30/12/2018, 19:24
—¡Tú sí que vas a dormir, pedazo de monstruol! —le espetó, iracunda.
—Daruu insistió en que el Gobi intentó embaucarle en varias ocasiones para hacerle creer que Ayame estaba muerta —recordó—. Por favor, no prestéis atención a nada de lo que diga, es una mentirosa, y además, nada de lo que hable debería cambiar nuestros planes. Si va a revertir el sello, Arashikage-sama, reviértalo, y nos preocuparemos de Ayame cuando haya recuperado su cuerpo.
—Antes quiero saber una cosa —cortó, con voz afilada. No todos los días tenía una la oportunidad de hablar con un bijū, y aquel monstruo podía tener información importante—. ¿Fuiste tú el primero, Potrillo? —dio un paso al frente. Ella, de pie; el Gobi, a sus pies. Le hubiese gustado que con una katana ensartada en el pecho, pero debía recordarse que era el cuerpo de Ayame—. ¿O el Kyūbi ya ha reclutado más bijūs en su ejército de pacotilla?
¿Por qué presuponer que Ayame había sido la primera? Debían prepararse para lo que estaba por llegar, y no era lo mismo tener la amenaza de un bijū y ocho pelagatos que el de dos, tres, o incluso cuatro monstruos ya entre sus filas.
Fue justo en ese momento, cuando Shanise llegó junto a una anciana y un chico de no más de quince años. La anciana tenía una cara surcada de arrugas, la espalda ligeramente encorvada, y unos cabellos cortos y blancos. Caminaba con lentitud, con la ayuda de un bastón, y sus ojos irradiaban sabiduría. El chico, en cambio, era un matojo de nervios. Demasiados altos cargos a su alrededor como para saber dónde ponerse. ¿En una esquina? ¿Detrás de todo? Sus gafas rectangulares se movieron de un lado a otro. Primero en la mesa partida. Luego en la Jinchuriki. En Zetsuo. Finalmente en Yui…
Sí, mejor detrás de todo. Con suerte nadie se fijaría en él y no metería la pata.
—Ayuda a Zetsuo a tranquilizar el bijuu, Chika.
La anciana asintió con lentitud. Avanzó un paso lento. Apoyó el bastón en el suelo. Otro paso. Y otro. Y de nuevo a apoyar el bastón. Se agachó despacio, sus rodillas crujiendo, y apoyó una mano sobre el hombro de Ayame.
Un sello...
... y el Gobi era una estatua. Así de efectivo era el Sello de Maldición Propia en aquellos que no tenían el poder necesario para rebatirlo.
—Daruu insistió en que el Gobi intentó embaucarle en varias ocasiones para hacerle creer que Ayame estaba muerta —recordó—. Por favor, no prestéis atención a nada de lo que diga, es una mentirosa, y además, nada de lo que hable debería cambiar nuestros planes. Si va a revertir el sello, Arashikage-sama, reviértalo, y nos preocuparemos de Ayame cuando haya recuperado su cuerpo.
—Antes quiero saber una cosa —cortó, con voz afilada. No todos los días tenía una la oportunidad de hablar con un bijū, y aquel monstruo podía tener información importante—. ¿Fuiste tú el primero, Potrillo? —dio un paso al frente. Ella, de pie; el Gobi, a sus pies. Le hubiese gustado que con una katana ensartada en el pecho, pero debía recordarse que era el cuerpo de Ayame—. ¿O el Kyūbi ya ha reclutado más bijūs en su ejército de pacotilla?
¿Por qué presuponer que Ayame había sido la primera? Debían prepararse para lo que estaba por llegar, y no era lo mismo tener la amenaza de un bijū y ocho pelagatos que el de dos, tres, o incluso cuatro monstruos ya entre sus filas.
Fue justo en ese momento, cuando Shanise llegó junto a una anciana y un chico de no más de quince años. La anciana tenía una cara surcada de arrugas, la espalda ligeramente encorvada, y unos cabellos cortos y blancos. Caminaba con lentitud, con la ayuda de un bastón, y sus ojos irradiaban sabiduría. El chico, en cambio, era un matojo de nervios. Demasiados altos cargos a su alrededor como para saber dónde ponerse. ¿En una esquina? ¿Detrás de todo? Sus gafas rectangulares se movieron de un lado a otro. Primero en la mesa partida. Luego en la Jinchuriki. En Zetsuo. Finalmente en Yui…
Sí, mejor detrás de todo. Con suerte nadie se fijaría en él y no metería la pata.
—Ayuda a Zetsuo a tranquilizar el bijuu, Chika.
La anciana asintió con lentitud. Avanzó un paso lento. Apoyó el bastón en el suelo. Otro paso. Y otro. Y de nuevo a apoyar el bastón. Se agachó despacio, sus rodillas crujiendo, y apoyó una mano sobre el hombro de Ayame.
Un sello...
... y el Gobi era una estatua. Así de efectivo era el Sello de Maldición Propia en aquellos que no tenían el poder necesario para rebatirlo.
