16/12/2019, 16:24
Akame se agachó sobre el rostro destrozado de aquel tipo, que ahora le recordaba al suyo. El pensamiento le produjo una arcada ácida cuando los recuerdos de su muerte y resurrección le vinieron a la garganta, de modo que tuvo que reprimirlos lo mejor que supo. Sus ojos, rojos ahora por el Sharingan, se fijaron en los de Zaide... O más bien, en la única luz que le quedaba. El derecho.
—Sabes qué, Zaide —le contestó Akame, haciendo caso omiso a sus palabras—. Existía una creencia popular entre los nuestros, perdida en las brumas del tiempo, de aquella época en la que éramos temidos en todo el mundo. El Mangekyō izquierdo —se señaló su propio ojo—, para la paz. Y el derecho —el índice de su mano diestra pasó al otro ojo—, para la guerra. ¿Es eso lo que planeas? ¿Por eso has preferido sacrificar el izquierdo?
—Sabes qué, Zaide —le contestó Akame, haciendo caso omiso a sus palabras—. Existía una creencia popular entre los nuestros, perdida en las brumas del tiempo, de aquella época en la que éramos temidos en todo el mundo. El Mangekyō izquierdo —se señaló su propio ojo—, para la paz. Y el derecho —el índice de su mano diestra pasó al otro ojo—, para la guerra. ¿Es eso lo que planeas? ¿Por eso has preferido sacrificar el izquierdo?