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—Mirá que yo las quiero a las viejas, pero... —alzó los hombros, dubitativo.
—Parece que así están las cosas —aseguro Mota cubriéndose con los brazos, pues había gente que detestaba a los portadores de malas noticias—. No son de por aquí, ¿cierto? Si no habrían sabido que jamás hay que hacerse pasar por un miembro del Velo de Amanozako, ni siquiera permitir que les confundan con uno.
—Ya veo —Kazuma se quedó pensativo—. Entonces ellos eliminan la competencia, haciendo uso de verdaderas artes sobrenaturales.
—Si… Básicamente.
—Y este sujeto, tu que pareces conocer cómo trabaja, ¿es alguien con quien se pueda negociar? —se aventuró a preguntar el peliblanco.
—No creo… Por cómo me lo ha descrito debe tratarse de Akanegakubo Sato, uno de sus matones —dijo sombrío—. Comparado con un ninja, no creo que sea tan fuerte; pero se le conoce por ser cruel e implacable… Además, aunque alguien consiguiese matarle, eso no desharía el mal.
—¿Me dices que uno de sus matones tiene la habilidad de hacer algo tan loco como esto? —pregunto, mostrándose curioso—. Y que hay de la gente de arriba, ¿Qué opinan de estas cosas?
—Pues… —dudo un instante, pero supuso que ya el asunto era demasiado oscuro como para intentar ocultarles algo—. Tómalo como rumor, pero dicen que a los altos mandos les da igual lo que hagan sus matones mientras el nombre de la organización mantenga su estatus… Sin embargo, también se dice que son estos mismos altos mandos lo que obran curaciones milagrosas para todos aquellos que padezcan males espirituales, maldiciones y otras dolencias…
—Interesante —dijo Kazuma, visiblemente interesado—. Básicamente, son una organización que en su fachada obra maravillas utilizando fuerzas sobrenaturales; pero que en la trastienda aniquilan a cualquiera que amenace al negocio o manche su nombre.
» Interesante, interesante —dijo con una tenue sonrisa—. ¿Qué opinas, Karamaru-san?
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Quedó en silencio, pensativo. Se pasó las manos por la cara ligeramente frustrado y se rascó la nuca mientras caminaba dando pequeños pasos nerviosos en poco espacio.
— Si hay bardo yo me prendo pero, ¿qué querés que te diga?— mostraba bastante inseguridad en sus palabras— Tema complicado, ¿viste? Si esté es un tipo tranqui del Velo este poronga mira si nos cruzamos a uno más groso. Mirá si nos empiezan a buscar a nosotro'. Osea, que se yo, si este dice que el Sato este no se la banca contra nosotros y bueno, otra no queda, hay que ir a buscarlo y ver que onda. Y que salga lo que salga, ¿no?
Volvió a callar, volvió a pensar. La idea de volver a Amegakure a consultar con Yui era bastante fuerte pero a la vez no sabía que tanto apoyaba las prácticas de sus familiares. No tenía conocidos a quien acudir y en ese momento el kusajin era lo mejor que tenía para resolver el asunto aunque desconocía de sus capacidades.
— Va, igual vos no tenés nada que ver Kazuma. Osea, no sé si vos te prendes, no te vas a meter en un quilombo importante al pedo porque no tenes nada que ver con la viejas. No es tu obligación, amigo.
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—Va, igual vos no tenés nada que ver Kazuma. Osea, no sé si vos te prendes, no te vas a meter en un quilombo importante al pedo porque no tenes nada que ver con la viejas. No es tu obligación, amigo.
Eran pocas las veces que el espíritu de Kazuma se conmovía por la actitud de una persona, pero cuando ello pasaba sabia reconocerlo.
—Gracias por tu consideración, Karamaru-san.
En vista de que Mota ya les había dado toda la información de la que disponía, Kazuma decidió que lo mejor era que se marchara; después de todo, tampoco resultaba conveniente interactuar con él más de lo necesario. El hombre abandono el local, un poco cansado, pero bastante satisfecho: el peliblanco le había pagado una cantidad que resultaba bastante generosa para alguien que estaba en la quiebra, por las molestias causadas, la información obtenida y, la verdad sea dicha, para que se callase el asunto.
«Está bien, de todas formas, ese era el dinero con el planeaba pagar a algún informante».
—Karamaru-san, tengo algo que discutir contigo, una propuesta —le dijo en cuanto estuvieron solos, esperando que se tomase unos minutos para sentarse y hablar con él.
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«Faah, platudo el wacho»
Se sorprendió Karamaru al instante que vio el saco de monedas pasar de manos. En su mente estaba la idea de que su tío comprase comida para el hombre pero la resolución del kusajin pareció ser igual de efectiva ya que se fue sin rechistar por la propuesta inicial. Kazuma, por su parte, no demostró querer echarse atrás y envalentonó a Karamaru a sacarse un poco sus dudas sobre el posible conflicto por venir.
— Okey, no hay problema, pero... tal vez no... acá.— señaló la habitación haciendo círculos con las manos, señaló a la anciana con la mirada. Se acercó a tomar su silla al fondo de la sala y con esfuerzo la silla para clientes e indicó la puerta— Mepa' que va a ser un poco mejor hablar afuera, más cómodo, ¿no?
Le era un poco tétrico e incómodo pasarse cerca de su familiar medio muerto a todo momento, mientras menos tiempo estuviese ahí dentro mejor.
— Decime.
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Afuera del local la tarde cubría la ciudad de una escasa iluminación, pintándola de un gris pesimista. La lluvia caía de forma escasa pero constante, siendo suficiente como para que algunas personas se aventurasen a salir a las calles. Ambos jóvenes se encontraban en la entrada del local, observando la lluvia y separados por el espacio de la entrada; yaciendo en silencio el tiempo suficiente como para ordenar sus ideas.
—Creo que podemos ayudarnos mutuamente, Karamaru-san —soltó por fin el peliblanco, con una voz tan serena como el sonido de la lluvia—. Vine a esta ciudad a investigar a la agrupación conocida como El velo de Amanozako, y aun necesito adéntrame más en el asunto… Así como tú necesitas curar a tus familiares.
»Te propongo que trabajemos juntos porque, como había supuesto, son un grupo peligroso; y necesito de alguien capacitado que pueda cubrirme las espaldas mientras investigo. De esa manera, tú me ayudas con mi objetivo y yo te ayudo con el tuyo.
Se tomó un minuto de silencio para pensar los siguiente que diría.
—Por supuesto, es posible que también tengas tus motivos para no querer buscar más problemas —dijo, compresivo—. Y, como dicen en mi pueblo, soy del tipo que continúa caminando en el fango, aunque este le llegue al ombligo… Todo sea por ver que hay más allá del pantanal.
»Pese a todo, planeo continuar; aunque debo admitir que voy a necesitar de ayuda…
»¿Qué me dices?
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Karamaru recibió con ligera sorpresa las palabras de Kazuma. Algo en su cabeza le decía que era muy probable que un kusajin lejos de su tierra ayudando en una situación tan extraña estaba ahí por motivos personales. Pero que le importaba a él si estaba ahí de vacaciones, el amejin estaba en la mierda sin idea de qué hacer y el peliblanco lo seguía ayudando y empujando adelante. Siendo de esa manera no tenía forma que negarse a tal ayuda.
— Aah, "remarla en dulce de leche" como diría por mi barrio. El dulce de leche es un... bueno, ¿jalea? Ponele, pero medio bastante espeso. Cuestión, difícil de remar.— se rio nerviosamente de sus propias dudas y divagaciones.
— No te voy a decir que no me da curiosidad saber que onda con estos tipos del velo, y encima tengo que hacer algo por las viejas, no puedo dejarlas así. Y mi tío poca cosa va a poder hacer.
Y siempre que estaba frente a esas situaciones terminaba por recordar a sus primos y sus aventuras. Cada vez que salía un reunión, una pelea, una discusión, un debate o cualquier evento que pudiese terminar en un ligero desmadre siempre se recurría a la misma frase. Una frase que no solo significaba lo literal, sino que también representaba el hecho de estar siempre para apoyar a aquel familiar o amigo en problemas.
— Si hay bardo, yo me prendo. Eso sí, lo de "alguien capacitado" no te lo puedo prometer. Yo no me tengo tanta confianza que digamos, sobretodo con este tipo de tipos.
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—No te voy a decir que no me da curiosidad saber qué onda con estos tipos del velo, y encima tengo que hacer algo por las viejas, no puedo dejarlas así. Y mi tío poca cosa va a poder hacer.
—Para mí es suficiente —le contesto con afabilidad.
Una persona que se encaminaba hacia lo desconocido por un motivo como la familia era alguien es quien se podía confiar, al menos confiar en que su interés era verdadero.
—Si hay bardo, yo me prendo. Eso sí, lo de "alguien capacitado" no te lo puedo prometer. Yo no me tengo tanta confianza que digamos, sobre todo con este tipo de tipos.
—Bueno, ere un ninja, ¿no? Al menos deberías ser capaz de pararle los pies al matón promedio. —Esperaba que así fuese, por si las cosas se torcían—. De todas maneras, soy del tipo que evita el conflicto en la medida de lo posible… Aunque si hay que pelear, se peleara… Y si hay que huir, pues se huye.
»Bien, con eso ha quedado todo claro… Ahora lo siguiente: ¿Alguna vez te has colado en una casa?
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— Al menos deberías ser capaz de pararle los pies al matón promedio.
Karamaru dudó, todavía no había estado en esa situación. Esperaba que pudiese hacerlo, para eso lo entrenaron, pero su experiencia en combate no era más que algunos puños borrachos que volaban por el aire sin la suerte de encontrar al objetivo. Al menos el kusajin era de los suyos, primero el habla luego los golpes; siempre y cuando no se tengan motivos suficientes para arrancar con lo físico.
— Ponele. Colarme colarme no, pero si me he ido un par de veces sin permiso. Después se enteraban y me cagaban a pedos, pero me las tomaba de joda y mis viejos ni se enteraban. Una vez hace un par de años nos metimo' en un almacén a manotearnos unas birras. Y creo que esa es toda mi experiencia, aunque digamos que mis viejos no escuchan muy bien que digamos y eso lo hacía más fácil. Pero cuenta, que también había que hacer que algunos salames no se enteraran para no venderme.
El tren de la nostalgia lo llevó al pueblo donde creció y donde hacia tiempo que no iba. Se cruzó por su momento el qué sería de aquellos con los que convivió, su familia y amigos, cómo andarían, qué chismerío nuevo andaría dando vuelta.
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— Ponele. Colarme colarme no, pero si me he ido un par de veces sin permiso. Después se enteraban y me cagaban a pedos, pero me las tomaba de joda y mis viejos ni se enteraban. Una vez hace un par de años nos metimo' en un almacén a manotearnos unas birras. Y creo que esa es toda mi experiencia, aunque digamos que mis viejos no escuchan muy bien que digamos y eso lo hacía más fácil. Pero cuenta, que también había que hacer que algunos salames no se enteraran para no venderme.
— Eso es suficiente experiencia —concedió, aunque solo había entendido la mitad de lo dicho—. Por el camino te iré explicando el plan; por ahora lo mejor es echar llave y ponernos en marchar.
***
Y así fue como sus pasos les llevaron hasta el centro de una ciudad que comenzaba a ser devorada por una noche calidad y lloviznosa. Frente a ellos se alzaba un edificio ruinoso, alto y sin una sola luz que le iluminase; aunque podían verse algunas siluetas entrando o saliendo de las solitarias calles en aquella cuadra.
— Te explicare —dijo mientras observaban el edificio desde un callejón cercano—: en aquel sitio vivía cierto reportero que también estaba investigando el Velo de Amanozako. Estoy seguro de que allí deben quedar restos de su trabajo, o alguna información útil.
» El problema es que se ha convertido en un oscuro nido de ratas, y me es imposible entrar a investigar. Ya sabes: es difícil buscar algo mientras cuidas que no te apuñalen por la espalda. ¿Entiendes?
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Seguía los pasos del kusajin en silencio. Poco común de Karamaru tomarse un viaje, por corto o largo que sea, sin soltar la lengua pero andaba un poco pensativo por el torrente de información y nervios de esos días. Era de las primeras que le tocaba hacer un trabajo tan serio y todavía no podía acostumbrarse del todo tras vivir a base de vagancia y fiestas.
«Asumo que este es uno de esos momentos donde lo aprendido en la academia tiene que rendir sus frutos.»
Terminaron por llegar a destino y como no podía ser de otra manera aquella edificación tenía la misma apariencia y energía que el amejin se andaba imaginando. Se lo veía turbio, y la historia de Kazuma así lo confirmaba, porque en las calles de Shinogi-To aquel lugar que tuviera un mínima relación a la historia del Velo de Amanozako no podía ser otra cosa que turbio.
— Turbina la cosa. A ver si la cazo, la idea es mandarnos los dos ahí adentro, a buscar algo que no sabemos bien qué puede ser, que está en un lugar que tampoco sabemos, mientras tratamos de zafar de todos los vagos que andan por ahí dando vueltas, ¿no? Pinta bien la cosa.— soltó una risa nerviosa.
— Pero si vos nos tenés confianza... yo le mando para adelante. ¿Alguna idea de qué esperarse ahí adentro?
Las dudas, la inseguridad y los nervios se le podían notar hasta en la cara.
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—Pero si vos nos tenés confianza... yo le mando para adelante. ¿Alguna idea de qué esperarse ahí adentro? —pregunto con un rostro colmado de angustia.
—No estamos tan mal como parece, Karamaru-san —aseguro, tratando de relajar la expresión de su compañero—: Tenemos que subir al quinto piso y en entrar en la habitación 53. Allí debemos de buscar un diario, una especie de cuaderno para llevar notas.
«Y, por supuesto, evitar que nos apuñalen», pensó con cierta despreocupación.
Dicho de aquella manera, sonaba sencillo; pero aquel edificio ruinoso no parecía dispuesto a ponerle las cosas tan fáciles. No solo tendrían que evadir a todas las “ratas” que merodeaban, sino que tendrían que buscar en la total oscuridad del apartamento.
—Pongámonos en marcha —dijo mientras salía del callejón y cruzaba la calle hasta llegar a la entrada del edificio—. Por aquí me he dejado algo la última vez.
Rebusco entre un montón de escombros y sustrajo una lámpara de aceite. Se acuclillo un rato mientras trataba de devolverle la vida al artefacto con un cerillo. La lámpara comenzó a emitir luz y rápidamente se apresuró al interior. El interior de la estructura era como las entrañas de un gigante muerto, había un fuerte olor a moho proveniente de las toneladas de madera en constante humedad. Aquello tenía sentido: un edificio barato alzado en medio de una ciudad con mucha humedad, hecho de madera y con una mampostería que le hacía lucir de piedra.
Kazuma guiaba los pasos de ambos a través de una oscuridad ominosa, y con unas paredes lo suficientemente delgadas como para percibir el sonido de la lluvia que comenzaba a arreciar en el exterior. Y aunque aquel sonido resultase calmante, era opacado por el constate crujir del suelo…, que resultaba ser más preocupante cuando se daba lejos de ellos, allá en la oscuridad.
Luego de una caminata que pareció eterna, llegaron frente a la habitación prometida. Fue entonces cuando Kazuma hizo la pregunta de rigor:
—Hummm, ¿buscas adentro o vigilas la puerta? —Quizás lo más cruel de aquella pregunta es que ponía el peso de la decisión sobre Karamaru.
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Karamaru se sorprendió al enterarse de que Kazuma tenía más información de lo que esperaba. Ahora se podía relajar un poco más sabiendo que tenían un destino definido.
— Así si, pá, ahí es má' tranqui.— un leve suspiro sacó gran parte de sus nervios y ya mentalizándose en la infiltración comenzó a seguir a su compañero en silencio. El kusajin tomó una lámpara— que hizo dudar a Karamaru de si era mejor darse a ver que caminar a oscuras— y entraron al edificio.
Si al morocho se le hacía turbio de afuera, de adentro era mucho peor. El olor, los crujidos, las sombras inquietas que seguían a la lámpara, los sonidos lejanos que le costaba encontrar dirección de proveniencia. Pero él continuo, un poco acobardado sí, pero sin perderle pisada a Kazuma hasta llegar a la "53".
— Con la mejor onda, pero te veo mucho más confiado para andar al descubierto. Llámame loco pero me gusta estar en la seguridad de un espacio cerrado sin gente que quiera matarme. Aunque...— dudaba sin ser consciente que el tiempo apremiaba— asumo que sabrás mejor que yo que cuaderno buscar.
Hizo una pausa tratando de que el peliblanco le diera algo de claridad pero se apresuro a volver a hablar decidido a salir de ahí lo antes posible.
— Bue, de última me cargo una biblioteca entera.— exagerando en sus palabras, entendiendo que Kazuma estaría de acuerdo con su decisión, encaró hacia la puerta.
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— Bue, de última me cargo una biblioteca entera. — exagerando en sus palabras, entendiendo que Kazuma estaría de acuerdo con su decisión, encaró hacia la puerta.
— Me parece bien —dijo entregándole la lámpara para que se guiara—. Debes buscar un cuaderno de aspecto simple, con una espiral de alambre en el lomo. Es el tipo de cosa que estaría en un escritorio, al alcance de la mano y no en una caja o una biblioteca.
» Y algo más: ten cuidado en donde pisas —fue lo último que le dijo antes de que les separara la puerta que se cerraba.
***
Al entrar Karamaru se encontró un apartamento pequeño y oscuro. A su izquierda estaba una habitación sin puertas, con una cama que yacía frente un ventanal que miraba hacia un cielo nublado y tenebroso. Aquel espacio principal era la sala, en cuyo extremo opuesto yacía una especie de cartelera con recortes, como aquellas que se utilizaban en las investigaciones. Había cantidad de muebles pequeños, de aquellos baratos que se deshacen cuando les ataca un poco de humedad. Más adelante estaba el resto, una pequeña cocina y un baño igual de pequeño. Las cajas y las estanterías con libros estaban en todos lados, por lo que el Yamanaka tendría que decidir por donde comenzar a buscar.
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«"Cuidado con el piso", hijo de puta, como si no estuviese lo suficientemente cagado ya»
El amejin se quedó varios segundos parado en el lugar. Recorrio la sala de punta a punta con la mirada, iluminó el suelo y buscó algo raro con lo que tener cuidado y recién después comenzó a pensar por donde empezar a buscar. Habiendo tanto lugar y ninguno claro se dirigió a lo primero que le llamó la atención; unos recortes en la pared.
Más allá de aquello no tenía muchas más opciones que pasar mueble a mueble, cajón por cajón, libro a libro buscando algo similar a un cuaderno. Y si incluso encontraba un cuaderno, iba a tener que revisar su interior para ver si contenía algo que pudiera llegar a ser útil para los shinobi. Eso si, iba a paso lento porque cada vez que recorría un poco de distancia acercaba la cabeza al suelo, lo iluminaba, y chequeaba que no haya nada.
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Lo primero que recibió a Karamaru fue una especie de mural, al pasar la lámpara por enfrente podría notar que el fondo era un mapa de la ciudad; y que dicho mapa estaba cubierto por númerosos recortes de periódicos, algunas imágenes y una que otra frase que señalaba a alguna dirección. Todo parecía estar unido por una serie de sujetadores e hilos que formaban una especie de laberinto; pero el verdadero elemento común, la verdadera fibra de aquella tela, eran las muchas menciones de Amanozako.
El muro contenía mucha información, pero era tan densa y enrevesada que posiblemente solo su creador fuese capaz de hallar un significado lógico entre las conexiones. Por ello era mejor buscar material escrito, por ello el joven dedico sus esfuerzos a buscar un cuaderno. Sin embargo, solo lograba encontrar libros viejos y cuadernos corrompidos por el moho o devorados por las termitas.
La búsqueda se prometía difícil: una lluvia pesada y fría repiqueteaba contra los sucios de cristales de un apartamento ruinoso, mientras que el aire encerrado desde hacía meses atacaba e irritaba su respiración. Pero, la recompensa es para quienes persisten; así fue que, en una de tantas agachadas a explorar el piso, Karamaru podría percibir como algo reflejaba tenuemente la luz de su lámpara. Aquel algo se encontraba debajo de una mesa y parecía que aquella ubicación estaba destinada a esconderlo. No todo lo que brilla es oro, y bien podría ser una trampa casa ladrones; pero eso solo podría descubrirlo al acercarse aquella especie de bóveda en miniatura, protegida por un candado de hierro negro.
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