28/09/2021, 00:08
—No han muerto —afirmó Kokuō.
Shanise se sobresaltó al instante, pero luego soltó un respiro de alivio, y cuando Zetsuo intercedió, ella levantó la mano para que el bijū pudiese seguir hablando. Aunque, por supuesto, no pensaba callar por Zetsuo.
—Una humana me ayudó a frenar el tren —continuó, ignorando la mirada del médico—. Yo me aseguré de que no pudieran cambiar de opinión y volvieran hacia el norte. Si todo sale bien, deberían estar de vuelta más temprano que tarde.
—Menos mal... gracias, Kokuō. De cora...
—Lamento su pérdida, Señora Arashikage. Estuve con La Tormenta en esa lucha, pero no pude quedarme a protegerla. Ella... se quedó voluntariamente allí y luchó con honor y fiereza.
Shanise no pudo reprimir el llanto y tuvo que taparse los ojos con el antebrazo para limpiarse las lágrimas. Sorbió por la nariz, y asintió.
—Entonces, haré saber... a toda Amegakure, que... que luchaste junto a ella, que la protegiste. Gr... gracias, Kokuo. De corazón. —Shanise terminó la frase que había empezado antes y se levantó, rascándose los ojos y respirando muy hondo para relajarse—. Sí... Yui fue una estúpida y una imprudente. Una estúpida valiente, que hacía que todos nos volviésemos un poco más imprudentes. Una estúpida a la que amé con toda mi alma. Y la he perdido. He perdido más de la mitad de mi ser... —Shanise miró a Kokuō. Miró a Zetsuo—. Habrá guerra.
»Habrá guerra, y os aseguro que no descansaré hasta que acabemos con la última partícula de ceniza de lo que fue ese hijo de puta cuando hayamos arrasado con llamas y tormentas todo su ejército. O hasta que muera. —Shanise se dio la vuelta y caminó hasta la puerta—. Y cuando descanséis... cualquiera de las dos, venid a verme al despacho. Por favor. Kokuō, cuida de Ayame, por favor. Yo no me sentiría preparada jamás para lo que ella tuvo que ver.
Y no lo estuvo, cuando unos días después del funeral de Yui, recibió su cercenada cabeza de la mano de un ANBU, apenas hubo cedido el sombrero a alguien más y aceptado el cargo de Tormenta. Cuentan que Shanise desapareció por completo durante dos semanas. En la villa se temieron lo peor.
Pero esto sería adelantar demasiado los acontecimientos, y es una historia que no conviene narrar, porque hacerlo sería una deshonra para la imagen de la Eterna Tormenta y de su amante.
Centrémonos en unas horas después, cuando Shanise caminaba bajo la lluvia, a paso lento, sobre la lengua del temible rostro de oni que decoraba la cima de la Torre de la Arashikage y que daba a su despacho. Se deslizó como con unos patines por la rampa que llevaba a la punta ascendente de la lengua, y allí quedó con las piernas cruzadas, de pie, mirando hacia el cielo. Cerraba los párpados con cada gota de lluvia que se interponía en su mirada, pero no le era algo molesto. Ella era una amejin de pura cepa. En el cielo, un rayo hendió una nube y fue absorbido por la punta afilada de un edificio lejano.
—¿Lo oíste, mi dulce Yui? —lloró Shanise—. Las alabanzas del Gobi. Pequeña mía, hasta de un bijū conseguiste respeto. Así fuiste tú. Así fuiste tú... la mejor... siempre, siempre la mejor. —Shanise gritó, impotente y llena de rabia, y lentamente descruzó la pierna derecha y adelantó el pie, que acarició el vacío—. Quisiera tirarme, quisiera tirarme, Yuyu, y acabar con todo esto. Reunirme contigo allá donde te hayas ido. Formar parte de la lluvia, de las nubes de tormenta que rugen allá arriba. Pero sé que no es tan fácil, ¿verdad, Yuyu? —Volvió a poner el pie, firme sobre la lengua, y se tumbó en la curva cóncava del músculo de roca, echándose los brazos detrás de la nuca—. ¿Qué voy a hacer, Yuyu, cuando vuelva a casa, y te huela en mis sábanas, ahora frías e incómodas? ¿Qué voy a hacer sin ti cuando huela tu perfume en tu ropa, abandonada en el armario para siempre? ¿Qué va a ser de mí cuando todas las noches apague la luz y sienta el vacío que hay en mi espalda, cuando tú siempre me rodeabas? ¿Qué será de mí cuando cocine, para nadie más que a para mí misma? Yo no puedo vivir así, mi dulce Yui... ¡Yo no puedo vivir así, joder! —Shanise se llevó las manos a la cara y sollozó—. No puedo vivir así...
Aquella noche, Hōzuki Shanise durmió en el despacho. Pero a la siguiente, cuando los huesos no pudieron más, tuvo que hacerle frente a la verdad.
Volvió a llorar cuando, sin querer, cocinó y puso la mesa para dos.
Y volvió a llorar cientos de veces. Y cientos de voces se unieron a ella, llorando al unísono por la mejor Kage y Tormenta que Amegakure había tenido y que tendría jamás.
Ese fue el fin de Amekoro Yui.
FIN.
Shanise se sobresaltó al instante, pero luego soltó un respiro de alivio, y cuando Zetsuo intercedió, ella levantó la mano para que el bijū pudiese seguir hablando. Aunque, por supuesto, no pensaba callar por Zetsuo.
—Una humana me ayudó a frenar el tren —continuó, ignorando la mirada del médico—. Yo me aseguré de que no pudieran cambiar de opinión y volvieran hacia el norte. Si todo sale bien, deberían estar de vuelta más temprano que tarde.
—Menos mal... gracias, Kokuō. De cora...
—Lamento su pérdida, Señora Arashikage. Estuve con La Tormenta en esa lucha, pero no pude quedarme a protegerla. Ella... se quedó voluntariamente allí y luchó con honor y fiereza.
Shanise no pudo reprimir el llanto y tuvo que taparse los ojos con el antebrazo para limpiarse las lágrimas. Sorbió por la nariz, y asintió.
—Entonces, haré saber... a toda Amegakure, que... que luchaste junto a ella, que la protegiste. Gr... gracias, Kokuo. De corazón. —Shanise terminó la frase que había empezado antes y se levantó, rascándose los ojos y respirando muy hondo para relajarse—. Sí... Yui fue una estúpida y una imprudente. Una estúpida valiente, que hacía que todos nos volviésemos un poco más imprudentes. Una estúpida a la que amé con toda mi alma. Y la he perdido. He perdido más de la mitad de mi ser... —Shanise miró a Kokuō. Miró a Zetsuo—. Habrá guerra.
»Habrá guerra, y os aseguro que no descansaré hasta que acabemos con la última partícula de ceniza de lo que fue ese hijo de puta cuando hayamos arrasado con llamas y tormentas todo su ejército. O hasta que muera. —Shanise se dio la vuelta y caminó hasta la puerta—. Y cuando descanséis... cualquiera de las dos, venid a verme al despacho. Por favor. Kokuō, cuida de Ayame, por favor. Yo no me sentiría preparada jamás para lo que ella tuvo que ver.
Y no lo estuvo, cuando unos días después del funeral de Yui, recibió su cercenada cabeza de la mano de un ANBU, apenas hubo cedido el sombrero a alguien más y aceptado el cargo de Tormenta. Cuentan que Shanise desapareció por completo durante dos semanas. En la villa se temieron lo peor.
Pero esto sería adelantar demasiado los acontecimientos, y es una historia que no conviene narrar, porque hacerlo sería una deshonra para la imagen de la Eterna Tormenta y de su amante.
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Centrémonos en unas horas después, cuando Shanise caminaba bajo la lluvia, a paso lento, sobre la lengua del temible rostro de oni que decoraba la cima de la Torre de la Arashikage y que daba a su despacho. Se deslizó como con unos patines por la rampa que llevaba a la punta ascendente de la lengua, y allí quedó con las piernas cruzadas, de pie, mirando hacia el cielo. Cerraba los párpados con cada gota de lluvia que se interponía en su mirada, pero no le era algo molesto. Ella era una amejin de pura cepa. En el cielo, un rayo hendió una nube y fue absorbido por la punta afilada de un edificio lejano.
—¿Lo oíste, mi dulce Yui? —lloró Shanise—. Las alabanzas del Gobi. Pequeña mía, hasta de un bijū conseguiste respeto. Así fuiste tú. Así fuiste tú... la mejor... siempre, siempre la mejor. —Shanise gritó, impotente y llena de rabia, y lentamente descruzó la pierna derecha y adelantó el pie, que acarició el vacío—. Quisiera tirarme, quisiera tirarme, Yuyu, y acabar con todo esto. Reunirme contigo allá donde te hayas ido. Formar parte de la lluvia, de las nubes de tormenta que rugen allá arriba. Pero sé que no es tan fácil, ¿verdad, Yuyu? —Volvió a poner el pie, firme sobre la lengua, y se tumbó en la curva cóncava del músculo de roca, echándose los brazos detrás de la nuca—. ¿Qué voy a hacer, Yuyu, cuando vuelva a casa, y te huela en mis sábanas, ahora frías e incómodas? ¿Qué voy a hacer sin ti cuando huela tu perfume en tu ropa, abandonada en el armario para siempre? ¿Qué va a ser de mí cuando todas las noches apague la luz y sienta el vacío que hay en mi espalda, cuando tú siempre me rodeabas? ¿Qué será de mí cuando cocine, para nadie más que a para mí misma? Yo no puedo vivir así, mi dulce Yui... ¡Yo no puedo vivir así, joder! —Shanise se llevó las manos a la cara y sollozó—. No puedo vivir así...
Aquella noche, Hōzuki Shanise durmió en el despacho. Pero a la siguiente, cuando los huesos no pudieron más, tuvo que hacerle frente a la verdad.
Volvió a llorar cuando, sin querer, cocinó y puso la mesa para dos.
Y volvió a llorar cientos de veces. Y cientos de voces se unieron a ella, llorando al unísono por la mejor Kage y Tormenta que Amegakure había tenido y que tendría jamás.
Ese fue el fin de Amekoro Yui.
FIN.