11/10/2018, 01:50
—¿Y por qué tanta prisa? —respondió, mirando de reojo un antiguo reloj que tickteaba a su diestra—. No es sino hasta pasada las ocho. Aún tenemos mucho tiempo, muchacho.
El hombre dejó el libro sobre la repisa y se subió los anteojos por encima de la cabeza. Arrugó el gesto, y cruzó los brazos de un sopetón. Tenía la mirada fija en el... atuendo de Kaguya Riko.
—Además, no pensarás acudir con ese atuendo a la subasta. No nos dejarían entrar, eh. ¡Ni lo digas, ni lo digas! ¡sé el dolor de próstata que da usar un corbatín! pero la clase alta así lo exige. Por eso vivimos en Uzushiogakure.
El hombre dejó el libro sobre la repisa y se subió los anteojos por encima de la cabeza. Arrugó el gesto, y cruzó los brazos de un sopetón. Tenía la mirada fija en el... atuendo de Kaguya Riko.
—Además, no pensarás acudir con ese atuendo a la subasta. No nos dejarían entrar, eh. ¡Ni lo digas, ni lo digas! ¡sé el dolor de próstata que da usar un corbatín! pero la clase alta así lo exige. Por eso vivimos en Uzushiogakure.
