14/01/2016, 13:51
Inmerso en su mapa clandestino, el tiburón intentaba discernir si finalmente, ese tercer puente era el indicado para encontrar el sendero que le llevaría de una vez por todas a la entrada de la isla misteriosa. Era un tanto difícil con tan rudimentario bosquejo para guiarse, pero luego de un par de minutos con toda su atención el el croquis y siguiendo un par de trazos con el dedo sobre la hoja, logró darse cuenta que en realidad no estaba tan lejos como pensaba.
Subió la cabeza en súbito y dio un vistazo más adelante, al otro lado del sendero que se erguía firme en forma de puente. Buscaba una marca que según el mercader, era forma más fiable de darse cuenta de qué tan cerca se está del inminente peligro que representaba esa separación con el Bosque de Azur.
Sus ojos encontraron los kanjis. Un claro y legible: "No cruzar" yacía escrito en una señalización que había pasado desapercibida por un par de ramas que la cubrían.
«¿Vaya elocuencia la de esta gente» —meditó. Había que tener muy poca fuerza de voluntad para hacer caso realmente a tan patético aviso.
Dispuesto a terminar con la tortura, Kaido puso un pie en el puente con toda la disposición de cruzar de una vez por todas. Pero antes de poder poner ambas piernas sobre la madera, cuyos primeros peldaños parecían rechinar por la vejez; la voz de un joven se abrió paso y le obligó a detener su avance. Llegó a pensar que se trataba de un guardia, aunque una vez su interlocutor terminase su intervención, descartaría esa idea.
Se trataba de un simple muchacho, contemporáneo a su propia edad. De cabellos negros, ojos azabache y una pinta de pseudo-samurai que molaba un poco. Percibió la flamante sonrisa que esgrimaba el muchacho en su rostro y Kaido no pudo evitar hacer lo mismo, aunque la suya tendría mayor impacto, teniendo en cuenta la hilera de cuchillas que se asomaron cuando volteó la cabeza.
—¡Buenos días! —argumentó el desconocido a modo de introducción. Kaido replicó con una mirada de pocos amigos, el ceño fruncido y un detallado vistazo de arriba a abajo, que aunado al rotundo silencio de su parte, seguro daba mala espina. Luego hizo contacto visual y lo mantuvo durante todo momento — ¿De vuelta del bosque?
—No. El bosque se hace más profundo si vas en esta dirección —argumentó, señalando su norte—. la diversión ha de estar más adelante.
El gyojin volteó de nuevo la mirada y se fijó nuevamente en el cartel. También lo señaló, por si su acompañante no podía verlo desde su posición.
—Aunque si eres un tipo cauteloso, te quedarás detrás de este puente, porque cruzando ese cartel de allá está la entrada a la famosa isla misteriosa. Ya sabes, de la que nadie regresa una vez estés dentro.
Lo curioso de aquel comentario es que, por mal que sonase aquella afirmación, el tono con el que hablaba el shinobi de Amegakure era como si él tuviese toda la intención de extender su viaje hasta más allá de la seguridad que Azur le ofrecía.
¿Habría algo que evitase que tomara la fatal decisión de pasar el Umbral hacia lo desconocido, o era su destino averiguar lo que había al otro lado del mismo?
Subió la cabeza en súbito y dio un vistazo más adelante, al otro lado del sendero que se erguía firme en forma de puente. Buscaba una marca que según el mercader, era forma más fiable de darse cuenta de qué tan cerca se está del inminente peligro que representaba esa separación con el Bosque de Azur.
Sus ojos encontraron los kanjis. Un claro y legible: "No cruzar" yacía escrito en una señalización que había pasado desapercibida por un par de ramas que la cubrían.
«¿Vaya elocuencia la de esta gente» —meditó. Había que tener muy poca fuerza de voluntad para hacer caso realmente a tan patético aviso.
Dispuesto a terminar con la tortura, Kaido puso un pie en el puente con toda la disposición de cruzar de una vez por todas. Pero antes de poder poner ambas piernas sobre la madera, cuyos primeros peldaños parecían rechinar por la vejez; la voz de un joven se abrió paso y le obligó a detener su avance. Llegó a pensar que se trataba de un guardia, aunque una vez su interlocutor terminase su intervención, descartaría esa idea.
Se trataba de un simple muchacho, contemporáneo a su propia edad. De cabellos negros, ojos azabache y una pinta de pseudo-samurai que molaba un poco. Percibió la flamante sonrisa que esgrimaba el muchacho en su rostro y Kaido no pudo evitar hacer lo mismo, aunque la suya tendría mayor impacto, teniendo en cuenta la hilera de cuchillas que se asomaron cuando volteó la cabeza.
—¡Buenos días! —argumentó el desconocido a modo de introducción. Kaido replicó con una mirada de pocos amigos, el ceño fruncido y un detallado vistazo de arriba a abajo, que aunado al rotundo silencio de su parte, seguro daba mala espina. Luego hizo contacto visual y lo mantuvo durante todo momento — ¿De vuelta del bosque?
—No. El bosque se hace más profundo si vas en esta dirección —argumentó, señalando su norte—. la diversión ha de estar más adelante.
El gyojin volteó de nuevo la mirada y se fijó nuevamente en el cartel. También lo señaló, por si su acompañante no podía verlo desde su posición.
—Aunque si eres un tipo cauteloso, te quedarás detrás de este puente, porque cruzando ese cartel de allá está la entrada a la famosa isla misteriosa. Ya sabes, de la que nadie regresa una vez estés dentro.
Lo curioso de aquel comentario es que, por mal que sonase aquella afirmación, el tono con el que hablaba el shinobi de Amegakure era como si él tuviese toda la intención de extender su viaje hasta más allá de la seguridad que Azur le ofrecía.
¿Habría algo que evitase que tomara la fatal decisión de pasar el Umbral hacia lo desconocido, o era su destino averiguar lo que había al otro lado del mismo?
