21/01/2020, 20:14
Esa vez, Akame no se andó con rodeos. Con cierto esfuerzo, levantó la cabeza decapitada de la serpiente por encima de sus hombros y la arrojó al suelo, delante suya. Era su trofeo, la prueba de que había sido lo suficientemente habilidoso, inteligente o cabrón como para matar a aquella bicha —y con una dificultad añadida—. La idea de Raito, Daiku y Uzu no hizo sino insuflarle más determinación y una sed de poder malsana. Era como tener bilis en la boca pero no poder escupirla, un sabor amargo pero casi purgante al mismo tiempo.
—Soy yo, Shikage —confirmó Akame, con el Sharingan brillando en sus ojos—. He venido a que cumplas tu parte del trato.
Estaba cansado, manchado de la sangre chorreante de aquella cabeza sin cuerpo y apestaba a sudor, a vísceras, a sangre. Pero sentía que, si alargaba los dedos, podría agarrar el poder que tanto ansiaba.
—Soy yo, Shikage —confirmó Akame, con el Sharingan brillando en sus ojos—. He venido a que cumplas tu parte del trato.
Estaba cansado, manchado de la sangre chorreante de aquella cabeza sin cuerpo y apestaba a sudor, a vísceras, a sangre. Pero sentía que, si alargaba los dedos, podría agarrar el poder que tanto ansiaba.