24/09/2019, 04:26
El clima resultaba una molestia para quien quisiera ir de aquí para allá, pues la lluvia era continua y el agua hacia que los callejones se llenaran de porquería. Las piernas de Karamaru no tendrían descanso hasta lo más lejano de la tarde, cuando el cielo se tornaba de un azul sumamente oscuro y las nubes plomizas prometían con continuar desangrándose sobre la tierra, al tiempo que rugían su ira sobre los mortales. Por suerte, el último de sus turnos de guardia comenzó antes que lo peor de una enorme tempestad se manifestara.
Un buen grupo de jóvenes estaba esperando a aquella especie de matrona que era la familiar de Karamaru. Como ya era costumbre, se disputaron los turnos de consultas. Aquella tarde prometía ser la de mayor ganancia hasta entonces. Y allí fue cuando el grupo de crédulos se retiró, justo antes de que se desatase una tormenta tan terrible que incluso las estructuras de piedra vibraban.
—Buenas noches —dijo una voz repentina.
Se trataba de un hombre elegantemente vestido de terciopelo purpura, con un sombrero de copa y un bastón bastante llamativos y oscuros. Entro sin hacer más ruido además que el saludo inicial, y observo con atención el lugar; la gente también le observo seco y acomodado. Su mirada era una mescla de curiosidad y burla. Con paso refinado se acercó hasta donde estaba la anciana y extrajo de su chaqueta una pequeña bolsa repleta de monedas.
—Quisiera el valor de esto en adivinaciones de mi porvenir —exigió, dejando caer el saco sobre la mesa.
Kazuma había pasado varios días averiguando sobre donde y cuando se presentaría el velo de Amanozako, pero la información era esquiva, y contradictoria cuando se dejaba hallar. De tanto preguntar, termino en un bar que solía ser frecuentado por un famoso mesmerista que parecía estar de vacaciones forzosas. Tanta era la necesidad de información que con pocos rodeos le abordo:
—Buenas noches, ¿podría hacerle algunas preguntas?
—Eso depende —pregunto el sujeto, sentado en una esquina a medio iluminar del bar—. ¿Tienes dinero suficiente para pagar la cantidad de cerveza que se requiere para tener mi atención?
El joven saco el dinero, y tanto la cerveza como las palabras comenzaron a fluir.
—No doy clases de mesmerismo, ¡que te quede claro, muchacho!
—No vengo a que me enseñe nada —respondió, sereno ante la evidente ebriedad de aquel hombre—. Solo quisiera información sobre el velo de Amanozako.
El hombre se hecho sobre la mesa y respondió con desden.
—Si… los malditos de Amanozako; este negocio se va a pique cada vez que ellos están cerca… como si practicar las artes místicas y que te tomen enserio no fuera ya lo suficientemente difícil.
—¿Por qué es tan difícil encontrar información de ellos? —se atrevió a preguntar—. Siendo tan “famosos” debería haber cientos de imitadores cerca, gente que pudiese guiarme hasta los verdaderos.
—Naaaah, nadie sería tan estúpido como para competir contra el velo o para hacerse pasar por él.
—¿Por qué? ¿Acaso es una violación a alguna especie de código de las artes “místicas”? —pregunto con cierta ironía, pues le había hecho gracia la afirmación.
El hombre rio amarga y burlonamente.
—No..., es una violación al código de los que quieren vivir y morir en paz.
Entonces, ya no le pareció que fuese algo gracioso.
Un buen grupo de jóvenes estaba esperando a aquella especie de matrona que era la familiar de Karamaru. Como ya era costumbre, se disputaron los turnos de consultas. Aquella tarde prometía ser la de mayor ganancia hasta entonces. Y allí fue cuando el grupo de crédulos se retiró, justo antes de que se desatase una tormenta tan terrible que incluso las estructuras de piedra vibraban.
—Buenas noches —dijo una voz repentina.
Se trataba de un hombre elegantemente vestido de terciopelo purpura, con un sombrero de copa y un bastón bastante llamativos y oscuros. Entro sin hacer más ruido además que el saludo inicial, y observo con atención el lugar; la gente también le observo seco y acomodado. Su mirada era una mescla de curiosidad y burla. Con paso refinado se acercó hasta donde estaba la anciana y extrajo de su chaqueta una pequeña bolsa repleta de monedas.
—Quisiera el valor de esto en adivinaciones de mi porvenir —exigió, dejando caer el saco sobre la mesa.
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Kazuma había pasado varios días averiguando sobre donde y cuando se presentaría el velo de Amanozako, pero la información era esquiva, y contradictoria cuando se dejaba hallar. De tanto preguntar, termino en un bar que solía ser frecuentado por un famoso mesmerista que parecía estar de vacaciones forzosas. Tanta era la necesidad de información que con pocos rodeos le abordo:
—Buenas noches, ¿podría hacerle algunas preguntas?
—Eso depende —pregunto el sujeto, sentado en una esquina a medio iluminar del bar—. ¿Tienes dinero suficiente para pagar la cantidad de cerveza que se requiere para tener mi atención?
El joven saco el dinero, y tanto la cerveza como las palabras comenzaron a fluir.
—No doy clases de mesmerismo, ¡que te quede claro, muchacho!
—No vengo a que me enseñe nada —respondió, sereno ante la evidente ebriedad de aquel hombre—. Solo quisiera información sobre el velo de Amanozako.
El hombre se hecho sobre la mesa y respondió con desden.
—Si… los malditos de Amanozako; este negocio se va a pique cada vez que ellos están cerca… como si practicar las artes místicas y que te tomen enserio no fuera ya lo suficientemente difícil.
—¿Por qué es tan difícil encontrar información de ellos? —se atrevió a preguntar—. Siendo tan “famosos” debería haber cientos de imitadores cerca, gente que pudiese guiarme hasta los verdaderos.
—Naaaah, nadie sería tan estúpido como para competir contra el velo o para hacerse pasar por él.
—¿Por qué? ¿Acaso es una violación a alguna especie de código de las artes “místicas”? —pregunto con cierta ironía, pues le había hecho gracia la afirmación.
El hombre rio amarga y burlonamente.
—No..., es una violación al código de los que quieren vivir y morir en paz.
Entonces, ya no le pareció que fuese algo gracioso.
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