15/08/2021, 23:54
Setsuhane alzó el vuelo y remontó la tormenta. Su cuerpo se difuminó rápidamente entre las nubes blanquecinas y los copos de nieve mientras recortaba la distancia que le separaba del pueblo de Yukio. Allí tuvo que aminorar la velocidad y entrecerró los ojos. El pueblo se había convertido en un destacamento militar, con shinobi por todas partes. Sin embargo, lo que le llamó más la atención fue aquel cráter, sobre el que se había levantado una especie de plataforma cristalina de color azabache. El halcón comenzó a volar en círculos sobre él, con las alas completamente extendidas. Fue allí donde le vio, de pie sobre la tarima, destacando sobre el resto de shinobi que se encontraban allí a modo de público, junto a una silla donde reposaba Amekoro Yui, esposada y amordazada.
Y entonces sintió que un desagradable escalofrío le recorría de arriba a abajo, poniéndole las plumas de punta. Y no era por el frío. El instinto le gritaba a voces que se largara de allí volando, pero Setsuhane tenía una misión que cumplir. Y él nunca fallaba un cometido.
—Esto no me gusta... No me gusta nada, Ayame.
Al otro lado, Ayame escuchaba llena de ansiedad. Y a medida que las descripciones de Setsuhane llegaban hasta sus oídos, su rostro iba palideciendo cada vez más. Al final, se vio obligada a sentarse en una de las butacas del vagón, temblando incontrolablemente.
—Yukio... Yukio está tomada. Hay ninjas por todas partes —Comenzó a relatar, sintiendo la garganta tan seca como si no hubiese bebido nada de agua durante las últimas semanas—. Hay un cráter en un extremo del pueblo. Y sobre él han levantado una especie de tarima, o escenario, o algo así. Con unos veinte ninjas a su alrededor. Y sobre ella... sobre ella... —Ayame se llevó una mano a los ojos, respirando entrecortadamente—. Sobre ella está Amekoro Yui, atada a una silla y amordazada...
Pero eso no era lo peor. Lo peor estaba sobre aquella tarima, acompañando a su anterior Arashikage.
«Está aquí, señorita.»
«Lo sé...»
—Junto a ella hay un hombre. Con una katana. Parece estar esperándonos... Es... Es...
»Es Kurama.
La sentencia cayó como un jarro de agua helada. Ayame tragó grueso, pero era como si tuviera un erizo atascado en la garganta. Estaban entre la espada y la pared. No había manera de entrar en Yukio sin ser detectados, y Kurama ejecutaría a Yui al menor indicio de revuelo. ¿Qué debía hacer en una situación así? Entrelazó las manos con fuerza, con tanta fuerza que sus dedos crearon surcos blancos en sus dorsos. Se le llenaron los ojos de lágrimas, porque cualquier solución que se le pudiera ocurrir, pasaba siempre por el mismo lugar.
Enterró la cara entre las manos, resollando, resoplando. Sentía que le iba a estallar la cabeza. Sentía que sus entrañas ardían como un volcán.
En ausencia de la Tormenta y de la Arashikage, ella era la autoridad allí. Tenía el deber de protegerlos a todos. A todos los que se encontraban en el ferrocarril. A todos los que seguían en Amegakure. A Yui. A su familia. A Daruu. A Kiroe. A todos.
Y para ello...
—Voy a entregarme.
Y entonces sintió que un desagradable escalofrío le recorría de arriba a abajo, poniéndole las plumas de punta. Y no era por el frío. El instinto le gritaba a voces que se largara de allí volando, pero Setsuhane tenía una misión que cumplir. Y él nunca fallaba un cometido.
—Esto no me gusta... No me gusta nada, Ayame.
Al otro lado, Ayame escuchaba llena de ansiedad. Y a medida que las descripciones de Setsuhane llegaban hasta sus oídos, su rostro iba palideciendo cada vez más. Al final, se vio obligada a sentarse en una de las butacas del vagón, temblando incontrolablemente.
—Yukio... Yukio está tomada. Hay ninjas por todas partes —Comenzó a relatar, sintiendo la garganta tan seca como si no hubiese bebido nada de agua durante las últimas semanas—. Hay un cráter en un extremo del pueblo. Y sobre él han levantado una especie de tarima, o escenario, o algo así. Con unos veinte ninjas a su alrededor. Y sobre ella... sobre ella... —Ayame se llevó una mano a los ojos, respirando entrecortadamente—. Sobre ella está Amekoro Yui, atada a una silla y amordazada...
Pero eso no era lo peor. Lo peor estaba sobre aquella tarima, acompañando a su anterior Arashikage.
«Está aquí, señorita.»
«Lo sé...»
—Junto a ella hay un hombre. Con una katana. Parece estar esperándonos... Es... Es...
»Es Kurama.
La sentencia cayó como un jarro de agua helada. Ayame tragó grueso, pero era como si tuviera un erizo atascado en la garganta. Estaban entre la espada y la pared. No había manera de entrar en Yukio sin ser detectados, y Kurama ejecutaría a Yui al menor indicio de revuelo. ¿Qué debía hacer en una situación así? Entrelazó las manos con fuerza, con tanta fuerza que sus dedos crearon surcos blancos en sus dorsos. Se le llenaron los ojos de lágrimas, porque cualquier solución que se le pudiera ocurrir, pasaba siempre por el mismo lugar.
Enterró la cara entre las manos, resollando, resoplando. Sentía que le iba a estallar la cabeza. Sentía que sus entrañas ardían como un volcán.
En ausencia de la Tormenta y de la Arashikage, ella era la autoridad allí. Tenía el deber de protegerlos a todos. A todos los que se encontraban en el ferrocarril. A todos los que seguían en Amegakure. A Yui. A su familia. A Daruu. A Kiroe. A todos.
Y para ello...
—Voy a entregarme.