23/09/2019, 01:06
Monedas en el bolsillo, y encima por las cuales no tenía que hacer nada para ganarlas, era sinónimo de sonrisa grande y estómago lleno. Porque el bueno de Karamaru, delgado como se veía, era una máquina de comer y con lo que le daban durante el día mientras miraba a tontos perder dinero no le alcanzaba. La noche se tenía que aprovechar, y si tenía tiempo libre lo iba a dedicar exactamente a lo mismo; comer.
Aquella noche el amejin recorrió varios locales con un poco de dinero que le había dado su tío, probó algunas delicias y porquerías por igual que hasta ese momento no había degustado y se termino por ir a aquel hotel de poca monta a dormir incómodo soñando en que tipo de comida le sorprendería al día siguiente. Seguramente más pizza, y más bollos, y seguro que alguna que otra cosa dulce caía.
Las risas crecían exponencialmente porque por arte de magia, como si las viejas los hubiesen invocado, los locales que estaban repartidos por la ciudad empezaron a tener un cliente tras otro. Algunas caras inocentes, otras no tantas, y allí donde esas estaban presentes era dónde él tenía que ir. Corriendo de aquí para allá de la mano de su tío. No comía mucho, no pasaba mucho tiempo en el mismo lugar. Era un poco cansador, sí, pero era tanto lo que se divertía con las divagaciones de las viejas que poco pensaba en el estado de sus piernas.
— ¿Tenés idea qué es la verga esa que andan diciendo de Amanozanosequé?— llenó a preguntarle al mandamás de la operación en uno de sus recorridos.
Silencio fue la respuesta y eso podía significar muchas cosas. O que no era importante, o que era demasiado importante, o que al igual que él no tenía ni idea de qué se trataba. Pero la cuestión es que Karamaru debería pasar allí unas cuántas largas horas en la ciudad entre caminatas, malos sueños y mucha comida.
Aquella noche el amejin recorrió varios locales con un poco de dinero que le había dado su tío, probó algunas delicias y porquerías por igual que hasta ese momento no había degustado y se termino por ir a aquel hotel de poca monta a dormir incómodo soñando en que tipo de comida le sorprendería al día siguiente. Seguramente más pizza, y más bollos, y seguro que alguna que otra cosa dulce caía.
Las risas crecían exponencialmente porque por arte de magia, como si las viejas los hubiesen invocado, los locales que estaban repartidos por la ciudad empezaron a tener un cliente tras otro. Algunas caras inocentes, otras no tantas, y allí donde esas estaban presentes era dónde él tenía que ir. Corriendo de aquí para allá de la mano de su tío. No comía mucho, no pasaba mucho tiempo en el mismo lugar. Era un poco cansador, sí, pero era tanto lo que se divertía con las divagaciones de las viejas que poco pensaba en el estado de sus piernas.
— ¿Tenés idea qué es la verga esa que andan diciendo de Amanozanosequé?— llenó a preguntarle al mandamás de la operación en uno de sus recorridos.
Silencio fue la respuesta y eso podía significar muchas cosas. O que no era importante, o que era demasiado importante, o que al igual que él no tenía ni idea de qué se trataba. Pero la cuestión es que Karamaru debería pasar allí unas cuántas largas horas en la ciudad entre caminatas, malos sueños y mucha comida.
◘ Hablo ◘ Pienso ◘ Telepatía ◘