7/07/2018, 02:15
(Última modificación: 7/07/2018, 02:18 por Umikiba Kaido.)
Había tenido suerte. Las circunstancias, a pesar de ser las adversas, no le habían impedido llegar hasta su objetivo: el asta. Entonces se encontró con la realidad de que una vela no estaba sujeta a una sola soga sino a ocho de ellas —desde luego no era un experto de la carpintería y menesteres de ese estilo, así que no le fue tan traumático el haber cometido aquel pequeño error— y que cortarlas no iba a ser fácil. Menos cuando luchaba contra la asfixia que le provocaba su propio humo, ese al que se metió de cabeza sin pensar en que le podía afectar a él también.
Toser le era una prioridad, pero parar el barco también. Cortó y cortó y cortó, y tosió y tosió y tosió.
Y siguió cortando, hasta que...
¿Había sido eso un frasco lo que pareció romperse bajo suyo? ¿y por qué la humareda no se terminaba de disipar, teniendo en cuenta que los vientos que abrazaban a Baratie durante su avance tendría que haberlos liberado ya de ella? ¿era su imaginación o aquello estaba intensificándose a pesar de la brisa marina?
Entonces sintió que la había cagado. Que se arrojó en solitario a cabecear ese último balón al minuto noventa para buscar la victoria, dejando su arquería en soledad. Y que la pelota, esquiva, se le torcía hasta su propia meta en una contra letal. Pero como todo fanático cuya ansiedad le obliga a retener la respiración en el momento de mayor tensión, Kaido había dejado de respirar.
«¡¿Veneno?!»
Echó dos pasos ciegos hacia atrás y después cuerpo se convirtió en agua, que terminó desparramándose a través del suelo en clandestinidad.
Toser le era una prioridad, pero parar el barco también. Cortó y cortó y cortó, y tosió y tosió y tosió.
Y siguió cortando, hasta que...
¿Había sido eso un frasco lo que pareció romperse bajo suyo? ¿y por qué la humareda no se terminaba de disipar, teniendo en cuenta que los vientos que abrazaban a Baratie durante su avance tendría que haberlos liberado ya de ella? ¿era su imaginación o aquello estaba intensificándose a pesar de la brisa marina?
Entonces sintió que la había cagado. Que se arrojó en solitario a cabecear ese último balón al minuto noventa para buscar la victoria, dejando su arquería en soledad. Y que la pelota, esquiva, se le torcía hasta su propia meta en una contra letal. Pero como todo fanático cuya ansiedad le obliga a retener la respiración en el momento de mayor tensión, Kaido había dejado de respirar.
«¡¿Veneno?!»
Echó dos pasos ciegos hacia atrás y después cuerpo se convirtió en agua, que terminó desparramándose a través del suelo en clandestinidad.
