15/10/2022, 17:57
Continuaban caminando, y conforme lo hacían la chica respondió a la pregunta del marionetista. Al parecer había invadido su mente una peculiar idea de arma: Una alabarda o una lanza. Quizás era de las primeras veces que escuchaba sobre una kunoichi o shinobi que usase un arma de ese tipo. Lo frecuente eran armas un poco más manipulables, o fáciles de portar y esconder.
—Mmmm me gusta la idea, es algo innovador señorita Moguko.
»¿Y tiene pensado especializarse en el uso de ese arma? ¿O solo será un acompañamiento a otras habilidades?.
Siguieron andando, y andando, y conforme lo hacían podían vislumbrar una gran colina al horizonte. El camino parecía dividirse en dos a mitad de trayecto, quedando un pueblo o aldea a mitad de la ladera, y un segundo pueblo a la falda de la montaña. La aldea que estaba más arriba en general estaba vestida de colores blancos, todos sus edificios libraban una nula batalla por destacar unos sobre otros, y sus tejados eran de tono rojizo. La aldea que estaba en la falda de la montaña sin embargo tenía un pequeño arco de tonalidades diferentes, que iban oscilando desde fachadas blancas a verdes, pasando por azuladas e incluso doradas. En ésta última, un edificio sobresaltaba por encima del resto en altura. Se trataba de un enorme torreón, con una gran campana plateada colgando en lo más alto de la edificación.
—Parece que ya estamos llegando. —Comentó el chico, a sabiendas de que les quedarían escasos 20 minutos para llegar.
Nokoto estaba ya a la vista, y al lado había otro pueblo.
—Mmmm me gusta la idea, es algo innovador señorita Moguko.
»¿Y tiene pensado especializarse en el uso de ese arma? ¿O solo será un acompañamiento a otras habilidades?.
Siguieron andando, y andando, y conforme lo hacían podían vislumbrar una gran colina al horizonte. El camino parecía dividirse en dos a mitad de trayecto, quedando un pueblo o aldea a mitad de la ladera, y un segundo pueblo a la falda de la montaña. La aldea que estaba más arriba en general estaba vestida de colores blancos, todos sus edificios libraban una nula batalla por destacar unos sobre otros, y sus tejados eran de tono rojizo. La aldea que estaba en la falda de la montaña sin embargo tenía un pequeño arco de tonalidades diferentes, que iban oscilando desde fachadas blancas a verdes, pasando por azuladas e incluso doradas. En ésta última, un edificio sobresaltaba por encima del resto en altura. Se trataba de un enorme torreón, con una gran campana plateada colgando en lo más alto de la edificación.
—Parece que ya estamos llegando. —Comentó el chico, a sabiendas de que les quedarían escasos 20 minutos para llegar.
Nokoto estaba ya a la vista, y al lado había otro pueblo.