22/01/2016, 03:25
El muchacho respondió con poca inquietud a la realidad que se escondía detrás del penoso cartel que advertía a los viajeros del peligro venidero.
Dijo no ser el más cauteloso de los hombres y que por esa razón se encontraba allí en primer lugar, alegando tener toda la intención de hacer frente al peligro que suponía cruzar aquel mítico puente. Kaido refutó su intervención con una morisqueta y torció los labios antes de contestar.
—Lo que nos ha traído hasta este lugar ha sido la curiosidad, amigo mío. No sabrás realmente si eres un tipo cauteloso hasta que decidas lo que harás llegado este punto. Ya sabes: ¿cruzar o no cruzar?
La sonrisa le invadió el rostro nuevamente.
»he allí el dilema...
Luego volteó hacia la dirección que podría acabar con sus vidas de forma prematura, movimiento que el gyojin imitó de forma calcada. Incluso volcó la mirada hacia el otro extremo del puente y se debatió internamente con la interrogante del shinobi acerca de la ausencia de los guardias, quienes debían estar protegiendo la entrada a la isla misteriosa.
«Quizás están en su hora de descanso o...»
Su dubitativa se vio interrumpida una vez más por el pelinegro, o eso pensaba él. Ya que fue en un principio un escalofriante murmullo, tan tenue como imperceptible para quienes no conocen el temor, lo que le distrajo. Los pocos vellos de sus brazos parecieron cobrar vida y un ligero temblor recorrió su azulado cuerpo.
Sintió temor. Aunque luchaba fervientemente por ocultarlo.
—Sí, suena como si se estuviesen divirtiendo allí adentro. Mejor entremos antes de que acabe la fiesta, ¿te parece?
Sin esperar respuesta, Kaido movió las piernas y llevó su despreocupado trasero hasta las primeras tablillas del puente. El "no cruzar" plasmado en el cartel había desaparecido completamente de su vista y lo que él consideraba valentía —cuando en realidad se trataba de estupidez— tomó el control de sus acciones, obligándole a avanzar hacia el umbral de lo desconocido.
Pero antes de poder continuar su camino, un eco retumbó en los oídos de los presentes.
Y una ráfaga de aire lo suficientemente fuerte impactó el estómago del tiburón, devolviéndolo a cuestas a lado de su nuevo colega de aventuras. Adolorido, miró al pelinegro visiblemente ofuscado y se permitió juzgarle con la mirada, preguntándose si había sido él quien estaba detrás de semejante treta.
—Joder, como duele.
Dijo no ser el más cauteloso de los hombres y que por esa razón se encontraba allí en primer lugar, alegando tener toda la intención de hacer frente al peligro que suponía cruzar aquel mítico puente. Kaido refutó su intervención con una morisqueta y torció los labios antes de contestar.
—Lo que nos ha traído hasta este lugar ha sido la curiosidad, amigo mío. No sabrás realmente si eres un tipo cauteloso hasta que decidas lo que harás llegado este punto. Ya sabes: ¿cruzar o no cruzar?
La sonrisa le invadió el rostro nuevamente.
»he allí el dilema...
Luego volteó hacia la dirección que podría acabar con sus vidas de forma prematura, movimiento que el gyojin imitó de forma calcada. Incluso volcó la mirada hacia el otro extremo del puente y se debatió internamente con la interrogante del shinobi acerca de la ausencia de los guardias, quienes debían estar protegiendo la entrada a la isla misteriosa.
«Quizás están en su hora de descanso o...»
Su dubitativa se vio interrumpida una vez más por el pelinegro, o eso pensaba él. Ya que fue en un principio un escalofriante murmullo, tan tenue como imperceptible para quienes no conocen el temor, lo que le distrajo. Los pocos vellos de sus brazos parecieron cobrar vida y un ligero temblor recorrió su azulado cuerpo.
Sintió temor. Aunque luchaba fervientemente por ocultarlo.
—Sí, suena como si se estuviesen divirtiendo allí adentro. Mejor entremos antes de que acabe la fiesta, ¿te parece?
Sin esperar respuesta, Kaido movió las piernas y llevó su despreocupado trasero hasta las primeras tablillas del puente. El "no cruzar" plasmado en el cartel había desaparecido completamente de su vista y lo que él consideraba valentía —cuando en realidad se trataba de estupidez— tomó el control de sus acciones, obligándole a avanzar hacia el umbral de lo desconocido.
Pero antes de poder continuar su camino, un eco retumbó en los oídos de los presentes.
¡NO!
Y una ráfaga de aire lo suficientemente fuerte impactó el estómago del tiburón, devolviéndolo a cuestas a lado de su nuevo colega de aventuras. Adolorido, miró al pelinegro visiblemente ofuscado y se permitió juzgarle con la mirada, preguntándose si había sido él quien estaba detrás de semejante treta.
—Joder, como duele.
