31/01/2020, 00:35
(Última modificación: 1/02/2020, 17:10 por Taka Kisame. Editado 3 veces en total.)
Despedida, año 219.
Era una tarde nublada más. Una ligera llovizna regaba las grandes plantaciones de calabaza. Los transeúntes del pueblo, ya acostumbrados la ignoraban como si no existiera y caminaban por la calle haciendo sus quehaceres diarios. Varios hombres cargaban un carro con enormes calabazas mientras los caballos aprovechaban para descansar del árduo trabajo que se les encomendaba aquella mañana. Algunos niños correteaban por las calles, ligeramente embarradas. Parecía como si aquel perdido pueblo fuese de otro lugar, la paz que se respiraba en aquella zona era admirable y, tan agradable, que el genin de Amegakure se detuvo en aquel pueblo en su largo periplo. Era un perfecto lugar para descansar y estaba seguro de que allí no se perdería, como le ocurría continuamente.
Entró a la taberna local. No era demasiado grande y tenía un aire familiar y frugal que llamaba bastante la atención. No había mucha gente a esas horas, pero sí un hombre con gesto preocupado dándole vueltas con la cuchara a su taza de té mientras la miraba fijamente. El tabernero parecía somnoliento, limpiando algunas de las mesas que había en el establecimiento, mientras las únicas otras dos personas que había allí, terminaban sus desayunos y se disponían a salir del establecimiento azada en mano y poniéndose la kasa de paja.
El lugar estaba hecho casi completamente de madera. A la entrada, podían verse varias mesas ajadas y rajadas por el tiempo, acompañadas de un puñado de sillas cada una. Algunas tenían dos, otras cuatro... No había un número ni un orden exacto. Al fondo, estaba la barra, la cual no tenía ningún taburete. Era un lugar bastante humilde, cosa que se podía esperar siendo un lugar así.
El genin se puso en la barra al lado de aquel hombre. Esperaría a que el dueño del local le atendiera, sabía que de buena mañana no era la mejor de las ideas meterle prisa al tipo, estaba claro que tenía sueño y que le hubiera gustado quedarse otro rato en la cama. Mientras, el hombre que tenía al lado, levantaba la cabeza y miraba hacia adelante, como buscando a alguien, pero al no ver al tabernero simplemente volvió a agachar la cabeza y siguió revolviendo su té con gesto sombrío y sin decir nada. Era bastante evidente que aquel hombre tenía demasiadas cosas en la cabeza, o que algo le estaba torturando, porque podían vérsele unas ojeras inhumanas en el rostro. Tanto, que hasta el propio Kisame se preocupó por él. Hacía varios días que no dormía, eso estaba claro.
Era una tarde nublada más. Una ligera llovizna regaba las grandes plantaciones de calabaza. Los transeúntes del pueblo, ya acostumbrados la ignoraban como si no existiera y caminaban por la calle haciendo sus quehaceres diarios. Varios hombres cargaban un carro con enormes calabazas mientras los caballos aprovechaban para descansar del árduo trabajo que se les encomendaba aquella mañana. Algunos niños correteaban por las calles, ligeramente embarradas. Parecía como si aquel perdido pueblo fuese de otro lugar, la paz que se respiraba en aquella zona era admirable y, tan agradable, que el genin de Amegakure se detuvo en aquel pueblo en su largo periplo. Era un perfecto lugar para descansar y estaba seguro de que allí no se perdería, como le ocurría continuamente.
Entró a la taberna local. No era demasiado grande y tenía un aire familiar y frugal que llamaba bastante la atención. No había mucha gente a esas horas, pero sí un hombre con gesto preocupado dándole vueltas con la cuchara a su taza de té mientras la miraba fijamente. El tabernero parecía somnoliento, limpiando algunas de las mesas que había en el establecimiento, mientras las únicas otras dos personas que había allí, terminaban sus desayunos y se disponían a salir del establecimiento azada en mano y poniéndose la kasa de paja.
El lugar estaba hecho casi completamente de madera. A la entrada, podían verse varias mesas ajadas y rajadas por el tiempo, acompañadas de un puñado de sillas cada una. Algunas tenían dos, otras cuatro... No había un número ni un orden exacto. Al fondo, estaba la barra, la cual no tenía ningún taburete. Era un lugar bastante humilde, cosa que se podía esperar siendo un lugar así.
El genin se puso en la barra al lado de aquel hombre. Esperaría a que el dueño del local le atendiera, sabía que de buena mañana no era la mejor de las ideas meterle prisa al tipo, estaba claro que tenía sueño y que le hubiera gustado quedarse otro rato en la cama. Mientras, el hombre que tenía al lado, levantaba la cabeza y miraba hacia adelante, como buscando a alguien, pero al no ver al tabernero simplemente volvió a agachar la cabeza y siguió revolviendo su té con gesto sombrío y sin decir nada. Era bastante evidente que aquel hombre tenía demasiadas cosas en la cabeza, o que algo le estaba torturando, porque podían vérsele unas ojeras inhumanas en el rostro. Tanto, que hasta el propio Kisame se preocupó por él. Hacía varios días que no dormía, eso estaba claro.
