23/03/2016, 18:45
—Para... ¿ganar el torneo...?
Para su completa estupefacción, Zetsuo soltó una estruendosa carcajada y Ayame volvió a preguntarse cuánto tiempo hacía desde la última vez que le había visto reír de una manera tan sincera.
—Te pareces tanto a tu madre... —dijo, y Ayame sintió una pequeña punzada de dolor al escucharlo. Dolor tanto por su padre, como por sí misma. Sin embargo, casi al instante, Zetsuo sacudió la cabeza y la encaró con aquella mueca férrea y disciplinada a la que ella ya estaba tan acostumbrada.
—Siento no haber podido dar todo de mí en las últimas semanas... —dijo su hija después.
Zetsuo se limitó a negar con la cabeza.
—Si no tuvieras tantos pajaritos y tonterías en la cabeza, no habrías estado así —le espetó, y Ayame volvió a torcer el gesto. ¿Cómo podía llamar "pajaritos y tonterías" al quebradero de cabeza que suponía rememorar una y otra vez que había acabado en una noche con la vida de miles de personas inocentes. Ni siquiera en aquellos momentos se sentía preparada para afrontar esa realidad, y realmente dudaba que algún día pudiera hacerlo—. Quizás lo que más me molesta es que no sueltes prenda ni a tu hermano ni a mí. ¿Cuándo narices vas a confiar más en nosotros, niña?
Ayame agachó la mirada, acobardada; y en un gesto inconsciente volvió a llevarse la mano a la banda de tela. Aquellas palabras eran muy similares a las que le había dirigido su hermano varios días atrás; pero aún había más cosas que ellos no sabían, cosas que no se había atrevido a contarles...
Y, sin embargo, aún no estaba dispuesta a contar.
—Tengo miedo... Tengo miedo de que vuelva a pasar... Tengo miedo de que esta vez sea en Amegakure... Tengo miedo de haceros daño a vosotros... ¿Y si ocurre un accidente o...?
—Los sentimientos nos hacen débiles, por eso debemos construir muros. Férreos. Imperturbables —sentenció su padre como respuesta—. Si vuelve a pasar, estaremos ahí para ayudar. Si sucede en Amegakure, nuestra patria se volcará con nosotros. Si nos haces daño... Lo aguantaremos, y nos aseguraremos de que no vuelva a pasar otra vez. Si hay un accidente, se arreglará. Si te preocupas siempre por lo que va a pasar en el futuro, nunca estarás preparada para lo que te pase en el presente. Los sentimientos nos hacen débiles, el miedo, el que más. Construye tu muro, Ayame.
Ayame negó enérgicamente con la cabeza. Se miró las temblorosas palmas de las manos y después alzó sus iris castaños hacia su padre. No la había entendido. Cuando había dicho "hacer daño" sus palabras iban más allá de las simples heridas.
En su mente viajaban de nuevo los recuerdos de las humeantes calles de Kusagakure, lamidas por las llamas, inundada de cadáveres sangrantes...
Tragó saliva. Y una nueva lágrima se escurrió de sus párpados.
Cuando ella había dicho "no quiero haceros daño" quería decir en realidad "no quiero mataros".
Para su completa estupefacción, Zetsuo soltó una estruendosa carcajada y Ayame volvió a preguntarse cuánto tiempo hacía desde la última vez que le había visto reír de una manera tan sincera.
—Te pareces tanto a tu madre... —dijo, y Ayame sintió una pequeña punzada de dolor al escucharlo. Dolor tanto por su padre, como por sí misma. Sin embargo, casi al instante, Zetsuo sacudió la cabeza y la encaró con aquella mueca férrea y disciplinada a la que ella ya estaba tan acostumbrada.
—Siento no haber podido dar todo de mí en las últimas semanas... —dijo su hija después.
Zetsuo se limitó a negar con la cabeza.
—Si no tuvieras tantos pajaritos y tonterías en la cabeza, no habrías estado así —le espetó, y Ayame volvió a torcer el gesto. ¿Cómo podía llamar "pajaritos y tonterías" al quebradero de cabeza que suponía rememorar una y otra vez que había acabado en una noche con la vida de miles de personas inocentes. Ni siquiera en aquellos momentos se sentía preparada para afrontar esa realidad, y realmente dudaba que algún día pudiera hacerlo—. Quizás lo que más me molesta es que no sueltes prenda ni a tu hermano ni a mí. ¿Cuándo narices vas a confiar más en nosotros, niña?
Ayame agachó la mirada, acobardada; y en un gesto inconsciente volvió a llevarse la mano a la banda de tela. Aquellas palabras eran muy similares a las que le había dirigido su hermano varios días atrás; pero aún había más cosas que ellos no sabían, cosas que no se había atrevido a contarles...
Y, sin embargo, aún no estaba dispuesta a contar.
—Tengo miedo... Tengo miedo de que vuelva a pasar... Tengo miedo de que esta vez sea en Amegakure... Tengo miedo de haceros daño a vosotros... ¿Y si ocurre un accidente o...?
—Los sentimientos nos hacen débiles, por eso debemos construir muros. Férreos. Imperturbables —sentenció su padre como respuesta—. Si vuelve a pasar, estaremos ahí para ayudar. Si sucede en Amegakure, nuestra patria se volcará con nosotros. Si nos haces daño... Lo aguantaremos, y nos aseguraremos de que no vuelva a pasar otra vez. Si hay un accidente, se arreglará. Si te preocupas siempre por lo que va a pasar en el futuro, nunca estarás preparada para lo que te pase en el presente. Los sentimientos nos hacen débiles, el miedo, el que más. Construye tu muro, Ayame.
Ayame negó enérgicamente con la cabeza. Se miró las temblorosas palmas de las manos y después alzó sus iris castaños hacia su padre. No la había entendido. Cuando había dicho "hacer daño" sus palabras iban más allá de las simples heridas.
En su mente viajaban de nuevo los recuerdos de las humeantes calles de Kusagakure, lamidas por las llamas, inundada de cadáveres sangrantes...
Tragó saliva. Y una nueva lágrima se escurrió de sus párpados.
Cuando ella había dicho "no quiero haceros daño" quería decir en realidad "no quiero mataros".