6/04/2019, 12:55
El joven adicto recibió aquel rodillazo justo en el centro de los pendientes reales, un golpe que muchos considerarían sumamente rastrero y que le arrancó un aullido de dolor. Ayame se revolvió para zafarse de su agarre y adoptar una posición ventajosa en las alturas, todavía agarrando el chivato de omoide con su mano. Sin embargo, aquella amenaza sería prácticamente inútil, aunque la kunoichi no lo supiera; todo hombre era consciente de que un golpe en la huevera era una de las maniobras ofensivas más dolorosas e incapacitantes que podían sufrir.
Calabaza se encontraba, consecuentemente, tirado en el suelo y encogido de dolor. De sus labios entreabiertos apenas salía un gemido débil e intermitente, mientras en posición fetal se agarraba las partes nobles con ambas manos. No parecía muy capaz de moverse o, ya que estamos, de hacer prácticamente nada.
El finísimo oído de Ayame podría captar entonces unos claros pasos —de dos personas, al parecer— que se acercaban por el final del callejón. Desde las alturas apenas podría intuir dos figuras, una delgada y alta y otra totalmente contraria; robusta y bajita. Parecían conversar entre ellos, la voz de uno enérgica y chillona, la del otro grave y pausada. Probablemente el alboroto de su enfrentamiento con Calabaza les había atraído hasta allí, como tiburones olisqueando sangre.
Calabaza se encontraba, consecuentemente, tirado en el suelo y encogido de dolor. De sus labios entreabiertos apenas salía un gemido débil e intermitente, mientras en posición fetal se agarraba las partes nobles con ambas manos. No parecía muy capaz de moverse o, ya que estamos, de hacer prácticamente nada.
El finísimo oído de Ayame podría captar entonces unos claros pasos —de dos personas, al parecer— que se acercaban por el final del callejón. Desde las alturas apenas podría intuir dos figuras, una delgada y alta y otra totalmente contraria; robusta y bajita. Parecían conversar entre ellos, la voz de uno enérgica y chillona, la del otro grave y pausada. Probablemente el alboroto de su enfrentamiento con Calabaza les había atraído hasta allí, como tiburones olisqueando sangre.