15/05/2018, 16:36
Avergonzado en su asiento, Karamaru no pudo hacer más que asentir ante la pregunta del moreno. Un ligero, casi susurro, "Oh, hola" le salió en saludo a un gennin que ni siquiera se le hacia familiar a pesar de que el tal presentado Amedama Daruu recordaba hasta el apellido del calvo.
La voz del moreno interrumpió una posible conversación entre ambos y por último la voz de Daruu fue la que irrumpió en la nueva noche. Los brillos anaranjados cubiertos por las nubes ya casi eran imperceptibles en el lejano horizonte, y con una muy leve luz de luna, solamente el fuego iluminaba sus rostros.
—Oye tranquilo enano— respondió el más alto de los hermanos con rostro serio. Se había parado al igual que el gennin y este podría darse cuenta al instante que le sacaba al menos una cabeza de altura— Nadie aquí sabe mucho, a eso es lo que quería ir Kazuhisa. Así que siéntate y calla.
Es una orden.— sentenció sin derecho a replica.
El hermano del autoritario chuunin se estaba aguantando las ganas de descojonarse de risa en su lugar y antes siquiera de que todos tomaran asiento nuevamente el moreno ahora conocido por todos como Kazuhisa comenzó a hablar para amainar la situación.
—Ahora me explico, Amedama Daruu.— su voz lenta y pausada era armoniosa para los oídos y daba gusto escucharlo con el crepitar del fuego de fondo.
—Somos una familia de comerciantes, cuatro hermanos nacidos en Amegakure. Supongo que habrán visto al menos a una de mis hermanas, Kae y Miwa. Veníamos de un viaje de Yukio hasta Shinogi-To y sin darnos cuenta el camino que seguíamos terminamos por internarnos por las calles de la Ciudad Fantasma.
Era de noche, y encerrados entre los edificios empezamos a ver personas que se movían muy rápido. Corrían por calles paralelas, saltaban entre ventanas de edificios distantes, pero nunca nos tocaban. Tratamos de mantener la calma lo mejor posible, tratando de hacer nada para molestarlos, pero no fue suficiente.
Hizo una pausa larga con la mirada perdida en las cenizas que quedaban al fondo de la fogata. No fue una risa de los hermanos lo que rompió el tenso silencio, sino un globo de chicle que explotó frente a los labios del pequeño pelirrojo. No tarde en volver a meter los restos dentro de su boca, y el moreno recuperado volvió a hablar.
—Una de las tres carretas explotó, y el caballo que la llevaba salió volando por los aires dejando un rastro de sangre por el suelo. El humo nos cubrió, y lo único que pude hacer fue agradecer que ninguno de los cuatro estaba llevando de las riendas a ese caballo. No tardamos en juntarnos, Kae, Miwa y yo, pero mi hermano pequeño, Masao… nunca lo pudimos encontrar.
En la confusión pude ver que uno de los caballos salió corriendo tras desprenderse de la carreta que llevaba. El otro hizo lo mismo, pero llevándose el cargamento consigo. Escuché unas risas, y unas voces agudas en el momento pero dudó si fueron reales o mi imaginación. Corrimos y escapamos, solo cargados con dos mochilas con pocas cosas y, principalmente, las dos carpas que ven aquí.
Al instante mandé a mis hermanas a buscar ayuda a Amegakure mientras me quedaba aquí esperando a los que viniesen, atento si veía desde lejos a mi hermano por las calles. El pedido que realizamos en el Edificio de la Arashikage era justamente ese, encontrar a mi hermano y de ser posible nuestras pertenencias. Nosotros no nos animamos a volver a ese lugar.
Dándose por finalizado, Kazuhisa se rascó la nuca y largó un suspiro de desasosiego. Volvió la mirada al fuego para luego buscar con ella los ojos de los shinobi, esperando una respuesta. El primero de ellos fue uno de los mellizos, el más petiso.
—Iré con mi hermano ahora mismo, ellos tres pueden ir por su parte. ¿Recuerdas dónde fueron los hechos?— el moreno negó con la cabeza y en un abrir y cerrar de ojos los dos mellizos desaparecieron dejando a cuatro hombres bajo la seguridad de la luz de la fogata.
La voz del moreno interrumpió una posible conversación entre ambos y por último la voz de Daruu fue la que irrumpió en la nueva noche. Los brillos anaranjados cubiertos por las nubes ya casi eran imperceptibles en el lejano horizonte, y con una muy leve luz de luna, solamente el fuego iluminaba sus rostros.
—Oye tranquilo enano— respondió el más alto de los hermanos con rostro serio. Se había parado al igual que el gennin y este podría darse cuenta al instante que le sacaba al menos una cabeza de altura— Nadie aquí sabe mucho, a eso es lo que quería ir Kazuhisa. Así que siéntate y calla.
Es una orden.— sentenció sin derecho a replica.
El hermano del autoritario chuunin se estaba aguantando las ganas de descojonarse de risa en su lugar y antes siquiera de que todos tomaran asiento nuevamente el moreno ahora conocido por todos como Kazuhisa comenzó a hablar para amainar la situación.
—Ahora me explico, Amedama Daruu.— su voz lenta y pausada era armoniosa para los oídos y daba gusto escucharlo con el crepitar del fuego de fondo.
—Somos una familia de comerciantes, cuatro hermanos nacidos en Amegakure. Supongo que habrán visto al menos a una de mis hermanas, Kae y Miwa. Veníamos de un viaje de Yukio hasta Shinogi-To y sin darnos cuenta el camino que seguíamos terminamos por internarnos por las calles de la Ciudad Fantasma.
Era de noche, y encerrados entre los edificios empezamos a ver personas que se movían muy rápido. Corrían por calles paralelas, saltaban entre ventanas de edificios distantes, pero nunca nos tocaban. Tratamos de mantener la calma lo mejor posible, tratando de hacer nada para molestarlos, pero no fue suficiente.
Hizo una pausa larga con la mirada perdida en las cenizas que quedaban al fondo de la fogata. No fue una risa de los hermanos lo que rompió el tenso silencio, sino un globo de chicle que explotó frente a los labios del pequeño pelirrojo. No tarde en volver a meter los restos dentro de su boca, y el moreno recuperado volvió a hablar.
—Una de las tres carretas explotó, y el caballo que la llevaba salió volando por los aires dejando un rastro de sangre por el suelo. El humo nos cubrió, y lo único que pude hacer fue agradecer que ninguno de los cuatro estaba llevando de las riendas a ese caballo. No tardamos en juntarnos, Kae, Miwa y yo, pero mi hermano pequeño, Masao… nunca lo pudimos encontrar.
En la confusión pude ver que uno de los caballos salió corriendo tras desprenderse de la carreta que llevaba. El otro hizo lo mismo, pero llevándose el cargamento consigo. Escuché unas risas, y unas voces agudas en el momento pero dudó si fueron reales o mi imaginación. Corrimos y escapamos, solo cargados con dos mochilas con pocas cosas y, principalmente, las dos carpas que ven aquí.
Al instante mandé a mis hermanas a buscar ayuda a Amegakure mientras me quedaba aquí esperando a los que viniesen, atento si veía desde lejos a mi hermano por las calles. El pedido que realizamos en el Edificio de la Arashikage era justamente ese, encontrar a mi hermano y de ser posible nuestras pertenencias. Nosotros no nos animamos a volver a ese lugar.
Dándose por finalizado, Kazuhisa se rascó la nuca y largó un suspiro de desasosiego. Volvió la mirada al fuego para luego buscar con ella los ojos de los shinobi, esperando una respuesta. El primero de ellos fue uno de los mellizos, el más petiso.
—Iré con mi hermano ahora mismo, ellos tres pueden ir por su parte. ¿Recuerdas dónde fueron los hechos?— el moreno negó con la cabeza y en un abrir y cerrar de ojos los dos mellizos desaparecieron dejando a cuatro hombres bajo la seguridad de la luz de la fogata.
"El miedo es el camino al lado oscuro. El miedo lleva a la ira, la ira al odio, el odio al sufrimiento, y el sufrimiento al lado oscuro"
-Maestro Yoda.
◘ Hablo ◘ Pienso ◘
-Maestro Yoda.
◘ Hablo ◘ Pienso ◘
