5/06/2021, 17:02
La piedra y la nieve sepultó la encrucijada frente a Hammer, quien, molesto, clavó la punta del mango de su martillo en el suelo tan fuerte que socavó un agujero.
—Hmm. —En contraste con su corpulento y tosco aspecto, Hammer no era un hombre de exacerbadas expresiones, de injurias verbales, o de violentas decisiones. Tenía la piel oscura, el pelo corto y de color negro, los ojos de un extraño color violeta. Tres pendientes de plata adornaban su oreja izquierda. Su nariz era gruesa, su mandíbula angulosa, y su altura descomunal. Casi dos metros de hombre. Casi tan ancho como un Akimichi, pero era todo músculo.
En contraste con su corpulento y tosco aspecto, y contra todo prejuicio, Hammer no era un hombre de exacerbadas expresiones, de injurias verbales, o de violentas decisiones. Por eso, cuando extendió la mano izquierda hacia el derrumbe que obstaculizaba el camino entre él y sus objetivos, y una persistente voz interior le ordenó lanzar una bijūdama, él supo mejor y se cuidó de decir, alto y claro: no.
Podría haberle explicado sus razones, pero no lo hizo, pues Kurama jamás le escucharía en aquél estado. Sin embargo, como siempre hacía, como supo que haría, el Nueve Colas respetó la decisión.
Y así siguió mascullendo mientras Hammer se daba la vuelta y asumía que tarde o temprano tendría que emplear su martillo. Lo sopesó en ambas manos, respiró hondo, y se hizo una idea de su peso y de su forma. De su textura, del agarre. Se preparó.
Solo sería cuestión de tiempo. Como siempre.
Y allí estarían ellos.
Frente a ellos quedó un pasillo, largo, con dos puertas a ambos lados. Aquél endemoniado lugar parecía un laberinto. Al fondo: unas escaleras. ¿Les llevarían a las calles de Yukio, quizás?
Cada paso era como lanzar un dado. Solo sería cuestión de tiempo. Como siempre.
Y sacarían el peor resultado.
—Hmm. —En contraste con su corpulento y tosco aspecto, Hammer no era un hombre de exacerbadas expresiones, de injurias verbales, o de violentas decisiones. Tenía la piel oscura, el pelo corto y de color negro, los ojos de un extraño color violeta. Tres pendientes de plata adornaban su oreja izquierda. Su nariz era gruesa, su mandíbula angulosa, y su altura descomunal. Casi dos metros de hombre. Casi tan ancho como un Akimichi, pero era todo músculo.
En contraste con su corpulento y tosco aspecto, y contra todo prejuicio, Hammer no era un hombre de exacerbadas expresiones, de injurias verbales, o de violentas decisiones. Por eso, cuando extendió la mano izquierda hacia el derrumbe que obstaculizaba el camino entre él y sus objetivos, y una persistente voz interior le ordenó lanzar una bijūdama, él supo mejor y se cuidó de decir, alto y claro: no.
Podría haberle explicado sus razones, pero no lo hizo, pues Kurama jamás le escucharía en aquél estado. Sin embargo, como siempre hacía, como supo que haría, el Nueve Colas respetó la decisión.
Y así siguió mascullendo mientras Hammer se daba la vuelta y asumía que tarde o temprano tendría que emplear su martillo. Lo sopesó en ambas manos, respiró hondo, y se hizo una idea de su peso y de su forma. De su textura, del agarre. Se preparó.
Solo sería cuestión de tiempo. Como siempre.
Y allí estarían ellos.
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Frente a ellos quedó un pasillo, largo, con dos puertas a ambos lados. Aquél endemoniado lugar parecía un laberinto. Al fondo: unas escaleras. ¿Les llevarían a las calles de Yukio, quizás?
Cada paso era como lanzar un dado. Solo sería cuestión de tiempo. Como siempre.
Y sacarían el peor resultado.