas de estos. Se escabulló entre dos arbustos y pudo ver, por su casi sincronizada llegada, lo mismo que su compatriota Amedama. La única diferencia, que desde el lugar del monje, se podía ver la bandana shinobi en el cuello de un enano.
Antes de tocar suelo, sobrevolando el cielo de un atardecer que estaba por irse por completo y sumergido en la leve oscuridad de una noche joven, Daruu ya podía divisar varias cosas en aquel claro sobre la colina. Dos carpas rojas bastante pequeñas estaban una frente a otra con las estacas extrañamente clavadas demasiado lejos de donde uno supondría que debían ir. En el medio de ellas, una fogata iluminaba a unas pocas figuras que sentaban a su alrededor.
Ya desde su punto de vigilancia terrestre, el shinobi podía distinguir a cuatro personas que hablaban en voz baja inentendible. Un hombre alto y moreno de cabello corto oscuro, un pequeño pelirrojo que se encontraba de espaldas a su lugar, y dos jóvenes bastante parecidos de pelo claro que parecían reírse de algo que escapaba a su conocimiento.
Más importante aún sería la vestimenta de estos dos jóvenes. En su frente un reluciente hitai-ate que brillaba siguiendo el movimiento del fuego, en su cuerpo el traje militar de la aldea de Amegakure, en sus brazos el ansiado por muchos símbolo que los identificaba como chuunin hechos y derechos.
«Al menos es un viaje relativamente corto»
Medio día hasta llegar a las cercanías de donde se necesitaba la ayuda yendo a un paso tranquilo. Ya las últimas huellas en la tierra iban desapareciendo a medida que se acercaba a la ciudad, pero la punta de los edificios que estaban en pie a pesar de su situación servían como faro.
—Debe de ser allí, seguro.— señalo literalmente la colina más alta que podía ver, y una pequeña luz con una línea de humo claro parecía ser la confirmación. Ya desde la distancia era claro como una arboleda cubría desde la base hasta casi la cima de la colina, dejando un pequeño claro en su punto máximo que actuaba de un lugar ideal para acampes y hermosas vistas.
Cauteloso de la situación, Karamaru se internó en los árboles y camino con cuidado hasta llegar a una de las últimas líneas de estos. Se escabulló entre dos arbustos y pudo ver, por su casi sincronizada llegada, lo mismo que su compatriota Amedama. La única diferencia, que desde el lugar del monje, se podía ver la bandana shinobi en el cuello de un enano.
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Antes de tocar suelo, sobrevolando el cielo de un atardecer que estaba por irse por completo y sumergido en la leve oscuridad de una noche joven, Daruu ya podía divisar varias cosas en aquel claro sobre la colina. Dos carpas rojas bastante pequeñas estaban una frente a otra con las estacas extrañamente clavadas demasiado lejos de donde uno supondría que debían ir. En el medio de ellas, una fogata iluminaba a unas pocas figuras que sentaban a su alrededor.
Ya desde su punto de vigilancia terrestre, el shinobi podía distinguir a cuatro personas que hablaban en voz baja inentendible. Un hombre alto y moreno de cabello corto oscuro, un pequeño pelirrojo que se encontraba de espaldas a su lugar, y dos jóvenes bastante parecidos de pelo claro que parecían reírse de algo que escapaba a su conocimiento.
Más importante aún sería la vestimenta de estos dos jóvenes. En su frente un reluciente hitai-ate que brillaba siguiendo el movimiento del fuego, en su cuerpo el traje militar de la aldea de Amegakure, en sus brazos el ansiado por muchos símbolo que los identificaba como chuunin hechos y derechos.
"El miedo es el camino al lado oscuro. El miedo lleva a la ira, la ira al odio, el odio al sufrimiento, y el sufrimiento al lado oscuro"
-Maestro Yoda.
◘ Hablo ◘ Pienso ◘
-Maestro Yoda.
◘ Hablo ◘ Pienso ◘
