2/03/2020, 17:07
—Los Sagisō siempre deben de estar orgullosos de ser de Kusagakure no Sato. Siempre deben mostrar su linaje y tenerlo en algo.
—Sí, madre.
—Sin embargo... Sería prudente estar de incógnito. Especialmente si vas en calidad de negocios.
—Entiendo.
—Eres fuerte, Ran-chan. Pero nunca está de más tener cuidado.
Ranko descendió de la estación de tren con dos bultos atados sobre su mochila. Con un posible torneo inter-aldea en el horizonte, y apenas a sabiendas de la situación entre Kusagakure y las otras aldeas, Ranko se había ofrecido para hacer un par de encomiendas a nombre de su padre. "El viaje me hará bien. Siempre hace bien explorar."
Ya oscurecía, y la primera parada de su misión de entrega era, de hecho, no muy lejos de allí, en los arrozales. Pero podía esperar hasta el día siguiente. Fue al primer hostal que encontró, pues no quería liarse mucho buscando, y rentó un cuarto. Dejó su mochila acomodada y los dos bultos, perfectamente empacados y atados, depositados con cuidado al lado de su mochila, en el suelo. Se sentó en la cama. No se sentía, pero había algo que le provocaba un ligero pesar. No se había dado tiempo (o no había querido darse tiempo) para una introspectiva. ¿Qué era aquello? Llevaba las ropas ya características de ella: sus pantalones de combate, su blusa sin mangas, su obi. Sólo se había quitado sus zapatos y sus guardabrazos. Y su bandana ninja estaba oculta, guardada en su portaobjetos, el cual seguía abrochado a su cadera.
"Incógnito" suspiró para sí.
De la nada, algo le llegó.
"¿Música? Es... ¿una flauta?"
Era una melodía bonita, sencilla, como quien toca algo sin pensar y sin planear. ¿De dónde venía? Ranko se levantó, curiosa, y dio un breve paseo por su habitación hasta descubrir que el sonido provenía de afuera, del cuarto de al lado. Una chispa de emoción saltó en su pecho. Recuerdos del valle de Unraikyo, en donde la música le llevó a conocer a King Rōga, o de Yachi, donde le llevó a encontrarse con Aotsuki Ayame. ¿Era en realidad tan mágica la música? Sin pensarlo más fue a su mochila y buscó su flauta shakuhachi y fue hacia el balcón. No salió, no obstante, sólo abrió la puerta. Luego apoyó la espalda contra la pared.
"¿Qué tal que es solamente una persona practicando? Tal vez no quiere que nadie la moleste. Tal vez quiere escuchar su música en solitario. Y si voy de metiche... Tal vez acabe molestándose." Ranko bajó la flauta. Aspiró profundamente.
Luego gritó. En su mente, claro, no tendría el valor de molestar a más de un huésped.
"¡RANKO DECIDIDA!"
Llevó la flauta a sus labios y comenzó a tocar algo, siguiendo la pauta de la música que venía del balcón a la derecha del suyo. Ranko intentaba darle una melodía secundaria a la de su desconocido hermano de flauta. A pesar de seguir ella dentro de la habitación, esperaba que lo que estaba tocando llegase a su vecino. Y esperaba que no se molestase...
—Sí, madre.
—Sin embargo... Sería prudente estar de incógnito. Especialmente si vas en calidad de negocios.
—Entiendo.
—Eres fuerte, Ran-chan. Pero nunca está de más tener cuidado.
Ranko descendió de la estación de tren con dos bultos atados sobre su mochila. Con un posible torneo inter-aldea en el horizonte, y apenas a sabiendas de la situación entre Kusagakure y las otras aldeas, Ranko se había ofrecido para hacer un par de encomiendas a nombre de su padre. "El viaje me hará bien. Siempre hace bien explorar."
Ya oscurecía, y la primera parada de su misión de entrega era, de hecho, no muy lejos de allí, en los arrozales. Pero podía esperar hasta el día siguiente. Fue al primer hostal que encontró, pues no quería liarse mucho buscando, y rentó un cuarto. Dejó su mochila acomodada y los dos bultos, perfectamente empacados y atados, depositados con cuidado al lado de su mochila, en el suelo. Se sentó en la cama. No se sentía, pero había algo que le provocaba un ligero pesar. No se había dado tiempo (o no había querido darse tiempo) para una introspectiva. ¿Qué era aquello? Llevaba las ropas ya características de ella: sus pantalones de combate, su blusa sin mangas, su obi. Sólo se había quitado sus zapatos y sus guardabrazos. Y su bandana ninja estaba oculta, guardada en su portaobjetos, el cual seguía abrochado a su cadera.
"Incógnito" suspiró para sí.
De la nada, algo le llegó.
"¿Música? Es... ¿una flauta?"
Era una melodía bonita, sencilla, como quien toca algo sin pensar y sin planear. ¿De dónde venía? Ranko se levantó, curiosa, y dio un breve paseo por su habitación hasta descubrir que el sonido provenía de afuera, del cuarto de al lado. Una chispa de emoción saltó en su pecho. Recuerdos del valle de Unraikyo, en donde la música le llevó a conocer a King Rōga, o de Yachi, donde le llevó a encontrarse con Aotsuki Ayame. ¿Era en realidad tan mágica la música? Sin pensarlo más fue a su mochila y buscó su flauta shakuhachi y fue hacia el balcón. No salió, no obstante, sólo abrió la puerta. Luego apoyó la espalda contra la pared.
"¿Qué tal que es solamente una persona practicando? Tal vez no quiere que nadie la moleste. Tal vez quiere escuchar su música en solitario. Y si voy de metiche... Tal vez acabe molestándose." Ranko bajó la flauta. Aspiró profundamente.
Luego gritó. En su mente, claro, no tendría el valor de molestar a más de un huésped.
"¡RANKO DECIDIDA!"
Llevó la flauta a sus labios y comenzó a tocar algo, siguiendo la pauta de la música que venía del balcón a la derecha del suyo. Ranko intentaba darle una melodía secundaria a la de su desconocido hermano de flauta. A pesar de seguir ella dentro de la habitación, esperaba que lo que estaba tocando llegase a su vecino. Y esperaba que no se molestase...
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