17/02/2016, 15:16
-¿Estás bien?
La voz sobresaltó a la kunoichi, que se volteó con rapidez para darse cuenta de que no estaba sola. Un chico rubio, aparentemente en forma y luciendo la bandana de Takigakure, había llegado a la plataforma de entrenamiento. Anzu lo observó de arriba a abajo con gesto inquisitivo y, entre tanto, aprovechó para recobrar el aliento. Todavía tenía los puños calientes e hinchados, producto de la paliza que le había dado al muñeco de prácticas, y trató de que no se enfriaran frotándose las manos con fuerza. Tengo el presentimiento de que me van a hacer falta, jé.
-Estaba buscando algún compañero para practicar un poco, no sé si estás dispuesta a tener algún combate amistoso o algo por el estilo -preguntó el chico.
¡Directo al grano! Mi instinto nunca me falla. La kunoichi sonrió ampliamente, precisamente lo que más necesitaba en aquel momento de rabia era poder descargar un poco de adrenalina. Asintió, complacida. Rebuscó en una mochila color caqui que reposaba en el suelo, junto al muñeco de entrenamiento, y sacó una cantimplora.
-¡Claro, eso me vendría de perlas! No me han invitado al Torneo de los Dojos y, la verdad, estoy un poco cabreada. -contestó, para luego beber un largo trago de agua-. Me llamo Anzu. ¿Y tú?
La voz sobresaltó a la kunoichi, que se volteó con rapidez para darse cuenta de que no estaba sola. Un chico rubio, aparentemente en forma y luciendo la bandana de Takigakure, había llegado a la plataforma de entrenamiento. Anzu lo observó de arriba a abajo con gesto inquisitivo y, entre tanto, aprovechó para recobrar el aliento. Todavía tenía los puños calientes e hinchados, producto de la paliza que le había dado al muñeco de prácticas, y trató de que no se enfriaran frotándose las manos con fuerza. Tengo el presentimiento de que me van a hacer falta, jé.
-Estaba buscando algún compañero para practicar un poco, no sé si estás dispuesta a tener algún combate amistoso o algo por el estilo -preguntó el chico.
¡Directo al grano! Mi instinto nunca me falla. La kunoichi sonrió ampliamente, precisamente lo que más necesitaba en aquel momento de rabia era poder descargar un poco de adrenalina. Asintió, complacida. Rebuscó en una mochila color caqui que reposaba en el suelo, junto al muñeco de entrenamiento, y sacó una cantimplora.
-¡Claro, eso me vendría de perlas! No me han invitado al Torneo de los Dojos y, la verdad, estoy un poco cabreada. -contestó, para luego beber un largo trago de agua-. Me llamo Anzu. ¿Y tú?