16/01/2019, 21:24
(Última modificación: 16/01/2019, 21:27 por Aotsuki Ayame. Editado 1 vez en total.)
Un tenue sonido, similar a un golpe, fue lo que la arrancó del mundo de los sueños. Aletargada como estaba, Kokuō se esforzó por agudizar el oído, esperando escuchar los pasos que precedían a cada una de las visitas que recibía. Pero no los sintió, por lo que supuso que se lo había imaginado y se dispuso a seguir durmiendo. Pero el corazón se le congeló en el pecho cuando se dio la vuelta en aquel incómodo colchón y vio la silueta de una persona frente a las rejas.
Kokuō se reincorporó de golpe, alerta.
—¿Quién es? —gruñó, inspeccionándola con mayor atención. Se trataba de una mujer de mediana edad, de cabellos rizados y rebeldes, que vestía un extraño atuendo para una kunoichi: una larga falda rosa, en la que lucía orgullosa la placa de Amegakure, un jersey y botas de color púrpura. Las luces de neón arrancaban destellos dorados de la placa triangular que lucía en el hombro derecho.
—Buenos días. Kokuō, ¿no es así?
Se preguntaba una extrañada Ayame, y no era para menos. La imagen que tenía ella de Kiroe era la de una humilde pastelera, no la de una experimentada kunoichi de rango alto. Daruu tenía razón: su madre estaba muy cambiada.
Aunque no era la única: a Kokuō la habían terminado por obligar a vestir aquellos detestables ropajes de prisionera que dejaban su sello al aire.
—Ah, usted es Kiroe —habló Kokuō, recelosa, mientras se terminaba de poner en pie y se llevaba una mano al rostro, tanteándose, y contenía un siseo. La inflamación del labio ya había bajado pero aún le dolía al menor contacto. Lo último que le apetecía era recibir un golpe similar—. Sí, ese es mi nombre. Si le soy honesta, usted es el último ser humano al que esperaba ver aquí. Déjeme adivinar: "he venido a ver a Ayame".
Kokuō se reincorporó de golpe, alerta.
—¿Quién es? —gruñó, inspeccionándola con mayor atención. Se trataba de una mujer de mediana edad, de cabellos rizados y rebeldes, que vestía un extraño atuendo para una kunoichi: una larga falda rosa, en la que lucía orgullosa la placa de Amegakure, un jersey y botas de color púrpura. Las luces de neón arrancaban destellos dorados de la placa triangular que lucía en el hombro derecho.
—Buenos días. Kokuō, ¿no es así?
«No puede ser... ¿Kiroe-san?»
Se preguntaba una extrañada Ayame, y no era para menos. La imagen que tenía ella de Kiroe era la de una humilde pastelera, no la de una experimentada kunoichi de rango alto. Daruu tenía razón: su madre estaba muy cambiada.
Aunque no era la única: a Kokuō la habían terminado por obligar a vestir aquellos detestables ropajes de prisionera que dejaban su sello al aire.
—Ah, usted es Kiroe —habló Kokuō, recelosa, mientras se terminaba de poner en pie y se llevaba una mano al rostro, tanteándose, y contenía un siseo. La inflamación del labio ya había bajado pero aún le dolía al menor contacto. Lo último que le apetecía era recibir un golpe similar—. Sí, ese es mi nombre. Si le soy honesta, usted es el último ser humano al que esperaba ver aquí. Déjeme adivinar: "he venido a ver a Ayame".

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