12/05/2018, 05:48
Finalmente después de una larga espera, Riko pudo divisar al horizonte la diminuta silueta de un navío surcando las leguas del mar, y acercándose a toda marcha hacia puerto. Se trataba de un barco prodigioso que con el paso de los minutos, terminó convirtiéndose en un gran caballo de mar, hecho de roble, que rompía las olas bajo suyo impiadosamente. Un rato después, el barco terminó atracando en puerto, echó ancla al agua y unió el tablón de proa con los primeros peldaños del muelle número séis.
Los primeros en salir fueron un par de operarios, y un barbudo que parecía ser el pseudo capitán de aquella barcaza. Tipos mundanos con aspecto rudimentario, hombres criados entre sal y agua. Pieles tostadas y un acento muy Yamiriense. Uno de ellos venía cargado con un par de valijas y utensilios varios.
Cuando ellos hubieran abandonado el barco y comenzaran a transitar los peldaños del muelle, atrás, un hombre saldría de su camarote para observar el exterior. Aludía de ser un hombre sencillo, con arapos dignos de un miembro de la clase media alta. No muy alto, ni tan bajo; de piel canela y cabellos trigueños. Lucía dos largos y finos hilachos de bigotes que se extendían hasta las comisuras de su barbilla, aunque el resto de su rostro parecía estar bien afeitado.
Con aquellos ojos verdes color té de infusión, observaba su alrededor como quien cree recordar fugazmente algo en particular. Luego, llamó a su par.
—¡Shincha, Bancha! —llamó, autoritario—. por lo que más quieran, dejad de juguetear de una vez por todas, y salid. Hemos llegado a Uzushio, finalmente.
Bastó que alzara ligeramente la voz para que tras suyo, dos dulces niñas hicieran acto de aparición. Ambas, a cada cual, lucía idéntica a la otra. Aparentaban tener nueve años, probablemente, y tenían un parecido extraordinario con su padre. También tenían la piel de un agradable color canela y el intenso color verdáceo abanderaba sus ojos. Sendas coletas lacias color azabache caían a cada costado de sus hombros, que llevaban atadas con una especie de ramal de té seco, tejido y amoñado de una forma bastante particular.
Lo único que las podía diferenciar era la ropa, ya que a pesar de que vestían un yukata tradicional de colores vívidos y estampados de hojas, los colores parecían ser diferentes. Uno más claro que el otro.
—Papi, ¿por qué eres tan cascarrabias?
—Tonta, no lo provoques o nos va a dejar encerradas en el Cerezo de primavera tooodo el día. ¿Recuerdas cuánto nos aburrimos la última vez?
—Humpf, sí, tienes razón. Perdón, papi.
—Escúchenme bien, mocosas. Más os vale que ésta vez no causéis problem..! —y a medida que su reprimenda se iba haciendo más notoria, iba bajando el tono de voz hasta que Riko fue incapaz de oír el resto de la conversación.
Así pues, Hōjin Kasabe y sus dos gemelas bajaron del barco y comenzaron a andar por el muelle.
Los primeros en salir fueron un par de operarios, y un barbudo que parecía ser el pseudo capitán de aquella barcaza. Tipos mundanos con aspecto rudimentario, hombres criados entre sal y agua. Pieles tostadas y un acento muy Yamiriense. Uno de ellos venía cargado con un par de valijas y utensilios varios.
Cuando ellos hubieran abandonado el barco y comenzaran a transitar los peldaños del muelle, atrás, un hombre saldría de su camarote para observar el exterior. Aludía de ser un hombre sencillo, con arapos dignos de un miembro de la clase media alta. No muy alto, ni tan bajo; de piel canela y cabellos trigueños. Lucía dos largos y finos hilachos de bigotes que se extendían hasta las comisuras de su barbilla, aunque el resto de su rostro parecía estar bien afeitado.
Con aquellos ojos verdes color té de infusión, observaba su alrededor como quien cree recordar fugazmente algo en particular. Luego, llamó a su par.
—¡Shincha, Bancha! —llamó, autoritario—. por lo que más quieran, dejad de juguetear de una vez por todas, y salid. Hemos llegado a Uzushio, finalmente.
Bastó que alzara ligeramente la voz para que tras suyo, dos dulces niñas hicieran acto de aparición. Ambas, a cada cual, lucía idéntica a la otra. Aparentaban tener nueve años, probablemente, y tenían un parecido extraordinario con su padre. También tenían la piel de un agradable color canela y el intenso color verdáceo abanderaba sus ojos. Sendas coletas lacias color azabache caían a cada costado de sus hombros, que llevaban atadas con una especie de ramal de té seco, tejido y amoñado de una forma bastante particular.
Lo único que las podía diferenciar era la ropa, ya que a pesar de que vestían un yukata tradicional de colores vívidos y estampados de hojas, los colores parecían ser diferentes. Uno más claro que el otro.
—Papi, ¿por qué eres tan cascarrabias?
—Tonta, no lo provoques o nos va a dejar encerradas en el Cerezo de primavera tooodo el día. ¿Recuerdas cuánto nos aburrimos la última vez?
—Humpf, sí, tienes razón. Perdón, papi.
—Escúchenme bien, mocosas. Más os vale que ésta vez no causéis problem..! —y a medida que su reprimenda se iba haciendo más notoria, iba bajando el tono de voz hasta que Riko fue incapaz de oír el resto de la conversación.
Así pues, Hōjin Kasabe y sus dos gemelas bajaron del barco y comenzaron a andar por el muelle.
