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Estamos en Cargando..., Cargando... del año Cargando....
Situación actual: Tres meses después del examen de chuunin del año 218, la situación internacional sigue en tensión. El País de la Espiral y el de la Tormenta mantienen una fría relación, y el País del Bosque actúa con precaución con ambos. Los Señores Feudales ya han asumido que la situación no va a volver a la que algunos ya llaman Era de la Paz de Shiona, al considerar a la líder uzujin la responsable de la longeva estabilidad que reinó durante muchos años. Algunos intereses intersectan, otros divergen. La nueva era de los ninjas ha llegado.
La extremidad de un hombre condenado
#1
Mes de Aliento Nevado del año 218


El invierno había dado inicio, provocando que un incesante y frio viento soplara desde el norte. Mori no Kuni era un país relativamente cálido, y aunque el prodigio de la nieve no se daba en su territorio, el descenso de la temperatura repercutía en su flora y fauna: muchas bestias, especialmente aves, eran llevadas por sus instintos a recorrer los caminos que llevaban al sur; y eran asentadas por la oportunidad en las entrañas de los bosques que aún permanecían cálidos y abundantes en alimento.

Esta época era motivo de festividades en muchos de los pueblos del Paraje de Bambu, siendo que organizaban grandes partidas de caza y emocionantes competencias de monteado. Vasta era la cantidad de turistas que visitaba aquellos recónditos poblados en busca del visceral estimulo de las peligrosas caserías diurnas y de los bulliciosos bacanales nocturnos.

Uno de esos pueblos, el más famoso por su linaje de grandes cazadores, era Kemonomura. Su nombre significaba “pueblo de las bestias”, nombre que no se debía únicamente a la variedad y fiereza de la vida silvestre que habitaba en sus alrededores. Era un lugar en constante actividad, donde la gente mostraba una siniestra combinación de fanatismo por la caza y de hospitalidad provinciana. Los ingresos del turismo le habían alimentado hasta alcanzar un tamaño considerable, con variedad de edificaciones de sólida y moderna construcción; donde los interminables amuletos y adornos fabricados con los trofeos de cientos de años de caza, le conferían un aire primitivo y rustico.

Aquella villa, aquel reducto de salvajismo y hedonismo perdido entre el bambú, era la clase de lugar a donde la gente peregrinaba para encontrarse cara a cara con el ser primitivo y cavernario que habita en cada ser humano, para entrar en comunión con su lado salvaje, para escuchar la voz del bosque y purgar sus aprensiones. Aquello le hacia la clase de lugar, que para bien o para mal, tenía algo que despertaba los intereses de cualquiera.

Saludos, amigos.

Con esto doy por iniciada la trama. Solo queda decirles que no habrá orden de posteo y que se respetara la regla de las 72 horas cuando la tardanza no sea justificada. Además, si por algún motivo alguien abandona la trama sin dar aviso o justificación, me reservo la libertad de accionar alrededor de su personaje (o manipularlo) como mejor me parezca para no alterar la continuidad.

Cualquier duda, propuesta u otras cosas, comunicarmelas por mp.

Eso es todo. Vamos a darle rush.
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#2
Geki había estado impaciente varias semanas esperando este viaje. Desde que había llegado a Kusagakure no paraba de recorrer lugares y explorar todos los sitios que podía (o se le permitía) acceder. Pero no terminaba ahí, cada tanto, cuando estaba disponible aprovechaba para viajar por el enorme País del bosque. Pero el paraje de bambú resaltaba en algo, desde que lo vio en el mapa le llamó su atención. Le habían dicho que contaba con hermosas edificaciones de templos, lugares para entrenar y una cantidad variada y exótica de animales. Esto le emocionaba, mientras más cosas para hurgar, cuevas que investigar y laberintos que descubrir mejor.

Pero los kilómetros que separaban al ninja de la meta eran muchos y ahora con más responsabilidades tenía que encontrar el hueco justo para una caminata tan larga desde la villa hasta su objetivo. Si lo hacia le llevaría por lo menos un día y no se podía dar ese lujo.

Ese día se levantó temprano. Geki era bien conocido por sus vecinos, siempre saludaba al pasar y en sus compras diarias se había hecho muy amigo del comerciante de su zona. Este le había comentando que iba a hacer un viaje hasta el Paraje de Bambú e invitó al Senju que lo acompañase. Vaya a saber uno si fue por protección o amistad, pero en la fecha señalada partieron los dos su viaje en carreta al paraje como destino.

El joven ya estaba cansado de escuchar las ruedas de madera rebotar por el camino de piedra cada vez que la carreta pasaba por encima de un pozo o un agujero. El paisaje no cambiaba mucho, hacía horas que los costados de la calle se habían transformado en muros de bambú gigantes que pocas veces perdían espesura cuando llegaban a una bifurcación o encontraban casas construidas artesanalmente por residentes de allí. Los diferentes sonidos de animales hacían eco en la lejanía, algunos los reconocía pero otros no.

- Arribamos. Comentó el mercader que había estado gran parte del viaje sin emitir una palabra, el camino poco a poco se iba ensanchando dejando ver un pueblo enorme, Geki abría los ojos de par en par mientras clavaba su mirada en aquellas edificaciones sin perderse ningún detalle posible.

Tras adentrarse en la ciudad un poco nada más, el mercader paró el carro cerca de un local de pieles. - Tengo unos negocios que hacer. Cuando termines vuelve, recuerda el primer puesto de pieles luego de la entrada. mientras ponía de color anaranjado la brasa de un cigarro que había puesto en su boca.

Geki asintió con la cabeza y luego de dar un paso se detuvo y se volvió hacia el anciano - No se irá sin mí ¿no? Le preguntó al viejo. Este le devolvió una mirada indiferente, como si le dijera al joven que estaba haciendo una pregunta ridícula y en un giro empezó su caminata hacia el local de pieles. Ya de espaldas le dedico un saludo con un brazo mientras iba dejando un rastro de humo de tabaco atrás.

- Nos vemos luego.
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#3
El pueblo le recibió tal como le habían prometido, con una festividad de ruido y abundancia.

Es un poco tumultuoso —se dijo a si mismo mientras cruzaba la entrada del pueblo, un arco de madera coronado por dos enormes y quimericas gárgolas de huesos dispares.

Siendo que deseaba conocer su país, le habían recomendado con gran insistencia aquel destino en aquella época del año. La sugerencia provino de alguien que seguramente pensaba que su personalidad tranquila y aparentemente somnolienta se avivaría al convivir un tiempo entre aquella gente sencilla y fervorosa.

Es bastante llamativo —reconoció, sintiéndose como un pez nadando en aguas extrañas.

Había cientos de pequeños puestos de comida, textiles y herramientas. Era fácil reconocer a los turistas por sus ropas, que contrastaban con las ligeras y tradicionales vestimentas de los nativos, que eran del color de la paja, de la tierra y del bosque. Eran tantas las voces y las canciones, los puestos y las personas, que se sentía abrumado.

Decidió tomarse las cosas con calma, buscando primeramente un lugar en donde hospedarse durante su estadía. La tarea resulto un verdadero desafío, puesto que la mayoría de posadas estaban abarrotadas o reservadas. Incluso los comerciantes tenían sus lugares de descanso particulares, donde no aceptaban a quienes no fuesen del gremio. Se mantuvo en su búsqueda hasta que finalmente dio con una hospedería en la periferia del pueblo; reservada para ninjas y que ofrecía unos servicios a muy buenos precios para los mismos. El nombre del local era El cubil de ardillas y estaba ubicado en una de las áreas más tranquilas.

La tarde se encontraba llegando a su término cuando Kazuma decidió entrar y pagar por una de las tres habitaciones que restaban en el edificio y en el pueblo. Solo tuvo que mostrar su bandana y responder algunas preguntas para certificar su estatus de ninja.

Muchas gracias —respondió cuando le dieron su llave, agradecido por la suma hospitalidad del casero que había prometido llamarle cuando la cena estuviese lista.

Como había dicho, se respetará la ley de las 72 horas: nos saltamos el turno de Mitsuo y pueden seguir en cualquier orden mientras respeten el límite de tiempo.
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#4
Geki caminó toda la tarde por el amplio laberinto de bazares de aquella ciudad. Había visto desde las armas más exóticas a elixires de colores que prometían miles de beneficios para quienes los tomaran. Pero el Senju no realizó ninguna compra, él era sensato y moderado con el poco dinero que llevaba encima y no se dejaba engañar por la parvada de vendedores que intentaban endulzarle las orejas con sus palabras. Si los efectos eran tan buenos ¿Por qué no los utilizaban ellos?

Y así fue, como haciendo oídos sordos recorrió gran parte de aquella ciudad. El polvo, que más al centro había estado intenso empezaba a aplacarse junto con el sonido aturdidor típico de las ferias. Geki se había alejado de las calles más concurridas y ahora se encontraba perdido divagando por calles escasas de gente. Intentaba con la mirada leer algún cartel para ubicarse pero no lo logró.

Las tripas empezaban a rugirle y un sentimiento de vacío le invadió el estomago. El hambre se estaba anunciando en el cuerpo del joven, era momento de comer algo. Pero bien, del montón de restaurantes y vendedores ambulantes de comida que se había cruzado hace un tiempo atrás ahora no veía ninguno. Se encontraba en lo que parecía más una zona residencial y por un momento casi se maldijo por no haber comido algo antes, en las voluptuosas tiendas de colores recorridas anteriormente.

Entonces fue ahí cuando aquél aroma lo abrazó. Parecía que fuera curry o algún tipo de estofado. Casi podía saborear el perfume de la comida con su lengua o al menos eso pensaba él. Y sintió como si una mano lo cazara de los ropajes y lo fuera arrastrando hacía el local donde estaban elaborando el manjar.

"El cubil de ardillas" se llamaba el lugar. No era un restaurantes como el pensó, era una posada para ninjas. Pero a Geki esto no le importó y se aventuro hacía el interior del lugar para ver si podía conseguir un plato del estofado que lo había arrastrado hasta ahí.
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#5
En cuanto Geki se aventurará al interior del edificio, podría encontrarse con un sujeto que custodiaba la parte interior y un libro que correspondía al registro de hospedados. Antes de pasar tendría que responder algunas preguntas para comprobar que se trataba de un verdadero ninja, aunque el simple gesto de acercarse y mostrar su bandana bastaría para el ojo entrenado de aquel guardián.

Al terminar de registrarse, sería invitado amablemente a pasar al comedor, puesto que la cena estaría lista pronto. En el mismo había una cocina visible, para que la gente compartiera espacio con los cocineros que estaban tras la barra. Se trataba de un señor de mediana edad y de un jovencito que parecía ser una especie de aprendiz. El primero se ocupaba de cortar algunos vegetales que irían a la gran olla de curry, mientras que el segundo se encargaba de agitar un abanico sobre la misma.

¡Vamos, con más vigor! —le decía el cocinero, para que enviara aquel delicioso aroma en dirección a una ventana cercana.

El viejo truco de atraer a los clientes con el poderoso aroma de un buen curry, una estrategia clásica con la cual llenar los locales a la hora de la cena. Efectivo por cuanto la brisa y las propias piernas del cliente harían casi todo el trabajo.

El olor de la comida recién hecha también se dispersaba por la posada, por lo que la mayoría de los clientes se veían alertados de la cena por su olfato. Aunque para algunos como Kazuma, que yacía dormitando, una chiquilla de voz enérgica y con una campanita de metal, paseaba por los pasillos avisando que la cena seria servida en el salón-comedor.

Aquel era el momento justo para ubicar una buena mesa y hacerse con un poco de comida.
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#6
La cacería fue lo que llevo a Mitsuo a Kemonomura, un pueblo perdido entre el bambú, famoso por sus cazadores parecía el lugar perfecto para que el genin aprendiera rastrear y cazar presas, esto era algo que entusiasmaba al Senju ya que lo aprendiera aquí podía aplicarlo en su vida como shinobi.

El genin había preparado el viaje de un día para el otro, preparo su mochila de cuero negro para unos tres o cuatro días. Luego del viaje desde la aldea hasta ese lugar, el cual le llevo algo más de tiempo en encontrar ya que había tomado el camino equivocado. Pero finalmente llego al pueblo gracias una pareja de ancianos que se dirigían en una carreta tirada por bueyes hacia este lugar, la pareja ayudaron amablemente al genin a llegar a Kemonomura.

Les agradezco mucho haberme traído hasta aquí, la verdad no se que hubiera pasado si no me hubieran ayudado— Dijo Mitsuo a la pareja mientras se baja de la carreta en el arco de la entrada al pueblo.

No hay problema querido, eres igual a mi hijo cuando tenia tu edad, a el le gustaba explorar mucho y también solía perderse... bueno tenemos que continuar si queremos llegar al siguiente pueblo hoy así que cuidate— Dijo la anciana mientras se ponía en marcha nuevamente a lo que el genin hizo una reverencia para agradecerles.

Ya era tarde, el sol estaba por empezar a retirarse a lo que el genin decidió posponer la cacería para mañana, en ese momento solo quería comer y descansar pero antes debía de encontrar El cubil de ardillas. Esta era una posada que le había recomendado su padre para el viaje del genin ya que es un muy buen lugar a un muy buen precio lo cual convenció a Mitsuo de pasar la noche en el lugar.

Encontrar el lugar era más fácil decirlo que hacer ya que hacerlo ya que la ciudad estaba bastante movida con el turismo, con un montón de puestos de los cuales de ellos los que llamaban la atención del shinobi eran los de herramientas a los cuales les echaba una ojeada para ver si encontraba algo interesante. El cansancio y el frio jugaban a favor para que el Senju encontrara la posada pronto.

Sin darse cuenta ya se encontraba en la periferia del pueblo y se tomo con el lugar que buscaba. Mitsuo no lo pensó mucho y se adentro dentro del local, en cuanto lo hizo un olor a curry hizo que le diera más hambre del que tenía, el Senju se registro en la posada mostrando su bandana ya que tenia entendido que era un lugar para shinobis.

Gracias— Agarro las llaves de su habitación y se dirijo derecho hacia el comedor mientras admiraba el lugar, eligió una mesa para dos que se encontraba casi en el medio de la habitación, antes de comer decidió colocar su mochila al lado de la silla, sentarse para descansar y pensar que haría mañana mientras se quedaba mirando a los cocineros ya que todo esto del viaje había sido "planeado" a las apuradas.

Perdón por no contestar antes en la trama es que literalmente me había olvidado de la existencia de la misma, lo siento.
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#7
Para la suerte del estómago del Senju había podido pasar los controles del registro sin problema alguno, al fin podría comer. Tras unas breves indicaciones comenzó a caminar a hacia el comedor del edificio. El aroma iba tomando cada vez más fuerza, la saliva inundaba la boca de Geki que ya empezaba a imaginarse comer un bocado de ese delicioso aroma, se relamía por hacerlo. Estaba confiado y feliz que al fin iba a poder calmar su apetito, una pequeña mueca de sonrisa se dibujo en su cara, mientras fruncía un poco el ceño, desafiante como si hubiera ganado una batalla.

Al ir acercándose al lugar, no sólo el aroma a comida se intensificaba, sino el bullicio de las personas que iban colmando los asientos del comedor poco a poco, risas, golpes de cubiertos con platos y algún que otro arrastrón de sillas decoraban el ambiente musical del salón.

Al parecer el Kusajin estaba llegando tarde porque no encontraba dónde sentarse aunque la comida no estuviese servida. Caminó lento entre los pasillos que iban quedando entre las mesas, pero no consiguió divisar ninguna silla vacía y continuó esquivando a la gente estacionada en su hasta llegar a la barra.

- Tengo que felicitarlos esa comida huele exquisita.

Les dijo a los cocineros. Mientras posaba un brazo encima de la barra y su cuerpo descansaba sentado en un taburete de madera que correspondía a la misma. Luego con un movimiento suave tomó una jarra de agua con hielos que estaba sobre la barra y se sirvió un vaso, aunque el hambre se le había aplacado por un momento no quería tener el estomago del todo vacío.

Volvió a escurrir su mano por la superficie de madera de la barra hasta una panera que se encontraba cerca y sacó un trozo de pan.

- No po esperar a probaro.

Balbuceo con la boca llena mientras algunas migajas volaron. No se decidía si quería hablar o tragar el pedazo de pan que había llevado a la boca y estaba masticando.
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#8
El ruido era un anticipo de una abundante comida. Así lo presintió Kazuma mientras abandonaba su habitación con rumbo al comedor. Aquella sala estaba abarrotada y poco falto para que se quedase sin asiento, pues termino confinado a un extremo de una mesa cercana a la pared. Con lo que parecían ser todos los clientes reunidos, la muchachita que había estado en los pasillos toco una pequeña pero ruidosa campana sobre la barra, dando por iniciada la cena.

Algunos esperaban en sus mesas a que les llevasen los alimentos, para evitar un desorden mayor, pues los menos se arrojaban con sus platos hacia la barra, en busca de ser los primeros en llenar sus estómagos.

Pues yo no puedo esperar a que me digan si el sabor está a la altura del aroma —le respondió el cocinero a Geki, mientras le servía una bandeja con dos tazones, uno de arroz condimentado y uno de curri—. Date gusto muchacho, y no dudes en pedir más si más necesitas para estar lleno.

Quienes atendían el local se movían con velocidad de un sitio a otro, llevando bebidas y bandejas. Todo esto mientras mantenían un trato cordial y animado. Solo una persona yacía parcialmente quieta; una mujer de mediana edad que se había sentado en una esquina, en un pequeño taburete y con las manos ocupadas en un saco con varios tubos de madera saliendo de ellas.

Buenas noches, viajeros de los más diversos parajes —saludo, con una voz poderosa, pero de tono agradable, casi maternal—. ¿Les gustaría acompañar esta cálida cena con un poco de música suave?

Kazuma se encontraba devorando un trozo de pan de maíz cuando alzo la vista hacia la esquina contraria. Todos podían ver a aquella mujer de amplio vestido y abundante cabellera; y era seguro que todos deseaban escucharle y que solo había preguntado para conocer el ánimo general. El joven no se animó mucho, y prefirió centrar su atención en el tazón de guiso humeante y en un pequeño plato colmado de verduras encurtidas.

La gente lo deseaba, el ambiente mismo lo deseaba; solo se necesitaba el impulso y el clamor del público, que diera el visto bueno a la interprete.
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#9
El alboroto de la gente se hizo sentir al punto de desconcentrar al genin que no se había dado cuenta de la cantidad de gente que había llegado al comedor, muchos eligieron mesas rápido y esperaron a que le trajeran la cena pero otros fueron directos a servirse ellos mismos.

El Senju no se preocupaba por moverse del lugar por lo que limito a mirar como los que atendían el lugar corrían de un lado a otro.

Un par de minutos después a Mitsuo le trajeron una bandeja con comida a la mesa por lo que el genin agradeció aquello.—¡Gracias! el curry se ve fantástico— Y no solo se veía muy bien sino que el olor era excelente, el Senju no pudo contenerse por lo que empezó a probar el curry y los vegetales que tenia en otro plato.

«Hasta las verduras están deliciosas, padre nunca me dijo que este lugar que la comida era tan buena»

Una voz se hizo escuchar en todo el comedor ofreciendo a la cena algo de música, Mitsuo observo como todos empezaron a mirar hacia una de las esquina del lugar por lo que el genin vio en ese rincón a una mujer aunque no puedo ver mucho más allá ya que delante del genin había gente en otras mesas tapándole la vista.

El Senju se limito a terminar su cena mientras esperaba empezar escuchar la música de aquella mujer.
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#10
“— ¿Les gustaría acompañar esta cálida cena con un poco de música suave?”

—Claro que si...

Respondió casi inconscientemente Geki en una voz baja y sofocada por la comida que ingería. Hizo un esfuerzo para pasar por la garganta el contenido de su boca, casi mal masticado y erradamente más grande de lo que podía tragar de un bocado. De todos modos, la comida pasó lenta y trabajosamente por su garganta, lo que lo sofocó un poco. Pero respondió tomando una bocanada de aire.

—¡CLARO QUE SI DALE CAÑA!

Animó a la cantante, esta vez si pudo hacerlo con fuerza y eufórico ya que tenía la boca vacía. La voz fue lo suficientemente fuerte intentando hacer que la muchacha del escenario lo escuchara. A continuación levantó el vaso de agua que estaba bebiendo en forma de festejó por la disposición de ella y le regaló a la chica una sonrisa de agradecimiento.
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#11
Los comensales reaccionaron con entusiasmo ante la propuesta de aquella mujer. Esta hizo un ademan teatral, se reclino y comenzó a soplar en la boquilla de su complejo instrumento. La música comenzó a fluir, de forma suave y meliflua.

Es muy hábil —se dijo, mientras se dejaba atrapar por la melodía.

El instrumento se agitaba con el aire que le abandonaba a través de sus múltiples boquillas de madera, pero la música la mantenía bajo un control magistral, sin agitarse siquiera. Aun así, pese a lo relajante de la canción, resultaba ser solo un preámbulo necesario para aliviar las tensiones de los viajeros.

De forma paulatina, la energía y la intensidad de la canción fue en aumento, como un fuego alimentado por un fuelle. Ahora era más rítmica y la gente le acompañaba en los saltos con pisadas firmes y palmazos a las mesas. Antes de darse cuenta, Kazuma también estaba golpeando madera, sumándose a un improvisado coro.

Esto se ha tornado muy animado —reconoció, al ver las sonrisas y gestos de los presentes.

El humilde festejo se prolongó unas cuantas horas, en donde casi todos se unieron en voz a cantos tan antiguos que se remontaban a los orígenes del poblado. La comida y las bebidas iban y venían, saciando el hambre y la sed de quienes se sabían afortunados de compartir aquella ocasión. Finalmente, a la media noche, la mujer se detuvo, un tanto agitada y bastante sedienta.

En eso se alzó sobre la mesa central un hombre de aspecto rustico y amplia sonrisa, que parecía tener algo importante que decir.

¡Espero que la estén pasando bien, amigos! —rugió, con un tono afable—. Mañana comenzaran las competencias de cacería para los visitantes, por lo que es su oportunidad de vivir la verdadera experiencia de estar en Kemonomura —levanto unos cuantos anuncios, una suerte de formularios de inscripción—. ¡Vamos, ¿quienes quieren inscribirse y estar en el equipo de El cubil de ardillas?!

Y allí se quedaría, esperando que la gente, animada, le arrancara de las manos los formularios. Aquello era lo que muchos buscaban, pues si algo había que hacer en aquel pueblo y en aquella temporada era cazar; y ahora les estaban ofreciendo un permiso para internarse en los exclusivos y bien resguardados cotos de caza.

Por cierto, chicos: en cuanto al límite de 72 horas, la idea es que ambos posteen en ese tiempo, sin ningún orden.

Por ejemplo: yo posteo ahora, y ambos deberán contestar dentro de ese tiempo, sin importar en qué orden lo hagan y sin necesidad de esperar que el otro conteste primero. Luego vuelvo a contestar yo, y así sucesivamente.
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#12
El kuseño comió hasta saciarse, incluso un poco más por culpa de la sabrosa comida, pero eso no lo detuvo para acompañar alegremente la música de aquel lugar con sus bailes improvisados. Saltaba en el lugar, daba giros y más de una vez se cayó en el suelo del restaurante percatándose de que estaba húmedo y pegajoso, sin embargo, eso no le quitaba la alegría que contagiaba la música.

Ya fatigado, volvió a su taburete y se tiró hacia atrás como si desfalleciera. Dio un suspiro intentando recuperar el aire perdido en la danza alocada. Todavía conservando una sonrisa en la boca se giró hacia la barra y se sirvió más agua de la jarra, la bebió con apuro y se seco la boca con la manga de su prenda. Dio otro suspiro, pero esta vez un poco más calmo, se percató de que estaba sudado y subió sus manos para quitarselo de la cara y luego utilizó las palmas para hacerse un poco de viento. Cuando aquella voz llamó su atención.

—¡Espero que la estén pasando bien, amigos! Mañana comenzaran las competencias de cacería para los visitantes, por lo que es su oportunidad de vivir la verdadera experiencia de estar en Kemonomura

*¿Cacería? Bueno era verdad, desde el primer momento aquella ciudad le había parecido bastante particular a Geki. El Senju no estaba a favor de la caza, pero últimamente había comprendido algunos conceptos de la misma. A veces era necesario acabar con plagas que pusieran en peligro cultivos o hasta vidas humanas. Y entendía que mientras se usara su carne o pieles en totalidad no era del todo en vano,

—. ¡Vamos, ¿quienes quieren inscribirse y estar en el equipo de El cubil de ardillas?!

Geki soltó un último suspiro, pero este era un poco más de desaliento, quería participar pero en nada que obligara a traicionarse a sí mismo. Así que comenzó a caminar hasta el hombre que sostenía los formularios en la mano hasta que estuvo a su lado.

—Señor disculpe. Entonó de forma amable —Precisamente, ¿Qué se caza?
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