10/09/2019, 02:57
Asentados ya en Shinogi-To, vaya a saber alguien en dónde, Karamaru ya empezaba a disfrutar de su festín. Estaba en un local pequeño y oscuro, iluminado por unas pocas velas. Ese era el lugar en el que una de las damas había decidido asentarse. Una vela fuera indicaba el lugar, un espacio de pocos metros cuadrados solo decorado con dos sillas y una mesa. En esta se encontraban desde cartas con dibujos raros hasta una bola de cristal. Porque si iban a vender el cuento, mejor hacerlo completo.
— La verdad vieja, que se pasaron con la pizza, está para chuparse los dedos esto.
El amejin estaba sentado unos pocos metros, comiendo a dos manos casi hasta ansioso de saber que tipo de comida le seguiría a la pizza. La señora lo ignoraba, pero aun así él debía de llevar la placa de Amegakure bien visible, y quedarse callado cuando los clientes pasaban. Que por suerte para él, mala fortuna para la dama, los clientes se hacían de rogar. A lo largo de las horas eran muy pocas las personas que decidían adentrarse en aquel antro, y menos aún las que duraban más de unos pocos minutos allí.
Estos pequeños locales se repetían por varios lados cercanos de aquella parte de la ciudad, casi colocados con algún plan anticipado por la cautela que se tomaba su tío al armarlos. Ese mismo hombre que pasado el tiempo pasaba a buscar a Karamaru para ponerlo de guardia comilón de otra señora. No podía decir si hacía bien su trabajo, pero de lo que estaba muy seguro es que iba a volver a Amegakure con unos cuántos kilos de más encima.
— La verdad vieja, que se pasaron con la pizza, está para chuparse los dedos esto.
El amejin estaba sentado unos pocos metros, comiendo a dos manos casi hasta ansioso de saber que tipo de comida le seguiría a la pizza. La señora lo ignoraba, pero aun así él debía de llevar la placa de Amegakure bien visible, y quedarse callado cuando los clientes pasaban. Que por suerte para él, mala fortuna para la dama, los clientes se hacían de rogar. A lo largo de las horas eran muy pocas las personas que decidían adentrarse en aquel antro, y menos aún las que duraban más de unos pocos minutos allí.
Estos pequeños locales se repetían por varios lados cercanos de aquella parte de la ciudad, casi colocados con algún plan anticipado por la cautela que se tomaba su tío al armarlos. Ese mismo hombre que pasado el tiempo pasaba a buscar a Karamaru para ponerlo de guardia comilón de otra señora. No podía decir si hacía bien su trabajo, pero de lo que estaba muy seguro es que iba a volver a Amegakure con unos cuántos kilos de más encima.
◘ Hablo ◘ Pienso ◘ Telepatía ◘