27/04/2020, 00:24
Una silueta oscura apareció súbitamente en el aire y titiló varias veces, como la imagen mal sintonizada de una televisión, antes de estabilizarse y tomar forma. Unos ojos gélidos se clavaron en los de Ayame.
—Has venido —la voz de Kōri resonó en la habitación, como si verdaderamente estuviese allí.
—Jumph. —Ella, cruzada de piernas sobre la cama, desvió la mirada con un apenas gruñido. Un silencio terriblemente incómodo y tenso envolvió a los dos hermanos y se extendió durante varios largos segundos que se hicieron eternos.
—Me alegro —agregó El Hielo, con su particular carencia de emoción en su voz.
—Jumph.
Kōri lanzó un profundo suspiro.
—Sé que estás enfadada por lo de esta t...
—¿Ya habéis subido al ferrocarril? —le interrumpió. Lo último que le apetecía era entrar en aquel tema de conversación.
La figura de Kōri parpadeó ligeramente.
—No. El tren sale mañana por la noche. Pero sabía que no me abrirías la puerta si me presentaba allí.
Ayame se mordió el labio inferior, pero no respondió. Y su silencio fue una confirmación contundente de las palabras de su hermano. En realidad, Kōri no había tenido la culpa de nada ni tenía razones para estar enfadada con él. Todo lo que había sucedido había sido con sus padres, como muy lejos podía extender lejanos rencores hacia Daruu. ¿Pero Kōri? Quizás muy en el fondo era consciente de ello, quizás por esa misma razón había acudido a su llamada a medianoche.
—¿Tienes los papeles de chakra entonces?
—Sí...
—Y sabes como funcionan, ¿verdad?
—Sí...
—¿Cómo?
Ayame torció el gesto. Kōri le estaba tirando de la lengua, obligándola a hablar. Y lo último de lo que tenía ganas era, precisamente, de hablar. Pero Kōri mantenía su mutis, y Ayame sabía bien que no volvería a hablar hasta que ella lo hiciera. Aunque pasaran las horas. Al final tuvo que resignarse:
—Se sujeeeeeta con la punta de los dedos y se le apliiiica una mínima cantidad de chaaaakra —respondió, con absoluta y exagerada desgana—. El papel reacciona de inmediato, y su efecto es diferente para cada naturaleza de chakra.
—¿Y cuáles son esos efectos?
—¿Estamos en un examen o qué? —protestó Ayame, indignada.
Pero Kōri la obsequió con un gélido silencio, y la kunoichi se sintió inmediatamente avergonzada.
—Lo... lo siento... —murmuró agachando la cabeza con las mejillas encendidas—. Para el Suiton se moja, con el Katon se prende fuego, con el Doton se reduce a polvo, con el Fūton se corta y con el Raiton se arruga.
—Eso es.
—Pero Kōri, ¿para qué necesito una segunda naturaleza? ¡Yo soy el Agua! ¡Me desenvuelvo a la perfección con ella!
—Pero no puedes utilizar ese agua cuando te enfrentas a otros usuarios de Doton o de Raiton, ¿no es así? —contraatacó él—. Está claro que no vas a dorminar una segunda naturaleza enseguida, hermanita, pero es buena idea que comiences a practicar con ella. Y para ello, primero debemos descubrir cuál es.
Ayame calló durante algunos segundos, indecisa, y se balanceó sobre sí misma, agarrándose los tobillos.
—Bueno... probaré a ver... —accedió, aunque aún no estaba del todo convencida. Entonces alzó la cabeza, clavando sus ojos en los de aquel parpadeante holograma que ni siquiera tenía los rasgos de su hermano—. Tú... ¿Sabes cuál podría ser mi segunda naturaleza?
—No quiero sugestionarte de ninguna manera. Quiero que lo descubras por ti misma.
Pero estaba claro que sí se hacía una idea al respecto. De hecho, sería una de las pocas cosas que, como su hermano y su sensei, podría llegar a enseñarle de estar en lo cierto.
—Ya... —Ayame volvió a agachar la cabeza, compungida.
—Entrena todos los días. Y hablemos todos los días a la medianoche. Así puedes contarme qué tal vas, y si tienes alguna duda.
Ayame asintió en silencio.
—Una última cosa —añadió Kōri—. No te enfades demasiado con padre.
—¡Bah! —resopló Ayame, de nuevo irritada. ¿Por qué tenía que encender de nuevo esas ascuas?—. ¡Estoy harta! ¡Harta de todos! ¿Tenían que montar un numerito así? ¿Por qué no podíamos comer en paz?
—Ayame...
Pero Ayame no fue capaz de contenerse por más tiempo. Y estalló como una verdadera olla de vapor puesta al fuego:
—¡Y encima no vinisteis a verme al hospital! ¡Desperté allí sola! ¡¿Tan poco os importo?! —gritaba, haciendo aspavientos al aire y con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Estoy harta de las discusiones! ¡Harta de las tensiones! ¡Harta de las decepciones! ¿Qué me llevé cuando recibí esta placa dorada? ¡UNA MALDITA REGAÑINA DE POR QUÉ HABÍA LIBERADO A KOKUŌ! ¡ESO ME LLEVÉ! ¡Después de jugarme el cuello por traer de vuelta a Kaido! ¡Después de jugarme la libertad contándoselo a Yui-sama! ¡Nadie se alegró por mí! ¡Ni siquiera Daruu lo celebró conmigo! ¡Sólo Uchiha Datsue pareció alegrarse de que me ascendieran! ¡Precisamente él! ¡El que me había estado haciendo la vida imposible! ¿Qué clase de ironía del destino es esa, eh? ¡No os importo! ¡No os importo a ninguno!
Por suerte Kōri era una auténtica muralla de hielo, tan sólida que era capaz de resistir los envites del ardiente fuego de Ayame:
—Sé que no piensas eso de verdad, Ayame —le espetó Kōri, más frío y calmado que nunca—. No después de luchar contra padre y que al fin te reconociera. No después de todo lo que ha hecho Daruu por ti. No después de que yo esté aquí, hablando contigo, ayudándote a mejorar como kunoichi.
Ayame volvió a morderse el labio, sollozando:
—Entonces... ¿por qué...?
La silueta de Kōri pareció inclinarse sobre ella.
—No tengo respuestas para todo, mucho menos para la vida que compartís Daruu y tú. Pero sé lo que piensa padre, sé cómo se sintió cuando te vio combatir en el torneo. Y no fue decepción, Ayame. Ni siquiera cuando caíste. Bueno, dejando a un lado ese numerito que montasteis los dos —añadió, ladeando la cabeza—. Quisimos ir a verte al hospital, pero seguías inconsciente y los médicos no nos dejaron entrar. Decidimos esperar en una cafetería cercana, y cuando intentamos volver, tú ya habías salido de la habitación. No hay nada más, Ayame. Lo sabes. No dejes que el fuego de la rabia te ciegue.
La pobre Ayame agachó la cabeza, incapaz de contener las lágrimas por más tiempo.
—Piensa sobre todo esto. E infórmame de los progresos que vayas haciendo con los papeles de chakra. Estaremos en contacto.
—S... Sí... —asintió varias veces con la cabeza.
La silueta de Kōri se desvaneció como si nunca hubiese estado allí, y Ayame volvió a quedarse sola. Y se sintió más sola que nunca. Se derrumbó en la cama y se abrazó a la almohada, llorando sin control ninguno. En algún momento de la noche fue el sueño el que la venció, envolviéndola y arrastrándola con suavidad al mundo de los sueños.
—Has venido —la voz de Kōri resonó en la habitación, como si verdaderamente estuviese allí.
—Jumph. —Ella, cruzada de piernas sobre la cama, desvió la mirada con un apenas gruñido. Un silencio terriblemente incómodo y tenso envolvió a los dos hermanos y se extendió durante varios largos segundos que se hicieron eternos.
—Me alegro —agregó El Hielo, con su particular carencia de emoción en su voz.
—Jumph.
Kōri lanzó un profundo suspiro.
—Sé que estás enfadada por lo de esta t...
—¿Ya habéis subido al ferrocarril? —le interrumpió. Lo último que le apetecía era entrar en aquel tema de conversación.
La figura de Kōri parpadeó ligeramente.
—No. El tren sale mañana por la noche. Pero sabía que no me abrirías la puerta si me presentaba allí.
Ayame se mordió el labio inferior, pero no respondió. Y su silencio fue una confirmación contundente de las palabras de su hermano. En realidad, Kōri no había tenido la culpa de nada ni tenía razones para estar enfadada con él. Todo lo que había sucedido había sido con sus padres, como muy lejos podía extender lejanos rencores hacia Daruu. ¿Pero Kōri? Quizás muy en el fondo era consciente de ello, quizás por esa misma razón había acudido a su llamada a medianoche.
—¿Tienes los papeles de chakra entonces?
—Sí...
—Y sabes como funcionan, ¿verdad?
—Sí...
—¿Cómo?
Ayame torció el gesto. Kōri le estaba tirando de la lengua, obligándola a hablar. Y lo último de lo que tenía ganas era, precisamente, de hablar. Pero Kōri mantenía su mutis, y Ayame sabía bien que no volvería a hablar hasta que ella lo hiciera. Aunque pasaran las horas. Al final tuvo que resignarse:
—Se sujeeeeeta con la punta de los dedos y se le apliiiica una mínima cantidad de chaaaakra —respondió, con absoluta y exagerada desgana—. El papel reacciona de inmediato, y su efecto es diferente para cada naturaleza de chakra.
—¿Y cuáles son esos efectos?
—¿Estamos en un examen o qué? —protestó Ayame, indignada.
Pero Kōri la obsequió con un gélido silencio, y la kunoichi se sintió inmediatamente avergonzada.
—Lo... lo siento... —murmuró agachando la cabeza con las mejillas encendidas—. Para el Suiton se moja, con el Katon se prende fuego, con el Doton se reduce a polvo, con el Fūton se corta y con el Raiton se arruga.
—Eso es.
—Pero Kōri, ¿para qué necesito una segunda naturaleza? ¡Yo soy el Agua! ¡Me desenvuelvo a la perfección con ella!
—Pero no puedes utilizar ese agua cuando te enfrentas a otros usuarios de Doton o de Raiton, ¿no es así? —contraatacó él—. Está claro que no vas a dorminar una segunda naturaleza enseguida, hermanita, pero es buena idea que comiences a practicar con ella. Y para ello, primero debemos descubrir cuál es.
Ayame calló durante algunos segundos, indecisa, y se balanceó sobre sí misma, agarrándose los tobillos.
—Bueno... probaré a ver... —accedió, aunque aún no estaba del todo convencida. Entonces alzó la cabeza, clavando sus ojos en los de aquel parpadeante holograma que ni siquiera tenía los rasgos de su hermano—. Tú... ¿Sabes cuál podría ser mi segunda naturaleza?
—No quiero sugestionarte de ninguna manera. Quiero que lo descubras por ti misma.
Pero estaba claro que sí se hacía una idea al respecto. De hecho, sería una de las pocas cosas que, como su hermano y su sensei, podría llegar a enseñarle de estar en lo cierto.
—Ya... —Ayame volvió a agachar la cabeza, compungida.
—Entrena todos los días. Y hablemos todos los días a la medianoche. Así puedes contarme qué tal vas, y si tienes alguna duda.
Ayame asintió en silencio.
—Una última cosa —añadió Kōri—. No te enfades demasiado con padre.
—¡Bah! —resopló Ayame, de nuevo irritada. ¿Por qué tenía que encender de nuevo esas ascuas?—. ¡Estoy harta! ¡Harta de todos! ¿Tenían que montar un numerito así? ¿Por qué no podíamos comer en paz?
—Ayame...
Pero Ayame no fue capaz de contenerse por más tiempo. Y estalló como una verdadera olla de vapor puesta al fuego:
—¡Y encima no vinisteis a verme al hospital! ¡Desperté allí sola! ¡¿Tan poco os importo?! —gritaba, haciendo aspavientos al aire y con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Estoy harta de las discusiones! ¡Harta de las tensiones! ¡Harta de las decepciones! ¿Qué me llevé cuando recibí esta placa dorada? ¡UNA MALDITA REGAÑINA DE POR QUÉ HABÍA LIBERADO A KOKUŌ! ¡ESO ME LLEVÉ! ¡Después de jugarme el cuello por traer de vuelta a Kaido! ¡Después de jugarme la libertad contándoselo a Yui-sama! ¡Nadie se alegró por mí! ¡Ni siquiera Daruu lo celebró conmigo! ¡Sólo Uchiha Datsue pareció alegrarse de que me ascendieran! ¡Precisamente él! ¡El que me había estado haciendo la vida imposible! ¿Qué clase de ironía del destino es esa, eh? ¡No os importo! ¡No os importo a ninguno!
Por suerte Kōri era una auténtica muralla de hielo, tan sólida que era capaz de resistir los envites del ardiente fuego de Ayame:
—Sé que no piensas eso de verdad, Ayame —le espetó Kōri, más frío y calmado que nunca—. No después de luchar contra padre y que al fin te reconociera. No después de todo lo que ha hecho Daruu por ti. No después de que yo esté aquí, hablando contigo, ayudándote a mejorar como kunoichi.
Ayame volvió a morderse el labio, sollozando:
—Entonces... ¿por qué...?
La silueta de Kōri pareció inclinarse sobre ella.
—No tengo respuestas para todo, mucho menos para la vida que compartís Daruu y tú. Pero sé lo que piensa padre, sé cómo se sintió cuando te vio combatir en el torneo. Y no fue decepción, Ayame. Ni siquiera cuando caíste. Bueno, dejando a un lado ese numerito que montasteis los dos —añadió, ladeando la cabeza—. Quisimos ir a verte al hospital, pero seguías inconsciente y los médicos no nos dejaron entrar. Decidimos esperar en una cafetería cercana, y cuando intentamos volver, tú ya habías salido de la habitación. No hay nada más, Ayame. Lo sabes. No dejes que el fuego de la rabia te ciegue.
La pobre Ayame agachó la cabeza, incapaz de contener las lágrimas por más tiempo.
—Piensa sobre todo esto. E infórmame de los progresos que vayas haciendo con los papeles de chakra. Estaremos en contacto.
—S... Sí... —asintió varias veces con la cabeza.
La silueta de Kōri se desvaneció como si nunca hubiese estado allí, y Ayame volvió a quedarse sola. Y se sintió más sola que nunca. Se derrumbó en la cama y se abrazó a la almohada, llorando sin control ninguno. En algún momento de la noche fue el sueño el que la venció, envolviéndola y arrastrándola con suavidad al mundo de los sueños.

![[Imagen: kQqd7V9.png]](https://i.imgur.com/kQqd7V9.png)