11/11/2022, 15:50
Ante el torrente de preguntas, la pequeña no pareció demasiado preocupada. Parecía natural, abierta a hablar y decir la verdad. Aunque, nunca se puede dar por hecho que esa fuese la total y absoluta verdad. Por su parte Moguko también intervino, tratando de no estar al margen de la conversación. La pequeña afirmó en un gesto firme de cabeza, aunque con la mirada algo tristona. ¿Quién no lo estaría si su amiga hubiese desaparecido hacía semanas?.
—¡Mirad! —Señaló de pronto al camino. —El señor Tanaka.
Por el sendero viajaba un hombre mayor, de unos setenta años. Arrastraba un rostro bastante cansado, con incontables arrugas. Su piel era morena, y su cabellera y barba eran largas y blancas como la nieve. Sus ojos se mecían de lado a lado del camino, en lo que paso a paso se acercaba hasta la posición de los chicos. Vestía un kimono marrón bastante desgastado, largo y rudimental. Calzaba unos clásicos tabi, que podían ser de madera o de bambú. Tras él había un viejo carromato con una gran lona echada por lo alto, del cuál iba tirando el anciano.
—¡Buenas tardes, señor Tanaka!.
—¡Jié, jié! —Rió el anciano, algo forzado. —Buenas tardes, jovencita. Y jovencitos. —Saludó el hombre.
—Buenas... —Pero la respuesta del chico se vio interrumpida de pronto.
El anciano golpeó con algo, tan dramáticamente que hasta cayó de culo, y con ello el carromato terminó cayendo también. El pobre señor se llevó las manos a la frente, pues fue con lo que golpeó en algún sitio. En apenas unos segundos terminaría con un pequeño hinchazón de la zona, y hasta un enrojecimiento.
—Ayayayayayayai!
—¡La barrera, señor! Siempre se olvida...
El titiritero miró a su compañera, y luego al hombre. Evidentemente, algo no había marchado bien... O bien la chica había dicho toda la verdad, o ese anciano era un actor con derecho a obtener el mejor premio a la interpretación de su puta vida. Quizás lo más evidente era lo verdadero.
—¿Se encuentra bien, señor?.
—¡Mirad! —Señaló de pronto al camino. —El señor Tanaka.
Por el sendero viajaba un hombre mayor, de unos setenta años. Arrastraba un rostro bastante cansado, con incontables arrugas. Su piel era morena, y su cabellera y barba eran largas y blancas como la nieve. Sus ojos se mecían de lado a lado del camino, en lo que paso a paso se acercaba hasta la posición de los chicos. Vestía un kimono marrón bastante desgastado, largo y rudimental. Calzaba unos clásicos tabi, que podían ser de madera o de bambú. Tras él había un viejo carromato con una gran lona echada por lo alto, del cuál iba tirando el anciano.
—¡Buenas tardes, señor Tanaka!.
—¡Jié, jié! —Rió el anciano, algo forzado. —Buenas tardes, jovencita. Y jovencitos. —Saludó el hombre.
—Buenas... —Pero la respuesta del chico se vio interrumpida de pronto.
¡CLOOOONK!
El anciano golpeó con algo, tan dramáticamente que hasta cayó de culo, y con ello el carromato terminó cayendo también. El pobre señor se llevó las manos a la frente, pues fue con lo que golpeó en algún sitio. En apenas unos segundos terminaría con un pequeño hinchazón de la zona, y hasta un enrojecimiento.
—Ayayayayayayai!
—¡La barrera, señor! Siempre se olvida...
El titiritero miró a su compañera, y luego al hombre. Evidentemente, algo no había marchado bien... O bien la chica había dicho toda la verdad, o ese anciano era un actor con derecho a obtener el mejor premio a la interpretación de su puta vida. Quizás lo más evidente era lo verdadero.
—¿Se encuentra bien, señor?.