23/07/2021, 02:38
(Última modificación: 23/07/2021, 02:47 por Uchiha Datsue. Editado 2 veces en total.)
El sol se había escondido ya tras el horizonte cuando tres águilas descendieron en silencio desde el cielo. Las estrellas, únicas espectadoras de aquel momento, contemplaron cómo las tres aves se colaban entre dos montañas y divagaban por el aire hasta encontrar una abertura en una pared escarpada y vertical, que parecía descender al abismo. Allí se encontraba una suerte de cueva, de muy difícil acceso si no eras capaz de volar, y todavía más complicada de encontrar.
Estaba situada en la parte externa de la Cordillera de los Dojos, un lugar apacible y tranquilo, y con una quietud que normalmente tan solo era interrumpida por algún animal nocturno.
Hasta aquel momento.
Uchiha Zaide saltó al interior de la cueva y despejó una mesa de pergaminos y anotaciones. Llevaba hospedado allí desde hacía tan solo unos días, y gracias al fūinjutsu se había permitido una serie de comodidades que, de lo contrario, sería imposible de poseer. Comodidades nada locas. Una de ellas, la propia mesa. Luego un colchón mohoso y roñoso. Cacerolas. Mudas. Y alguna que otra cosa.
Creó un clon para llevarse a Yota, esposado, a otro sitio. Aquella cueva era lo suficientemente grande como para perderse en ella, y Zaide había encontrado un sitio estupendo para llevar a cabo su pequeño interrogatorio. No obstante, ahora lo importante era Daigo. Tenía que inspeccionar su herida o corría el riesgo de que se le muriese. Dejó que las aves se esfumasen en una nube de humo blanco tras felicitarlas por el trabajo hecho, y pensó en cómo ocuparse de aquel desgraciado atrapado en unas telas.
—No solo tengo que pensar en cómo salvarte, tengo que pensar en cómo hacer para que no me obligues a matarte.
Activó el Sharingan. Sabía que el muchacho estaba en las últimas, que escuchaba los cantos de Izanami llamándole entre sueños y que podría morir de un bofetón. Pero no importaba. Aquel tío estaba loco y era capaz de joderle si le daba una sola oportunidad.
Daigo fue recobrando la conciencia poco a poco. Estaba tirado en una mesa, y quizá notase que no llevaba ropa puesta salvo por los calzones. Quizá, porque su mente tenía cosas más apremiantes a las que prestar atención. Como por ejemplo, un dolor lacerante como nunca había sentido en la cadera. Supo que le habían puesto algo encima de ella. Algo frío: nieve.
Y sus piernas… Oh, sus piernas. ¿Estaban allí? Porque si era así...
Si era así...
...no las sentía.
Un fuego ardía sobre unos leños a unos cuantos metros de distancia, iluminando el interior de una cueva y tiñendo su alrededor de sombras danzarinas. Frente a él se encontraba Uchiha Zaide. Tenía el Sharingan brillando en su ojo sano, y ese ojo en concreto no le quitaba la vista de encima. A él y a sus manos, que las tenía sueltas. Sus manos sí que las sentía. Podía moverlas. Podía ejecutar sellos, si quería.
Si quería, Daigo podía volver a liarla. Si quería, Daigo podía volver a enfrentarse a su enemigo.
Quizá fuese una locura por parte de Zaide pensar que Daigo no cometería una nueva locura. Dejarle sin esposar era una en sí misma, desde luego. Pero solo tenía unas esposas —de hecho ni siquiera eran suyas—, y, puestos a esposar a alguien, prefería hacerlo con Yota. Lo veía menos impulsivo y con menor riesgo a cometer una insensatez, y eso lo volvía más peligroso. Porque, cuando la hiciese, si la hacía, sería porque verdaderamente estaba preparado para llevarla a cabo.
Llegados a aquel punto, a Zaide solo le quedó hacer una pregunta, seguramente la más importante de todas.
—Chico —empezó, franco, sin trucos—. ¿Tú quieres vivir?
1 AO
Estaba situada en la parte externa de la Cordillera de los Dojos, un lugar apacible y tranquilo, y con una quietud que normalmente tan solo era interrumpida por algún animal nocturno.
Hasta aquel momento.
Uchiha Zaide saltó al interior de la cueva y despejó una mesa de pergaminos y anotaciones. Llevaba hospedado allí desde hacía tan solo unos días, y gracias al fūinjutsu se había permitido una serie de comodidades que, de lo contrario, sería imposible de poseer. Comodidades nada locas. Una de ellas, la propia mesa. Luego un colchón mohoso y roñoso. Cacerolas. Mudas. Y alguna que otra cosa.
Creó un clon para llevarse a Yota, esposado, a otro sitio. Aquella cueva era lo suficientemente grande como para perderse en ella, y Zaide había encontrado un sitio estupendo para llevar a cabo su pequeño interrogatorio. No obstante, ahora lo importante era Daigo. Tenía que inspeccionar su herida o corría el riesgo de que se le muriese. Dejó que las aves se esfumasen en una nube de humo blanco tras felicitarlas por el trabajo hecho, y pensó en cómo ocuparse de aquel desgraciado atrapado en unas telas.
—No solo tengo que pensar en cómo salvarte, tengo que pensar en cómo hacer para que no me obligues a matarte.
Activó el Sharingan. Sabía que el muchacho estaba en las últimas, que escuchaba los cantos de Izanami llamándole entre sueños y que podría morir de un bofetón. Pero no importaba. Aquel tío estaba loco y era capaz de joderle si le daba una sola oportunidad.
Daigo fue recobrando la conciencia poco a poco. Estaba tirado en una mesa, y quizá notase que no llevaba ropa puesta salvo por los calzones. Quizá, porque su mente tenía cosas más apremiantes a las que prestar atención. Como por ejemplo, un dolor lacerante como nunca había sentido en la cadera. Supo que le habían puesto algo encima de ella. Algo frío: nieve.
Y sus piernas… Oh, sus piernas. ¿Estaban allí? Porque si era así...
Si era así...
...no las sentía.
Un fuego ardía sobre unos leños a unos cuantos metros de distancia, iluminando el interior de una cueva y tiñendo su alrededor de sombras danzarinas. Frente a él se encontraba Uchiha Zaide. Tenía el Sharingan brillando en su ojo sano, y ese ojo en concreto no le quitaba la vista de encima. A él y a sus manos, que las tenía sueltas. Sus manos sí que las sentía. Podía moverlas. Podía ejecutar sellos, si quería.
Si quería, Daigo podía volver a liarla. Si quería, Daigo podía volver a enfrentarse a su enemigo.
Quizá fuese una locura por parte de Zaide pensar que Daigo no cometería una nueva locura. Dejarle sin esposar era una en sí misma, desde luego. Pero solo tenía unas esposas —de hecho ni siquiera eran suyas—, y, puestos a esposar a alguien, prefería hacerlo con Yota. Lo veía menos impulsivo y con menor riesgo a cometer una insensatez, y eso lo volvía más peligroso. Porque, cuando la hiciese, si la hacía, sería porque verdaderamente estaba preparado para llevarla a cabo.
Llegados a aquel punto, a Zaide solo le quedó hacer una pregunta, seguramente la más importante de todas.
—Chico —empezó, franco, sin trucos—. ¿Tú quieres vivir?
1 AO
![[Imagen: Uchiha-Zaide-eyes2.png]](https://i.ibb.co/gwnNShR/Uchiha-Zaide-eyes2.png)