6/10/2018, 23:34
Unos pasos a su espalda la alarmaron. Cuando había llegado a la plaza no había absolutamente nadie aparte de ella misma, pero parecía que la situación estaba a punto de cambiar. De todas maneras, se dijo, no era nada raro que la gente acudiera a aquel lugar a pasear. Aquella plaza era un lugar bastante céntrico y concurrido en los meses de verano. Sin embargo, y tratando de aparentar toda la naturalidad posible, se giró en un elocuente acto de predisposición a abandonar la escena. Pero lo que vio le congeló la sangre en las venas.
Una muchacha de cabellos rojos como la sangre, recogidos en dos trenzas que se entrelazaban tras su cabeza en una pequeña coleta, caminaba con lentitud hacia el lugar donde el año pasado se había alzado el escenario. Estaba muy diferente de la última vez que la había visto, ni siquiera llevaba bandana alguna que la identificara como kunoichi, y durante un instante no pudo sino preguntarse si su imaginación no le habría jugado una mala pasada... Aunque más que preguntárselo, lo deseó con todas sus fuerzas. Pero era imposible. Era ella.
Era Uzumaki Eri.
Ayame se mordió el labio inferior, agradeciendo a todos los dioses habidos y por haber el llevar aquella túnica y el antifaz protegiendo sus rasgos y maldiciendo a partes iguales su suerte por haberse encontrado con un ninja de Uzushiogakure en uno de sus primeros viajes tras su encierro. Por encontrarse precisamente con ella. ¿Pero qué se suponía que tenía que hacer en una situación así? Si hubiera sido cualquiera de los dos Uchiha no habría habido dudas al respecto: Habría huido, habría corrido todo lo rápido que le permitían las piernas sin mirar atrás. ¿Pero qué debía hacer siendo Uzumaki Eri? Ella había sido la única persona de toda la aldea que se había mostrado agradable con ella, que había sido su amiga, una buena amiga... y que además le había salvado la vida al sellar al Gobi de vuelta en su cuerpo. Ayame agachó la cabeza, sombría, los sentimientos encontrados arremolinándose en su pecho como un enjambre de abejas nerviosas. Una parte de ella deseaba con todas sus fuerzas acercarse a ella, revelar su identidad y hablar... Hablar y comprobar sus intenciones y sus sentimientos hacia ella. Pero la otra parte, la parte cauta, la parte adiestrada por Aotsuki Zetsuo; la abofeteaba ante aquella idea, recordándole las traumáticas visiones de un agonizante Daruu sin ojos, arrancados por sus mismas manos.
«Eso no fue real.» Se recordó, sacudiendo la cabeza. Y entonces la parte entrenada se alzó: «¡Pero sí fue real que le esposó! ¡Vete, maldita estúpida! ¡No conoces cuáles eran o son sus intenciones! ¿Vas a arriesgarte y dejar que te apresen de nuevo los Uzujines?»
Una lágrima solitaria resbaló sobre los bordes oculares del antifaz y resbaló hasta su mejilla. Y, silenciosa como un fantasma, Ayame se ajustó aún más la capucha sobre su cabeza y se dio media vuelta, dispuesta marcharse.
Una muchacha de cabellos rojos como la sangre, recogidos en dos trenzas que se entrelazaban tras su cabeza en una pequeña coleta, caminaba con lentitud hacia el lugar donde el año pasado se había alzado el escenario. Estaba muy diferente de la última vez que la había visto, ni siquiera llevaba bandana alguna que la identificara como kunoichi, y durante un instante no pudo sino preguntarse si su imaginación no le habría jugado una mala pasada... Aunque más que preguntárselo, lo deseó con todas sus fuerzas. Pero era imposible. Era ella.
Era Uzumaki Eri.
Ayame se mordió el labio inferior, agradeciendo a todos los dioses habidos y por haber el llevar aquella túnica y el antifaz protegiendo sus rasgos y maldiciendo a partes iguales su suerte por haberse encontrado con un ninja de Uzushiogakure en uno de sus primeros viajes tras su encierro. Por encontrarse precisamente con ella. ¿Pero qué se suponía que tenía que hacer en una situación así? Si hubiera sido cualquiera de los dos Uchiha no habría habido dudas al respecto: Habría huido, habría corrido todo lo rápido que le permitían las piernas sin mirar atrás. ¿Pero qué debía hacer siendo Uzumaki Eri? Ella había sido la única persona de toda la aldea que se había mostrado agradable con ella, que había sido su amiga, una buena amiga... y que además le había salvado la vida al sellar al Gobi de vuelta en su cuerpo. Ayame agachó la cabeza, sombría, los sentimientos encontrados arremolinándose en su pecho como un enjambre de abejas nerviosas. Una parte de ella deseaba con todas sus fuerzas acercarse a ella, revelar su identidad y hablar... Hablar y comprobar sus intenciones y sus sentimientos hacia ella. Pero la otra parte, la parte cauta, la parte adiestrada por Aotsuki Zetsuo; la abofeteaba ante aquella idea, recordándole las traumáticas visiones de un agonizante Daruu sin ojos, arrancados por sus mismas manos.
«Eso no fue real.» Se recordó, sacudiendo la cabeza. Y entonces la parte entrenada se alzó: «¡Pero sí fue real que le esposó! ¡Vete, maldita estúpida! ¡No conoces cuáles eran o son sus intenciones! ¿Vas a arriesgarte y dejar que te apresen de nuevo los Uzujines?»
Una lágrima solitaria resbaló sobre los bordes oculares del antifaz y resbaló hasta su mejilla. Y, silenciosa como un fantasma, Ayame se ajustó aún más la capucha sobre su cabeza y se dio media vuelta, dispuesta marcharse.

![[Imagen: kQqd7V9.png]](https://i.imgur.com/kQqd7V9.png)