26/10/2018, 11:54
(Última modificación: 26/10/2018, 11:54 por Aotsuki Ayame.)
De entre todas las respuestas que podría haber recibido, la que le dio Eri fue, sin duda, de las que menos esperaba.
—¿Tú lo harías si yo lo fuera? Entonces ya sabes mi respuesta.
Ayame la miró con cierto estupor. Durante un instante, sus ojos buscaron algún tipo de vacilación o broma en sus palabras, pero no lo encontró. Sólo encontró sinceridad, pureza, amistad... Y no pudo evitar que sus labios se curvaran en una sonrisa.
—No. Claro que no lo haría —replicó. Entonces se encogió de hombros, algo más seria—. Sin embargo, esa pregunta no es válida, porque yo sé lo que es... tener esto. Pero gracias. Muchas gracias —añadió, con una renovada sonrisa.
Las dos muchachas bajaron unas escaleras de piedra y enfilaron la misma calle de adoquines que recorrieron una vez, mucho tiempo atrás. A ambos lados, los mismos locales que antaño vieron, todos ellos igual de coloridos, algunos de ellos con macetas mustias bajo el puño del invierno en las terrazas. Y, tras varios minutos de caminata, llegaron al fin a su destino. La Cafetería Teté seguía tal y como la recordaba, un local pequeño y acogedor, de paredes de madera oscura y decorado de forma clásica. El mismo aroma y la calidez del café recién hecho volvió a acogerlas cuando entraron y Ayame suspiró con alivio. Afortunadamente, no había tanta gente como la última vez que estuvieron allí. Apenas un par de parejas distribuidas en los extremos de la cafetería, demasiado distraídas en su merienda y en su compañía como para reparar en ellas. Ayame se encaminó hacia una de las mesas más apartadas y, después de sacar un pequeño bloc de notas y un lápiz de su bolsillo y dejarlo sobre el tablero, tomó asiento.
«No, si ahora voy a pasar calor con esta túnica y el antifaz.» Se lamentó, divertida, mientras tomaba la carta para echarle un vistazo. Aunque ella ya sabía lo que iba a pedir.
—Por cierto, se me olvidó preguntarte, ¿qué tal te fue al final con el examen de chunin? ¿Aprobaste?
—¿Tú lo harías si yo lo fuera? Entonces ya sabes mi respuesta.
Ayame la miró con cierto estupor. Durante un instante, sus ojos buscaron algún tipo de vacilación o broma en sus palabras, pero no lo encontró. Sólo encontró sinceridad, pureza, amistad... Y no pudo evitar que sus labios se curvaran en una sonrisa.
—No. Claro que no lo haría —replicó. Entonces se encogió de hombros, algo más seria—. Sin embargo, esa pregunta no es válida, porque yo sé lo que es... tener esto. Pero gracias. Muchas gracias —añadió, con una renovada sonrisa.
Las dos muchachas bajaron unas escaleras de piedra y enfilaron la misma calle de adoquines que recorrieron una vez, mucho tiempo atrás. A ambos lados, los mismos locales que antaño vieron, todos ellos igual de coloridos, algunos de ellos con macetas mustias bajo el puño del invierno en las terrazas. Y, tras varios minutos de caminata, llegaron al fin a su destino. La Cafetería Teté seguía tal y como la recordaba, un local pequeño y acogedor, de paredes de madera oscura y decorado de forma clásica. El mismo aroma y la calidez del café recién hecho volvió a acogerlas cuando entraron y Ayame suspiró con alivio. Afortunadamente, no había tanta gente como la última vez que estuvieron allí. Apenas un par de parejas distribuidas en los extremos de la cafetería, demasiado distraídas en su merienda y en su compañía como para reparar en ellas. Ayame se encaminó hacia una de las mesas más apartadas y, después de sacar un pequeño bloc de notas y un lápiz de su bolsillo y dejarlo sobre el tablero, tomó asiento.
«No, si ahora voy a pasar calor con esta túnica y el antifaz.» Se lamentó, divertida, mientras tomaba la carta para echarle un vistazo. Aunque ella ya sabía lo que iba a pedir.
—Por cierto, se me olvidó preguntarte, ¿qué tal te fue al final con el examen de chunin? ¿Aprobaste?

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