15/01/2020, 21:37
(Última modificación: 16/01/2020, 20:46 por Aotsuki Ayame. Editado 1 vez en total.)
Era una mañana gris e inusualmente fría en una aldea tropical como era Kusagakure. Los copos de nieve caían, delicados como flores de cerezo pero fríos como el aliento de la muerte, y terminaban posándose en el suelo. No llegarían a cuajar, pues morían en forma de agua antes de poder hacerlo.
No habían pasado más que un par de semanas desde el funeral oficial de Moyashi Kenzou y desde que Aburame Kintsugi había tomado su sombrero y había sido declarada oficialmente como su sucesora, la Cuarta Morikage. Pero, lejos de celebraciones y de escuchar salvas hacia la nueva Morikage, las calles estaban sumidas en un silencio sepulcral. Ninguna voz se elevaba por encima de otra. El miedo por lo sucedido, después de que su propio Jinchūriki le arrebatara la vida a Moyashi Kenzou; y la tristeza por la pérdida de alguien tan querido y alabado por todos, invadían el ambiente como una niebla densa e invisible, pero tan perceptible como tantáculos de angustia que impedían casi respirar.
«Nunca creí que me nombrarías Kage a mí... No por encima de Hana. Pero nunca habría querido que llegara así...»
—Haced llamar a Sasagani Yota —ordenó Kintsugi, que observaba su legado, la aldea de Kusagakure, desde los enormes ventanales del despacho.
A sus espaldas, un shinobi con una máscara de zorro asintió y se desvaneció en apenas un parpadeo.
Pocas cosas habían cambiado en aquel lugar. Era como si Kenzou fuera a regresar en cualquier momento, desnudo de la cintura para arriba por haber estado entrenando en la azotea bajo el frío del invierno. Pero había dado su vida para proteger a la aldea de la destrucción, y gracias a él no habían tenido que lamentar pérdidas humanas ni materiales. La única diferencia; era, sin embargo, era que su retrato colgaba ahora de la pared junto a sus predecesores. Un retrato de él sonriente y cariñoso, como siempre lo había estado. Y justo debajo de su marco, su espada predilecta, el legendario filo Kubikiribōchō, como una silenciosa amenaza que clamaba venganza. Kintsugi no había tenido la osadía de cambiar nada más.
. . .
Pocos minutos después, varios golpes insistieron en la puerta de los Sasagani:
—¡Sasagani Yota, Yondaime Morikage exige tu presencia en su despacho inmediatamente!
