4/01/2019, 02:56
En la salida, Zetsuo se cruzó con una Jōnin de mirada afilada y múltiples cicatrices poblando su piel. Su nombre era Kaguya Hageshi, y tenía un mensaje. Cuando cruzó el umbral del despacho, supo que la Arashikage no estaba de humor. No porque tuviese algún tipo de poder mental, o por nada que estuviese haciendo la propia Yui. Simplemente con ver el despacho le bastó: una mesa partida en una esquina, folios y pergaminos tirados por el suelo…
Maldita la hora que había elegido para informar.
—Yui-sama —habló, haciendo una reverencia a su entrada—. Seguimos sin tener noticias de él. —Una breve pausa—. Hay que empezar a considerar la posibilidad de que…
Yui se dio la vuelta.
—… Umikiba Kaido esté muerto. —Un escalofrío recorrió el cuerpo de Hageshi. Justo cuando lo había dicho…
… se oyó un repiqueteo en el cristal de la ventana.
La Villa estaba esperando el regreso de Aotsuki Ayame. La subcampeona del Torneo de los Dojos, su Jinchūriki. No era la primera vez que desaparecía, ni que era secuestrada, pero siempre se las había arreglado para regresar. En aquella ocasión, sin embargo, su vuelta no fue la esperada. Porque había vuelto de nuevo, sí, pero al mismo tiempo, nunca había estado tan lejos. Cuando Shanise la depositó sobre la cama del calabozo, todavía paralizada por el sello, se pudo ver. Sus ojos reflejaban ahora el alma de una bestia. Su voz, la furia de un bijū. Nada había en ella que recordase a la kunoichi que todos conocían, más allá del cascarón que ya no le pertenecía.
Su tímida sonrisa. Su entrañable inocencia. Su firme determinación a superarse. A no rendirse. A ayudar a los suyos. Todo ello había desaparecido. Amegakure había perdido a su luna…
… quizá para siempre.
Un escalofrió recorrió el cuerpo de Shanise. No tenía forma de comprobarlo, pero tuvo la sensación de que, allí afuera…
Kokuō había rechazado la propuesta de su hermano, dando la espalda a cualquier tipo de venganza. Más incluso, a cualquier tipo de confrontación. Había tratado de huir, de alejarse de los humanos y cualquier disputa que estos traían. ¿Qué crimen había cometido? Ninguno. ¿Qué violencia había ejercido, más allá de defenderse? Ninguna.
Había sido justo con el mundo, e injusticia era lo que había recibido. Para él, no habría ningún juicio. El mundo le condenaría de nuevo, no por ningún crimen, no por ningún acto, sino por el mero hecho de existir. Ni siquiera le dejarían hablar. Y si, de algún modo, lograba alzar la voz, dejarían de escuchar.
Su hermano le había permitido saborear otro tipo de libertad, pero los humanos, simplemente, le habían buscado otro tipo de celda. Oyó el característico chasquido de una cerradura al cerrarse, y entonces, lo sintió.
Sintió que, allá arriba, el cielo...
... había roto a llorar.
Maldita la hora que había elegido para informar.
—Yui-sama —habló, haciendo una reverencia a su entrada—. Seguimos sin tener noticias de él. —Una breve pausa—. Hay que empezar a considerar la posibilidad de que…
Yui se dio la vuelta.
—… Umikiba Kaido esté muerto. —Un escalofrío recorrió el cuerpo de Hageshi. Justo cuando lo había dicho…
… se oyó un repiqueteo en el cristal de la ventana.
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La Villa estaba esperando el regreso de Aotsuki Ayame. La subcampeona del Torneo de los Dojos, su Jinchūriki. No era la primera vez que desaparecía, ni que era secuestrada, pero siempre se las había arreglado para regresar. En aquella ocasión, sin embargo, su vuelta no fue la esperada. Porque había vuelto de nuevo, sí, pero al mismo tiempo, nunca había estado tan lejos. Cuando Shanise la depositó sobre la cama del calabozo, todavía paralizada por el sello, se pudo ver. Sus ojos reflejaban ahora el alma de una bestia. Su voz, la furia de un bijū. Nada había en ella que recordase a la kunoichi que todos conocían, más allá del cascarón que ya no le pertenecía.
Su tímida sonrisa. Su entrañable inocencia. Su firme determinación a superarse. A no rendirse. A ayudar a los suyos. Todo ello había desaparecido. Amegakure había perdido a su luna…
… quizá para siempre.
Un escalofrió recorrió el cuerpo de Shanise. No tenía forma de comprobarlo, pero tuvo la sensación de que, allí afuera…
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Kokuō había rechazado la propuesta de su hermano, dando la espalda a cualquier tipo de venganza. Más incluso, a cualquier tipo de confrontación. Había tratado de huir, de alejarse de los humanos y cualquier disputa que estos traían. ¿Qué crimen había cometido? Ninguno. ¿Qué violencia había ejercido, más allá de defenderse? Ninguna.
Había sido justo con el mundo, e injusticia era lo que había recibido. Para él, no habría ningún juicio. El mundo le condenaría de nuevo, no por ningún crimen, no por ningún acto, sino por el mero hecho de existir. Ni siquiera le dejarían hablar. Y si, de algún modo, lograba alzar la voz, dejarían de escuchar.
Su hermano le había permitido saborear otro tipo de libertad, pero los humanos, simplemente, le habían buscado otro tipo de celda. Oyó el característico chasquido de una cerradura al cerrarse, y entonces, lo sintió.
Sintió que, allá arriba, el cielo...
... había roto a llorar.
