31/12/2018, 18:59
Pero lo único que recibieron por respuesta fue un silencio tan mudo como elocuente. La anciana callaba. El muchacho de las gafas callaba. Y Zetsuo palideció bruscamente al comprender lo que aquello quería decir. Apretó los puños, en un vano intento de contener los temblores que las sacudían, en un intento de contener las irrefrenable ganas que le habían entrado de golpear la pared más cercana.
—¿Y esos Uzumaki de Uzushio? —intervino Kiroe de repente—. En Fūinjutsu... no tienen rival. Sé que el horno no está para bollos, pero si no nos queda más remedio...
Zetsuo se volvió hacia ella, iracundo, pero antes de que pudiera siquiera la boca fue Yui la que, irritada, resumió sus pensamientos:
—¿Quieres que pida ayuda a los que secuestraron a tu hijo y a Ayame? Basta —añadió, cortando el aire con una de sus manos—. No me creo que mi mayor experta en fuuinjutsu vaya a rendirse a los cinco minutos de ver un sello. Quiero a todo el equipo trabajando las veinticuatro horas del día para buscarle una solución. ¡Mientras tanto…! —se volvió hacia Shanise—. Llevaos al Gobi a dónde pertenece… ¡Al calabozo!
Los ojos turquesa de Kokuō se crisparon una última vez mientras contemplaba impotente cómo Shanise se acercaba a ella, la cargaba en sus brazos y se la llevaba de camino a su nueva celda.
A su marcha la acompañaron la anciana Chika y su joven pupilo, que pasaron junto a un Zetsuo tan petrificado como si le hubiesen aplicado a él también el Sello de la Maldición Propia, incapaz de dar crédito a lo que estaba presenciando.
—Eso es todo —culminó Yui, volviéndose hacia el ventanal.
Tras aquello, tanto Zetsuo como Kiroe deberían haberse marchado por donde habían venido. Pero el médico no se movió. Era como si sus pies hubieran echado raíces en aquel mismo sitio. Y es que, aquellas últimas tres palabras de su mandataria habían sido como un puñetazo directo a su mandíbula.
—Eso... ¿es todo? —repitió, en un débil balbuceo.
Habían viajado durante incontables días sin apenas detenerse para descansar o comer. Habían sacrificado sus vidas luchando contra una bestia imbatible. Habían conseguido reducirla. Habían regresado a Amegakure con ella. Habían subido al despacho de la Arashikage, la kunoichi más fuerte de toda la aldea, con la esperanza de conseguir respuestas y de recuperar a su hija. Era la Arashikage, si ella misma no podía hacerlo debería tener los medios a su alcance para hacerlo...
Pero no sólo se marchaban con las manos vacías.
Le habían arrebatado a Ayame y la habían encerrado en un calabozo sin más explicaciones, sin más instrucciones...
Sin más esperanzas...
—¿Y esos Uzumaki de Uzushio? —intervino Kiroe de repente—. En Fūinjutsu... no tienen rival. Sé que el horno no está para bollos, pero si no nos queda más remedio...
Zetsuo se volvió hacia ella, iracundo, pero antes de que pudiera siquiera la boca fue Yui la que, irritada, resumió sus pensamientos:
—¿Quieres que pida ayuda a los que secuestraron a tu hijo y a Ayame? Basta —añadió, cortando el aire con una de sus manos—. No me creo que mi mayor experta en fuuinjutsu vaya a rendirse a los cinco minutos de ver un sello. Quiero a todo el equipo trabajando las veinticuatro horas del día para buscarle una solución. ¡Mientras tanto…! —se volvió hacia Shanise—. Llevaos al Gobi a dónde pertenece… ¡Al calabozo!
Los ojos turquesa de Kokuō se crisparon una última vez mientras contemplaba impotente cómo Shanise se acercaba a ella, la cargaba en sus brazos y se la llevaba de camino a su nueva celda.
A su marcha la acompañaron la anciana Chika y su joven pupilo, que pasaron junto a un Zetsuo tan petrificado como si le hubiesen aplicado a él también el Sello de la Maldición Propia, incapaz de dar crédito a lo que estaba presenciando.
—Eso es todo —culminó Yui, volviéndose hacia el ventanal.
Tras aquello, tanto Zetsuo como Kiroe deberían haberse marchado por donde habían venido. Pero el médico no se movió. Era como si sus pies hubieran echado raíces en aquel mismo sitio. Y es que, aquellas últimas tres palabras de su mandataria habían sido como un puñetazo directo a su mandíbula.
—Eso... ¿es todo? —repitió, en un débil balbuceo.
Habían viajado durante incontables días sin apenas detenerse para descansar o comer. Habían sacrificado sus vidas luchando contra una bestia imbatible. Habían conseguido reducirla. Habían regresado a Amegakure con ella. Habían subido al despacho de la Arashikage, la kunoichi más fuerte de toda la aldea, con la esperanza de conseguir respuestas y de recuperar a su hija. Era la Arashikage, si ella misma no podía hacerlo debería tener los medios a su alcance para hacerlo...
Pero no sólo se marchaban con las manos vacías.
Le habían arrebatado a Ayame y la habían encerrado en un calabozo sin más explicaciones, sin más instrucciones...
Sin más esperanzas...

![[Imagen: kQqd7V9.png]](https://i.imgur.com/kQqd7V9.png)