14/01/2019, 20:52
Hacía demasiado calor. Hacía demasiado sol. No había suficiente lluvia. ¿Dónde estaban los truenos y los relámpagos?
Amekoro Yui podía buscar mil y una excusas para su animadversión a aquél encuentro, pero la verdad era, sencillamente, que no le apetecía nada encontrarse cara a cara con ese mocoso imberbe de Sarutobi Hanabi.
Por supuesto, la situación así lo requería. Y mucho se temía, pese a que intentase discutirle, que Shanise tenía razón: probablemente tendrían que hacer alguna concesión. Porque a pesar de sus indudables esfuerzos, el equipo de especialistas en Fuuinjutsu de Amegakure no había conseguido hallar la forma de revertir de nuevo el sello de su jinchuuriki, Aotsuki Ayame. Sólo había un grupo de personas en el mundo capaz de lograr tal hazaña, y fíjate tú qué puta casualidad que tenían que estar en Uzushiogakure.
—Yuyu, por favor, tranquilízate y recuerda que tenemos que mostrar nuestra mejor cara para que las negociaciones vayan sobre...
—¡Que no... me llames... así... aquí! —Yui extendió los brazos, como subrayando el entorno. El sagrado bosque de Hokutōmori, en el Valle de los Dojos.
Habían acordado aquél lugar como precaución. No era el mejor momento para las Tres Grandes Aldeas Ninja. Había tensiones con dos miembros de la tríada, y ahora, al menos Uzushiogakure, sabía que el tercero había sellado un jinchuuriki a espaldas del Pacto, en un tiempo en el que aún estaba vigente. El Valle de los Dojos era el mejor lugar, pero Hokutōmori ya era colocar un muro de protección adicional: el lugar había sido testigo de múltiples acuerdos internacionales debido a que en él estaba estrictamente prohibido combatir, bajo la Ley del Juuchin. Que el Juuchin y sus ejércitos pudieran hacerles frente a los tres si decidían quebrantar la norma era otra cuestión, pero oye, mejor esto que nada.
Shanise, desde luego, agradecía el escenario de las negociaciones.
—Y además —añadió Yui—, ¡no delante de ese! —Señaló a un enjuto ANBU de pelo castaño que les acompañaba. El hombrecillo dio un salto hacia atrás al verse acorralado frente al índice de la Arashigake, se encogió sobre sí mismo y comenzó a temblar como un flan.
—Y-y-y-y-y-y-y-yo noheoídonadaYui-sama —declaró el señalado.
—¡Más te vale! —contestó Yui, como si el pobre muchacho tuviera la culpa de tener orejas.
—Yuy... Yui-sama. Supongo que tengo permiso para negociar en su nombre si... —intervino Shanise de nuevo.
—Mis órdenes al respecto de este tipo de reuniones se mantienen intactas.
—Entendido, Yui-sama.
El camino dio paso a un sobrio pero pulcro templo sin Dios, reservado para aquellos que buscan la meditación, o para ocasiones como aquellas. Estaba vacío.
—Psché. Los primeros. Luego que si somos los maleducados. Me cago en la puta...
Lo cierto es que Yui había llegado antes que los demás por voluntad propia manifestada, ante el dilema de no querer ni que se produjera la reunión y a la vez necesitarlo, pero desear que el puto paripé acabe lo antes posible. Pero ni Shanise ni el pobre ANBU que las acompañaba a ambas quisieron meter la puyita. Normalmente, cuando uno metía una puyita a Yui, arriesgaba el pellejo.
Yui tomó asiento, y los otros dos, diligentes, mantuvieron guardia a su lado.
Amekoro Yui podía buscar mil y una excusas para su animadversión a aquél encuentro, pero la verdad era, sencillamente, que no le apetecía nada encontrarse cara a cara con ese mocoso imberbe de Sarutobi Hanabi.
Por supuesto, la situación así lo requería. Y mucho se temía, pese a que intentase discutirle, que Shanise tenía razón: probablemente tendrían que hacer alguna concesión. Porque a pesar de sus indudables esfuerzos, el equipo de especialistas en Fuuinjutsu de Amegakure no había conseguido hallar la forma de revertir de nuevo el sello de su jinchuuriki, Aotsuki Ayame. Sólo había un grupo de personas en el mundo capaz de lograr tal hazaña, y fíjate tú qué puta casualidad que tenían que estar en Uzushiogakure.
—Yuyu, por favor, tranquilízate y recuerda que tenemos que mostrar nuestra mejor cara para que las negociaciones vayan sobre...
—¡Que no... me llames... así... aquí! —Yui extendió los brazos, como subrayando el entorno. El sagrado bosque de Hokutōmori, en el Valle de los Dojos.
Habían acordado aquél lugar como precaución. No era el mejor momento para las Tres Grandes Aldeas Ninja. Había tensiones con dos miembros de la tríada, y ahora, al menos Uzushiogakure, sabía que el tercero había sellado un jinchuuriki a espaldas del Pacto, en un tiempo en el que aún estaba vigente. El Valle de los Dojos era el mejor lugar, pero Hokutōmori ya era colocar un muro de protección adicional: el lugar había sido testigo de múltiples acuerdos internacionales debido a que en él estaba estrictamente prohibido combatir, bajo la Ley del Juuchin. Que el Juuchin y sus ejércitos pudieran hacerles frente a los tres si decidían quebrantar la norma era otra cuestión, pero oye, mejor esto que nada.
Shanise, desde luego, agradecía el escenario de las negociaciones.
—Y además —añadió Yui—, ¡no delante de ese! —Señaló a un enjuto ANBU de pelo castaño que les acompañaba. El hombrecillo dio un salto hacia atrás al verse acorralado frente al índice de la Arashigake, se encogió sobre sí mismo y comenzó a temblar como un flan.
—Y-y-y-y-y-y-y-yo noheoídonadaYui-sama —declaró el señalado.
—¡Más te vale! —contestó Yui, como si el pobre muchacho tuviera la culpa de tener orejas.
—Yuy... Yui-sama. Supongo que tengo permiso para negociar en su nombre si... —intervino Shanise de nuevo.
—Mis órdenes al respecto de este tipo de reuniones se mantienen intactas.
—Entendido, Yui-sama.
El camino dio paso a un sobrio pero pulcro templo sin Dios, reservado para aquellos que buscan la meditación, o para ocasiones como aquellas. Estaba vacío.
—Psché. Los primeros. Luego que si somos los maleducados. Me cago en la puta...
Lo cierto es que Yui había llegado antes que los demás por voluntad propia manifestada, ante el dilema de no querer ni que se produjera la reunión y a la vez necesitarlo, pero desear que el puto paripé acabe lo antes posible. Pero ni Shanise ni el pobre ANBU que las acompañaba a ambas quisieron meter la puyita. Normalmente, cuando uno metía una puyita a Yui, arriesgaba el pellejo.
Yui tomó asiento, y los otros dos, diligentes, mantuvieron guardia a su lado.