10/12/2018, 16:40
—Poesía marcial… —suspiró Ranko.
Estaba de pie frente al lugar donde aquel certamen poético tomaría lugar. Parecía la mezcla entre un dojo y un teatro. Era un espacio amplio con varias entradas, perfecto para el acceso tras bambalinas. La kunoichi estaba, sin embargo, fuera del lugar, admirando el cartel en el poste de luz. Alguien le había arrancado alguna esquina, pero el mensaje y la convocatoria estaban intactos. Ranko se moría por entrar, mas creía que se moriría de la pena si entraba.
“Puedo entrar solo para ver y escuchar. ¡Debe de haber muy buenos poetas en Kusagakure! Me encantaría admirar sus obras. Además, no me obligarán a paticipar y leer algo, ¿verdad? ¿¿verdad??”
Pasó varios minutos respirando profundamente, reuniendo motas de valor a cada que su pecho se alzaba. Vestía un largo y grueso kimono negro con coloridos motivos florales, así como una bufanda rosa. Apretó sus manos.
“Bien… ¡Bien! Entraré a las tres. A la una… A las dos… A las dos y media… A las dos y tres cuartos… A las dos punto ochenta y tres…”
Sin darse cuenta, había cerrado los ojos y se tambaleaba hacia adelante y atrás, como si fuese a saltar un espeluznante abismo. Cualquier persona que la viese podría pensar que estaba teniendo un ataque de nervios. Aunque esto bien podría ser verdad...
Estaba de pie frente al lugar donde aquel certamen poético tomaría lugar. Parecía la mezcla entre un dojo y un teatro. Era un espacio amplio con varias entradas, perfecto para el acceso tras bambalinas. La kunoichi estaba, sin embargo, fuera del lugar, admirando el cartel en el poste de luz. Alguien le había arrancado alguna esquina, pero el mensaje y la convocatoria estaban intactos. Ranko se moría por entrar, mas creía que se moriría de la pena si entraba.
“Puedo entrar solo para ver y escuchar. ¡Debe de haber muy buenos poetas en Kusagakure! Me encantaría admirar sus obras. Además, no me obligarán a paticipar y leer algo, ¿verdad? ¿¿verdad??”
Pasó varios minutos respirando profundamente, reuniendo motas de valor a cada que su pecho se alzaba. Vestía un largo y grueso kimono negro con coloridos motivos florales, así como una bufanda rosa. Apretó sus manos.
“Bien… ¡Bien! Entraré a las tres. A la una… A las dos… A las dos y media… A las dos y tres cuartos… A las dos punto ochenta y tres…”
Sin darse cuenta, había cerrado los ojos y se tambaleaba hacia adelante y atrás, como si fuese a saltar un espeluznante abismo. Cualquier persona que la viese podría pensar que estaba teniendo un ataque de nervios. Aunque esto bien podría ser verdad...
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