22/03/2019, 19:30
Con un ronco gruñido cargado de desgana, el pordiosero aceptó su moneda y le tendió la figura a Ayame, que la agradeció con una inclinación de cabeza y la tomó con delicadeza, casi temiendo que fuera a romperse entre sus dedos. Debía admitir que la calidad de aquella talla era mucho mayor de la que habría esperado: aquel delfín mantenía las proporciones entre las aletas y el cuerpo casi a la perfección. Si esas tallas las había hecho él mismo, las manos de aquel joven debían ser increíblemente hábiles.
—Señorita... Ehm... —volvió a llamar su atención, y ella le miró interrogante. ¿Habría algo malo con su moneda?—. Si le ha gustado esa, a lo mejor se quiere llevar otra, mire, mire esta, por ejemplo... —balbuceó, mostrándole en aquella ocasión la estilizada talla de un gato—. Para su novio, ¿eh? Seguro que una señorita tan guapa como usted tiene novio... Seguro...
«Daruu...» Ayame no pudo contener sus pensamientos, y sus mejillas se encendieron inevitablemente. Y la casualidad había querido, precisamente, que el indigente acertara con aquel animal tan estrechamente relacionado con su pareja ahora mismo.
—Bueno... yo... Agh... Está bien... pero sólo esa —accedió con un profundo suspiro, mientras volvía a sacar otra moneda idéntica a la anterior. Cinco ryos más no le iban a hacer daño.
Pero el mercader de tallas alzó la mirada hacia ella en aquel instante: unos ojos tan oscuros como dos pozos sin fondo que se clavaron en los de ella, en un rostro con varias cicatrices en sus labios y la nariz visiblemente torcida. Sin embargo, lo que hizo que Ayame ahogara una exclamación de angustia y se llevara una mano al pecho, profundamente consternada, era la terrible cicatriz que adivinó entre las sombras del kasa, desfigurando la mitad de su faz y cuarteando su piel como un viejo pergamino arrugado.
—Esa... esa herida... —susurró, con todo el tacto que fue capaz de reunir—. Estás... ¿Estás bien?
—Señorita... Ehm... —volvió a llamar su atención, y ella le miró interrogante. ¿Habría algo malo con su moneda?—. Si le ha gustado esa, a lo mejor se quiere llevar otra, mire, mire esta, por ejemplo... —balbuceó, mostrándole en aquella ocasión la estilizada talla de un gato—. Para su novio, ¿eh? Seguro que una señorita tan guapa como usted tiene novio... Seguro...
«Daruu...» Ayame no pudo contener sus pensamientos, y sus mejillas se encendieron inevitablemente. Y la casualidad había querido, precisamente, que el indigente acertara con aquel animal tan estrechamente relacionado con su pareja ahora mismo.
—Bueno... yo... Agh... Está bien... pero sólo esa —accedió con un profundo suspiro, mientras volvía a sacar otra moneda idéntica a la anterior. Cinco ryos más no le iban a hacer daño.
Pero el mercader de tallas alzó la mirada hacia ella en aquel instante: unos ojos tan oscuros como dos pozos sin fondo que se clavaron en los de ella, en un rostro con varias cicatrices en sus labios y la nariz visiblemente torcida. Sin embargo, lo que hizo que Ayame ahogara una exclamación de angustia y se llevara una mano al pecho, profundamente consternada, era la terrible cicatriz que adivinó entre las sombras del kasa, desfigurando la mitad de su faz y cuarteando su piel como un viejo pergamino arrugado.
—Esa... esa herida... —susurró, con todo el tacto que fue capaz de reunir—. Estás... ¿Estás bien?

![[Imagen: kQqd7V9.png]](https://i.imgur.com/kQqd7V9.png)