30/12/2018, 20:11
Ikari, sin embargo ...
... era un pobre chucho acorralado. ¿Qué podía hacer? no es como si tuviera demasiado opción. Incluso el gamberro de Riko se había aliado con el otro ninja. Se podía mear en todo. ¡En todo y en todos!
La Inuzuka peló un colmillo y torció los ojos como una diva.
—Como queráis.
Y así fue. Como Umikiba Kaido quiso. Ni más, ni menos.
Horas más tarde, el pequeño ejército —compuesto por Kaido, Riko, Ikari, un Yaban casi recuperado y el propio Hauru; aunque éste último no parecía estar alistándose para luchar—. se concentraba a las afueras del campamento donde horas antes Riko había permanecido cautivo. La noche se saboreaba insípida, lúgubre y tenebrosa. Un par de antorchas le ayudaban a iluminarse a través de los frondosos bosques, pues bien ya era sabido por el Uzujin que la Tribu Roehuesos le había llevado hasta un punto cercano, o dentro del mismísimo corazón del Paraje del Bambú.
Una brisa fresca azotaba las altas cañas de cuatro metros, que apenas parecían moverse ante el imperioso susurro de Fuujin.
Kaido se acercó a Riko a paso de gigante.
—Si las cosas se ponen feas, y ellos tienen que caer; que así sea. ¿Lo entiendes, no?
... era un pobre chucho acorralado. ¿Qué podía hacer? no es como si tuviera demasiado opción. Incluso el gamberro de Riko se había aliado con el otro ninja. Se podía mear en todo. ¡En todo y en todos!
La Inuzuka peló un colmillo y torció los ojos como una diva.
—Como queráis.
Y así fue. Como Umikiba Kaido quiso. Ni más, ni menos.
. . .
Horas más tarde, el pequeño ejército —compuesto por Kaido, Riko, Ikari, un Yaban casi recuperado y el propio Hauru; aunque éste último no parecía estar alistándose para luchar—. se concentraba a las afueras del campamento donde horas antes Riko había permanecido cautivo. La noche se saboreaba insípida, lúgubre y tenebrosa. Un par de antorchas le ayudaban a iluminarse a través de los frondosos bosques, pues bien ya era sabido por el Uzujin que la Tribu Roehuesos le había llevado hasta un punto cercano, o dentro del mismísimo corazón del Paraje del Bambú.
Una brisa fresca azotaba las altas cañas de cuatro metros, que apenas parecían moverse ante el imperioso susurro de Fuujin.
Kaido se acercó a Riko a paso de gigante.
—Si las cosas se ponen feas, y ellos tienen que caer; que así sea. ¿Lo entiendes, no?
