21/07/2021, 23:15
Aquella sensación de impotencia era peor que estar encarcelada. Ayame había terminado por levantarse, y ahora daba vueltas a la habitación como un león enjaulado. No se atrevía a salir de su habitación, no tenía valor suficiente para volver a mirar a su familia a la cara después de lo que había hecho, pero no soportaba la idea de no hacer nada mientras Yui...
Mientras Amekoro Yui...
Mientras La Tormenta...
Con un gemido cargado de angustia, Ayame volvió a enredar los dedos entre sus cabellos. Y no pudo aguantar por más tiempo. Aquella fue la única vez que echó de menos tener a mano una de esas condenadas pastillas regeneradoras de chakra. Con manos temblorosas, se llevó el pulgar a la boca y volvió a clavarse el colmillo para hacer brotar sangre con la que dibujaría el símbolo de la luna sobre la mesa de su escritorio. Después, de la forma más silenciosa que pudo, abrió lentamente la ventana y se aupó en el alféizar. El sol seguía brillando en lo alto, como si se estuviera burlando de su desgracia. Ayame tuvo que utilizar la caminata vertical para colgarse de la pared y volver a cerrar tras de sí, y después trepó hasta la azotea del edificio.
«Señorita, ¿qué está...?»
—No puedo quedarme de brazos cruzados —respondió en voz alta, como solía hacer. Sobre todo cuando estaba tan nerviosa como en aquellos momentos—. No puedo, Kokuō.
Sus manos se entrelazaron con toda la presteza que fue capaz de reunir, y entonces plantó la mano ensangrentada en el suelo. Un súbito estallido de humo se produjo bajo su cuerpo, la envolvió, y entonces un cuerpo enorme y emplumado la alzó en vuelo. Un esplendoroso halcón peregrino de unos seis metros de envergadura alar.
—¿Ayame? ¡Cuánto tiem...!
—¡No hay tiempo, Takeshi! —exclamó, entre resonados jadeos de agotamiento. No le importó: ya recuperaría fuerzas durante el viaje—. ¡Vuela! ¡Vuela lo más rápido que puedas al norte! ¡A Yukio!
«¿¡Qué está haciendo!? ¡¡Es una locura!!»
Lo sabía. Y también sabía que era un gesto inútil, que no llegaría a tiempo. Pero si había una mínima oportunidad, una mínima posibilidad de llegar a tiempo y traerla de vuelta... Ayame tenía que intentarlo. No podía abandonarla en aquellas tierras heladas perdidas de la mano de Amenokami.
Sólo así podría enmendar alguno de sus múltiples errores.
Mientras Amekoro Yui...
Mientras La Tormenta...
* Mérito Defensor activado *
Con un gemido cargado de angustia, Ayame volvió a enredar los dedos entre sus cabellos. Y no pudo aguantar por más tiempo. Aquella fue la única vez que echó de menos tener a mano una de esas condenadas pastillas regeneradoras de chakra. Con manos temblorosas, se llevó el pulgar a la boca y volvió a clavarse el colmillo para hacer brotar sangre con la que dibujaría el símbolo de la luna sobre la mesa de su escritorio. Después, de la forma más silenciosa que pudo, abrió lentamente la ventana y se aupó en el alféizar. El sol seguía brillando en lo alto, como si se estuviera burlando de su desgracia. Ayame tuvo que utilizar la caminata vertical para colgarse de la pared y volver a cerrar tras de sí, y después trepó hasta la azotea del edificio.
«Señorita, ¿qué está...?»
—No puedo quedarme de brazos cruzados —respondió en voz alta, como solía hacer. Sobre todo cuando estaba tan nerviosa como en aquellos momentos—. No puedo, Kokuō.
Sus manos se entrelazaron con toda la presteza que fue capaz de reunir, y entonces plantó la mano ensangrentada en el suelo. Un súbito estallido de humo se produjo bajo su cuerpo, la envolvió, y entonces un cuerpo enorme y emplumado la alzó en vuelo. Un esplendoroso halcón peregrino de unos seis metros de envergadura alar.
—¿Ayame? ¡Cuánto tiem...!
—¡No hay tiempo, Takeshi! —exclamó, entre resonados jadeos de agotamiento. No le importó: ya recuperaría fuerzas durante el viaje—. ¡Vuela! ¡Vuela lo más rápido que puedas al norte! ¡A Yukio!
«¿¡Qué está haciendo!? ¡¡Es una locura!!»
Lo sabía. Y también sabía que era un gesto inútil, que no llegaría a tiempo. Pero si había una mínima oportunidad, una mínima posibilidad de llegar a tiempo y traerla de vuelta... Ayame tenía que intentarlo. No podía abandonarla en aquellas tierras heladas perdidas de la mano de Amenokami.
Sólo así podría enmendar alguno de sus múltiples errores.