Otoño-Invierno de 221

Fecha fijada indefinidamente con la siguiente ambientación: Los ninjas de las Tres Grandes siguen luchando contra el ejército de Kurama allá donde encuentran un bastión sin conquistar. Debido a las recientes provocaciones del Nueve Colas, los shinobi y kunoichi atacan con fiereza en nombre de la victoria. Kurama y sus generales se encuentran acorralados en las Tierras Nevadas del Norte, en el País de la Tormenta. Pero el invierno está cerca e impide que cualquiera de los dos bandos avance, dejando Oonindo en una situación de guerra fría, con pequeñas operaciones aquí y allá. Las villas requieren de financiación tras la pérdida de efectivos en la guerra, y los criminales siguen actuando sobre terreno salpicado por la sangre de aliados y enemigos, por lo que los ninjas también son enviados a misiones de todo tipo por el resto del mundo, especialmente aquellos que no están preparados para enfrentarse a las terribles fuerzas del Kyuubi.
#79
Sí, allá voy —anuncio mientras realizaba los sellos del perro, caballo y carnero.

Para cuando la pequeña humareda producida por la técnica de transformación se disipo, sus rasgos físicos seguían iguales; pero su indumentaria era radicalmente diferente: la ropa era de una tela de un marron amarillento que solo se consigue con décadas de uso y mugre. El pantalón y la camisa estaban parcialmente cubiertos por un enorme delantal blanco, salpicado de multitud de viejas manchas marrones y recientes manchas rojizas. En suma, era la imagen de un carnicero; pero no de aquellos que atienden con jovialidad, sino uno inquietante, del cual la gente buscaría alejarse. El aspecto era completado por una enorme hacha de cocina que yacía en su mano, afilada e inmaculada: un contraste total con el resto de su apariencia.

¿Qué tal me veo? —pregunto a Ranko—. La transformación es un tanto difícil, sobre todo la parte del cuchillo; pero si me mantengo concentrado (y mientras no intente tomar nada con la mano) podré mantenerla el tiempo suficiente para hacer mi presentación.

Con aquello en mente se retiró a hacer la fila en la mesa más cercana, esperando que su acompañante buscase un sitio entre el circulo de gente que se sentaba en el suelo a contemplar las declamaciones.

Cuando llego el turno de Kazuma, este se presentó de forma lacónica; siendo que se limitó a decir su nombre y el título del poema antes de declamar:


Oración Del Carnicero

Señor, lame nuestros cuchillos,
ensaliva las costillas y las vértebras.
Que estos tajos en la res
sean ranuras para llegar hasta ti.
Que la jifa no atraiga a las hienas,
y que los ganchos no hieran a los aprendices.
Diluye con tu lluvia toda la sangre que avanza,
lenta, espesa, por debajo de las puertas.
No dejes que los pellejos
sean vendidos a los traficantes,
ni dejes que nadie alce los fémures
de los que se han sacrificado.
Míranos a través de los ojos desorbitados de los bueyes.
Que la luz exangüe de nuestra única bombilla
ilumine tu escondrijo, entre venas, nervios
y tendones, Señor, deja que nos ensañemos esmeradamente
hasta llegar al suculento blanco de tus huesos
y que se sienta tu presencia
en las manchas de los delantales o debajo de las uñas.
Bendice lo que queda, este banquete para perros,
moscas y zamuros, Señor, bendice lo más puro.
Y refrigera en tu silencio
toda la carne que amamos.

Las palabras de Kazuma eran frías e indiferentes para con el público, pero a la vez fervientes como si estuviera rezando a alguna cruda deidad. Sus movimientos eran metódicos y pacientes, mientras emulaba lo que inconfundiblemente era un hombre deshuesando y fileteando a un animal de gran envergadura. Y su mirar era como el de quien observa un trozo de carne fresca, como de quien reconoce en ello una muerte que es fuente de vida.
[Imagen: aab687219fe81b12d60db220de0dd17c.gif]
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RE: Los poetas ocultos entre la hierba - por Hanamura Kazuma - 16/04/2019, 04:11


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